Por Alejandro Serrano Caldera.- Estamos viviendo un momento de confluencia y contradicciones de épocas históricas en el que se encuentran, superponen y confrontan diferentes tiempos, visiones y creencias. Podría decirse con propiedad que siempre han coexistido expresiones históricas distintas, pues la historia no es un proceso ordenado de acontecimientos, ni una tranquila sucesión de épocas, sino una realidad convulsa y compleja en la que cada situación, como decía Marx, contiene su expresión opuesta, su propia contradicción, y en ella, como expresaba el filósofo español José Ortega y Gasset, “las ideas hijas llevan en el vientre a sus madres”. Si bien estas consideraciones son ciertas, hay, no obstante, circunstancias en las que, además de la consideración general anteriormente señalada, se producen situaciones particulares en donde la intensidad de los acontecimientos ocasiona rupturas y cambios cualitativos que permiten diferenciar un tiempo histórico de otro.
Tal fue el caso de la irrupción de la filosofía de Sócrates, que hace dos mil quinientos años creó una nueva época en Grecia y en el mundo de entonces (y en el de ahora), pues la revolución de la razón que produjo fue una ruptura histórica y epistemológica, un cambio cualitativo por el cual se pasó del cosmos al ser, como centro de la vida y el conocimiento. Una consideración semejante a la anterior podríamos hacer de la razón cartesiana, cuando Descartes hizo de la razón no sólo el centro de la vida sino la condición del ser, el ser mismo, con el “pienso luego existo” (soy). Igual apreciación cabría con las ideas de la Ilustración, de la revolución filosófica y científica, de la revolución política a fines de los siglos XVII y XVIII en Inglaterra y Francia, respectivamente, del pensamiento de Carlos Marx, surgido en pleno capitalismo industrial, ideas y acciones todas que han construido en medio de coincidencias y confrontaciones lo que se denomina la Era Moderna, o de forma más usual, lo que se ha dado en llamar la modernidad.
¿Podría decirse que la postmodernidad tecnológica que se vive hoy es una nueva revolución? ¿Hay una ruptura y un cambio cualitativo por el cual el centro de la vida y la historia se ha desplazado a los instrumentos de la tecnología cibernética? ¿La realidad virtual ha sustituido a la realidad real? ¿Los medios se han transformado en fines y los fines en medios?
Aunque así fuese, habría que señalar, sin embargo, una diferencia relevante entre la transformación tecnológica de hoy y aquéllas que han producido no sólo “cambios en el mundo” sino un “cambio de mundo”. En efecto, mientras en la revolución socrática y en la cartesiana, la transformación cualitativa se originó a partir del proyecto construido en la razón filosófica, en la revolución tecnológica de hoy, ésta se ha producido en el pensamiento práctico y en la aplicación concreta de los nuevos instrumentos. En los dos primeros casos mencionados, la realidad siguió al pensamiento para tratar de realizarlo; en el último, el pensamiento sigue a la realidad para tratar de explicarla. Hay pues hoy una inversión entre causa y efecto con relación al pasado.
Creo que en lo que hasta hace poco se denominó el tercer mundo se está produciendo la coexistencia conflictiva y confrontada entre modernidad y premodernidad. Los acontecimientos en Túnez y Egipto y los que están dándose actualmente en Yemen, Libia, Irán, Bahréin, Marruecos y otros países en el Oriente Medio, responden en buena parte a esta contradicción. Frente a la sociedad tradicional y fundamentalista cuya expresión en el poder está representada en caudillos con décadas en el ejercicio del mismo, junto a la sociedad fundada en el dogma y el autoritarismo, ha surgido en la juventud, principalmente, al lado del reclamo por la situación económica, la reivindicación de valores y principios propios de la sociedad moderna: libertad, justicia social, Estado de Derecho, institucionalidad; en otras palabras, democracia. Pareciera ser ésta, más que la motivación religiosa, política o ideológica, la expresión principal de las gigantescas manifestaciones que reclaman un mundo diferente sustentado en valores y principios que se originaron con la modernidad.
De todas maneras, lo que observamos es la coexistencia conflictiva de tres categorías transformadas en tres realidades sociales, culturales y políticas: La premodernidad, caracterizada por la presencia de caudillos míticos, el culto desmedido a la personalidad, la transformación de la política en una religión laica que reverencia al líder insustituible, la perpetuidad del gobernante en el poder, la debilidad de las instituciones, la conciencia crepuscular de la institucionalidad entre la población, la sociedad disociada. Estas características pueden coexistir o no con un relativo crecimiento económico, pero no con un verdadero desarrollo fundado en los derechos ciudadanos, la participación en los beneficios materiales, pero sobre todo, participación en las decisiones de interés público y colectivo.
La modernidad, caracterizada por el conjunto de valores que vienen de la ilustración entre los cuales cabría mencionar: los derechos de ciudadanía, la libertad, la libertad de expresión en particular, la institucionalidad, el Estado de Derecho, la libertad económica y el libre mercado, la gobernabilidad democrática y, particularmente, la democracia, entendida no únicamente como un sistema político, sino sobre todo como un sistema de valores y principios y como una cultura.
Junto a ambas hay que mencionar lo que se ha dado en llamar la postmodernidad como una expresión conceptual del capitalismo financiero especulativo, corporativo y transnacional, y dentro de ella y de manera principal, la transformación tecnológica y cibernética, la educación en las nuevas tecnologías, el nuevo sistema educativo basado en la apertura del mismo, la “circulación de cerebros” y la economía de servicios, para mencionar sólo algunos de sus rasgos más relevantes.
La tecnología cibernética ha abierto nuevos espacios, incidido en la diferencia generacional y contribuido a constituir una sociedad moderna en algunos sectores de cúpula y de clase media, al lado de la sociedad tradicional. Tratando de correlacionar las tres categorías, premodernidad, modernidad y postmodernidad, podríamos decir que la premodernidad constituye la estructura de la sociedad y del poder político de caudillos; la modernidad, el sistema de valores y principios provenientes de la revolución filosófica de los siglos XVII y XVIII ; y la postmodernidad, los medios e instrumentos tecnológicos que han hecho posible en esas sociedades la intercomunicación y transmisión, a través de ellos, de los valores de la modernidad.
En Nicaragua, como en muchos otros países de América Latina, la contradicción entre modernidad y premodernidad es la contradicción principal y es por ello que el establecimiento de poderes autoritarios y personalistas, o de sistemas democráticos basados en la libertad y el Estado de Derecho, va a depender fundamentalmente de la educación, pero no solamente de una educación tecnológica que ponga a disposición del proceso educativo los medios más avanzados, sino de una educación en valores que ponga en primer lugar la libertad y dignidad del ser humano y el conjunto de derechos y deberes de cuya observancia depende la coexistencia libre y pacífica de todos los componentes de la sociedad.
Jurista, filósofo y escritor nicaragüense