La televisión oficialista de Nicaragua transmite imágenes de un grupo de niños de preescolar coreando “gracias Daniel”, en alusión al presidente Daniel Ortega que este año pretende ser reelegido mediante una descarada violación a la Constitución de la República.
La escena me recordó la crónica de un periodista inglés que logró entrar a Corea del Norte, esa nación aislada del mundo y del progreso donde la gente vive en una suerte de gran cárcel, obligada a idolatrar al dictador de turno de la dinastía.
El periodista creyó que le dejarían hablar sin obstáculos con los ciudadanos norcoreanos, pero no; los guías y agentes de la Seguridad, que lo condujeron y vigilaron siempre, lo llevaron a ciertos centros de trabajo y escuelas, donde obreros y niños recitaban alabanzas al “querido líder” Kim Jong-il, así como generaciones anteriores adularon al “gran líder” Kim Il-Sung, padre de Jong-il.
Son dictaduras que necesitan “robotizar” a sectores de la sociedad, manipulando sus necesidades económicas, su ignorancia o ingenuidad, para que actúen, como si de muñecos de cuerda se tratara, cada vez que el “líder” necesite aplausos, lisonjas o palabras de agradecimiento; y si éstas incluyen lágrimas, mejor.
En la televisión orteguista también aparecen mujeres pobres llorando, mientras agradecen al Presidente porque les dio unas láminas de cinc, una provisión o un par de gallinas. Es la forma en que Ortega trata de convencer a otros ciudadanos, que le han negado el voto, de que sólo él puede sacar a la gente de la pobreza.
Es falso. Con limosnas nadie sale de la miseria. A una familia le conviene más que sus miembros vayan consiguiendo empleo estable, conforme sus edades productivas, y los niños reciban educación de calidad, en vez de ir un día a mendigar un pedazo de cinc, otro día una tabla, de vez en cuando una bolsa con alimentos y en Navidad un juguete.
Las regalías les emocionan, más en época de elecciones, porque son más frecuentes, pero la pobreza persistirá en sus hogares mientras ninguno sea capaz de romper ese círculo vicioso con los ingresos que genera una educación avanzada, en un país, por supuesto, donde las inversiones privadas crezcan con seguridad.
Son tantas las familias que, después de crecer en barrios muy pobres, han ido a vivir a urbanizaciones de clase media porque alcanzaron metas profesionales y gozan de comodidad con dignidad, sin tener que someterse a un político.
¿Será que estos ciudadanos deben agradecer a los presidentes que hubo en el país, cuando les correspondió estudiar en las escuelas públicas o la universidad, como si de un gran favor se tratara?
Nada de eso. Invertir en educación es deber del Estado y el financiamiento viene de dos fuentes principales: los impuestos que aportan los ciudadanos en general y la cooperación externa. La función de los gobernantes es administrar bien esos recursos, y por eso reciben un salario.
Por tanto, obligar o inducir a niños a que griten “gracias Daniel”, por recibir estudios y una merienda, también donada por organismos internacionales, es un cruel manoseo de la dignidad con fines electoreros. Ortega abusa así de la niñez, para conseguir beneficios personales.
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