Con mucha frecuencia se habla de “La Inconclusa”(Unfinished) de Franz Schubert (1822). Las entrañas se conmueven cuando se testimonia esa superficial tasación ocurrida en la charla cuando termina de oírse una pieza de alta estima. Llama la atención la reiteración con que es sostenido este concepto, basado en la mayoría de los casos en la brevedad de su duración, síntesis patética.
Pareciera ser más dramático el escaso tiempo de duración que las fluidas fuentes de inspiración que traman el “allegro” y el “andante”. Juzgo en el tribunal integrado por mi personal percepción que los dos movimientos estuvieron tan perfectamente acabados que el autor consideró que nada más había que agregar. Por lo tanto los primeros compases del “scherzo”, abandonados, prácticamente suprimidos, ya no tenían nada que hacer.
La erudición de la musicología de la época sostuvo la tesis de que algo había quedado pendiente, porque no se había cumplido con el requisito de satisfacer la forma ortodoxa: consolidar las cuatro columnas indispensables.
En realidad el castillo se sostuvo con dos, fundamentales. Porque situándola a la par de las teóricamente concluidas por llenar los requisitos, aderezados por mayores opciones en los matices o por la cuarteta de las pasiones, la sinfonía no se queda corta en su dramática intensidad.
El prodigio está —la capacidad en el resumen en que el “allegro” y el “andante” reúnen las cualidades para declararla totalmente realizada y de darle la estatura de sinfonía magistral dentro del grupo de las nueve.
Esa sensación se da cuando uno espulga con dolores y alegrías solamente los dos movimientos, porque si se le pone atención a los primeros compases de la pequeña muestra del “scherzo” ahí sí nos enteramos del resto pendiente, porque el tercero no pudo ser terminado. Las razones por las cuales esto ocurrió siguen siendo motivo de especulación entre los estudiosos. Es como escribir un poema que va estupendamente trazado y se deja en la mitad del camino, pero sobrevive y calza finalmente triunfante con la estrofa suspendida o dejada en la incógnita. El poeta lo declara oficialmente realizado y se vanagloria de lo que ha hecho. Lo demás es superflua añadidura.
Confieso sentirme atrapado por el recogimiento en el instante en que la atención se entrega a esas dos únicas velocidades. Feligrés de un culto donde sólo oigo el evangelio trágico de Schubert, elevado en este momento a la reciedumbre espiritual de pastor. Permítaseme en este soplo de unción esta reflexión, inequívoca para la conciencia, intuición acaso libertina pero verdadera para la reacción subjetiva.
Al oír “La Inconclusa” me siento estimulado por las caricias sincopadas. Intuyo una serie de perspectivas de tipo personal sólo atribuidas al vuelo de la imaginación. Emite la sensación de que las notas las pescó en la soledad, la música triunfando sobre el silencio, sobre la pasión, sobre el arrebato deductivo. Y pienso cuando estoy metido en el “andante”, en el paisaje, en el alba de Austria. Parece ser inaugural la convergencia de los cellos, de los contrabajos y los primeros temas del oboe y el clarinete, tan tímidos y pausados en la descripción del viaje poético que en tropel pretende alcanzar las cumbres del cielo. El ritmo es parsimonioso, va deshilachando la tristeza, lo cual supone una salutación para la aurora. Las nubes, sugestiones pacientes para el mensaje.
No olvido cuando Luis Abraham Delgadillo dijo en una conferencia, dictada en la casona intelectual de Lola Soriano en el barrio San Sebastián en horas de la mañana de aquel Managua: “Vean ustedes qué linda sucesión de nubes está en el cielo”. Y sonreía. “Esas están cargadas. Preñadas de melodías divinas, de ahí sacó Bach su cuarta cuerda de Sol, de ahí sacó Schubert su “Ave María”. Y pensé al salir de la exposición: el maestro está delirando.
Cuando toma cuerpo el fondo pastoso de los violines en semicorcheas mancomunadas con los esfuerzos del desarrollo, se piensa en el desenlace, en el aterrizaje. Es cuando se asoma la luz que se prende gradualmente hasta inundar todo el ambiente. Nos apoderamos de la reflexión. A ese final aspiraba el compositor y posiblemente lo sintió redondo, tan asido a los sentimientos, viviendo en ese momento la crisis espiritual del hombre, puestos los ojos en la concepción fatalista.
Viene luego el segundo tema, es un “landler” en los violoncellos, generaliza el ambiente y ya en su escenario profundamente melódico y compasivo nos sentimos abrigados por la sinfonía plenaria. No aparece el leve soliloquio en el fondo, el dúo o el trío sin que se esté revelando la sensación de la lucidez por parte de ellos, mostrada muy a menudo en los concertinos, sino la levedad perceptible que se toma cuando están concentrados en todo lo que de sonido tiene la obra.
En el segundo tema la participación es total. Ningún mensaje para el mutis debido a la densidad y unicidad sincopadas desembocando en el “andante con moto”. El pasaje nos sitúa en el paroxismo, dicho con mayor crudeza en el orgasmo de la tragedia. Ahí es donde termina “la Inconclusa”, efecto del presentimiento de morir, de dejar a la vida con saldos irresueltos. No se debe especular más sobre los valores hipotéticos que pudo haber tenido el “scherzo” indudablemente programado en el orden de la continuidad, omitido en la elaboración total porque ya no era necesario para la concepción diferente de su estado de ánimo, dar el paso inmediato de la pesadumbre a la festividad en algo que estaba inundado por las aguas del dolor. La fiesta pagana desempeñaba la posición inoportuna de una intrusa.
El “allegro” y el “andante” fueron tan limpiamente concebidos que el autor dedujo, según Robert Schuman, que resultaban redundantes los otros dos requeridos para llenar la puntualidad, prevaleciendo más la tesis de fondo que de forma. ¿Por qué no se llamó “La sinfonía completa en dos movimientos?
La belleza es fuente de excepcionalidades. Tchaikovski tuvo también su incompleta, pero no trascendió. Quedó guardada en los cofres del misterio. Apenas pudo escribir los primeros doscientos cuarenta compases de una Séptima frustrada.
Franz Peter Schubert (1797-1828) vivió apenas 31 años. Escueta estación en el recorrido de la vida. Aterrizaje prematuro en la pista del más allá. “El Ave María” lo consagra. Es el himno espiritual de la humanidad viviente en los homenajes a la madre del hijo de Dios, cantada en la mayoría de las casas y de lo altares del mundo, sin subestimarse por ello su liderazgo en el “lied” y en el arte de haber construido una sinfonía “La Inconclusa” sólo sobre dos columnas, solidez probada por el tiempo que tiene de vivir en la admiración de los melómanos…
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