LA PRENSA/ AGENCIA.

El lunar

La tormenta empezó como a la siete de la noche. En esta parte de la montaña es normal que la oscuridad entra a esas horas. El sol se pone muy temprano, igual nace muy temprano. Jack Torrent podría haber escrito su libro: “No por madrugar amanece más temprano”, y sin sufrir el Síndrome de la cabaña. O al menos, solo hubiera matado a su suegro y probablemente se hubiera salvado el resto de su familia.

A mi embrujada Patty-Bu.

Por Mariano Marín

La tormenta empezó como a la siete de la noche. En esta parte de la montaña es normal que la oscuridad entra a esas horas. El sol se pone muy temprano, igual nace muy temprano. Jack Torrent podría haber escrito su libro: “No por madrugar amanece más temprano”, y sin sufrir el Síndrome de la cabaña. O al menos, solo hubiera matado a su suegro y probablemente se hubiera salvado el resto de su familia. [A veces frente al teclado pienso en lo interesante de cambiar historias antes de escribirlas y sacar otras de las aun no escritas y que posiblemente se puedan olvidar de escribir antes del prólogo].

El Coronel Herbert Wells, mi buen amigo londinense, recostado en su sillón de cuero de manatí, viendo a través de la ventana, la calle Baker, ya iluminada de sus típicos faroles, me relataba en una noche como ésta, en medio de lejanos relámpagos, lo siguiente: “Sin embargo, aunque era de noche, la tormenta se desató sin dejar terminar los pensamientos de Jack y su “shinning”. El silencio de la noche dejó de sonar. Las aves nocturnas se callaron y dejaron paso a las más enrevesadas y complejas notas de compases y arreglos tonales, fuera de sincronía normal, disfonía y asonancias en cuartos de tono, en orientales formas de hacer música. Las ramas de los árboles cercanos a la casa hacienda se preocupaban por darle lugar a los silbidos confusos del viento que no era el viento que traía esencia sutil de azahar. El limpio escalpelo del forte e troppo viento huracanado de la montaña, que pasaba en medio de las finas, delgadas y cilíndricas hojas de los pinos, sonaba en altos decibeles. Más allá de las dulces melodías de los oreos cotidianos. La noche se hizo más oscura y más brillantes los eclerages y truenos que la rompían como canción de Agustín Lara: despiadadamente!”.

No hubiera sido extraño encontrar a un descendiente de Vlad Tepes o a él mismo columpiándose en la banca acojinada —con estampado de rosas y color pastel, en el mejor estilo de las plantaciones sureñas—, que colgaba en un brazo del corredor frontal de la casa.

“Ella no había regresado a casa desde el día anterior. Sin saber porqué, yo me había quedado hasta este momento sin salir a buscarla. El ruido de la berlina Broughham no se escuchaba por el ruido de los truenos, del viento y de la lluvia inclemente. Es cierto que en el camino había varias casas de montañeses conocidos que podrían ayudarla si algo anormal pasaba. Peor mi preocupación no era solo la leyenda del rayo que convertía a personas en otras personas. Y a veces en seres que no eran personas. Una fina y persistente lluvia empapó mi suéter de lana tejido en Brighton y que tanto cariño le tenía. Eran muchos años vividos allí en una pequeña y bella ciudad que me acogió sin demanda y mi suéter tenía parte de esos recuerdos. Decidí volver a casa a buscar un manteau impermeable de los usados por los cocheros londinenses, que adquirí en un pub de Westmister, al apostar sobre un dato demasiado intelectual para los boticarios autodidactas como Henry Field, y los parroquianos de cocheras y funerarias, como la Webster y Holmes, que quedaba a unos dos blocks de aquel pub”.

“Londres también me dejó recuerdos como aquel impermeable. Cuando retorné a la sala donde escribía la espera de Catherine, escuché el inconfundible sonido de las ruedas sobre el fango del camino real que llevaba a la entrada de nuestra casa. Ya no quise volver a mojarme y solo busqué un paraguas grande, de los típicos usados en el cementerio de Wildsbury. Y salí a recibirla. El coche se detuvo. De él bajó un mozalbete vestido de Oliver Twist que me dijo: ‘Lo llaman del bar de la aldea. Es urgente. Algo le sucedió a su berlina’. Sin pensarlo dos veces me monté en el carruaje. Fue entonces cuando me senté en el asiento posterior del coche que vi a la hermana de Catherine. Mary Clark. Eran hermanas gemelas. Su diferencia, según me había contado Catherine –aparte de una breve prolongación de la nariz— era un lunar negro en la nalga derecha. Catherine lo tenía en la izquierda”.

“El lunar tenía la forma de la cabeza de un diablito. Mary no sabía que el lunar era un estigma de un pacto satánico hecho por su tatarabuelo, Sir George W. Larking, y que por ello gozaban de la fortuna que ahora disfrutaban. El pacto estaba definido para que se cumpliera con la cuarta generación, y consistía en entregar el alma del esposo de una de las descendientes de Sir George, el cual debería ser consumado en el verano del 98”.

“Todo esto se me había olvidado. La preocupación de no saber que le sucedía a mi esposa Catherine, me ocupaba toda la mente. Sucedió tan rápido que cuando quise recordarlo era demasiado tarde. La gemela era el ‘aliado’ para llevarme hasta las manos del propio Satán, a manos de la ‘repugnancia terminoum’. Solo me quedaba un mínimo y expedito pasaje para hallar un ‘aliado’ mi ‘aliado’ como el de Don Juan, para salir de esa pesadilla. Un rayo iluminó la campiña. La luz me cegó totalmente. En ese momento los gritos el Coronel Mayock me despertaron. Las montañas africanas de Mozambique y los enardecidos gritos de los soldados de fortuna que peleaban contra el FRELIMO (Frente De Liberación De Mozambique) me rodeaban en medio de mis remojadas pesadillas. Los Katiuskas en manos de los nacionalistas caían como la misma lluvia. —Nunca supe si la hermana gemela de Catherine cumpliría con la maldición—. El jefe de la tropa me llamaba a gritos pidiendo el informe de los caídos y del ataque. ‘El informe’ gritó una vez más el jefe. —Era difícil saberlo, se parecían tanto—. Yo, como pueden darse cuenta, no pude dar el informe. Mi lucha para no irme al averno. Al Hades. Al reino de la nada. A la sombra. Era lo más importante para mí”.

“Cuando regresé a Londres, mucho tiempo después, en el parque Hide, le conté a Mariano Marín la historia. Él me dijo: deberías de escribir todo eso porque después se te va a olvidar y te vas a arrepentir. Pasó un buen tiempo y al fin le hice caso. Días más tarde se lo entregué para que los guardara. Firmado por Coronel Herbert Wells”. Cuando el Coronel me entregó el manuscrito y nos disponíamos a ir a un pub en el 24 de la Baker St. De la esquina norte surgió un Bentley Classic, verde aceituna, y se detuvo exactamente donde estábamos. Un mozalbete vestido de cadete de la armada real y con cara de Oliver Twist, pecoso, pelirrojo, saludó al coronel militarmente y cuadrándose le gritó: ‘Coronel, el General Mayock la manda a traer con urgencia’. Abrió la puerta trasera del vehículo y casi a empujones lo montó. El auto arranco velozmente. Sin decir palabras el Coronel se despidió con un ademán de manos. Apenas alcancé a mirar en medio de tanta premura, una cabellera rubia al lado derecho del coronel. En el interior del Bentley, Mary, la hermana de Catherine, ¿o sería Catherine? Le tomó la mano y con mucha dulzura le dijo: Es tiempo de retirarse mi amor”.

Nunca más supe del Coronel. Nadie dijo nada. Por supuesto yo tampoco. Consideré, en recuerdo a Poe y a Lovecraft que se debería de publicar. Y también por todos aquellos que en algún momento de su vida, al igual que yo, han tenido temor de estar cayendo en las manos de la “repugnancia terminorum ”.

La Prensa Literaria

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