Francisco Ruiz Udiel
La búsqueda era insondable, agotadora en ocasiones. Al salir de la arena, vi una alargada roca con forma de brazo. Era como si algo hubiera abandonado a aquella roca. Impresos sobre todo el brazo estaban escritos unos versos. Me acerqué para averiguar si podía leer algo.
Sé que mi mirada es un eslabón perdido entre tus ojos.
Me buscas y apenas deduces el inexorable olvido
que te dice: Detente ahí.
Una palabra donde regresas, huyes te pierdes.
Sólo la nostalgia tiene
esa libertad de aniquilarse
a sí misma en la memoria;
toda memoria se aniquila
a sí misma en la nostalgia.
Pero tengo el derecho
a no tener memoria,
puesto que a las tres
de la madrugada nada es digno
y la historia no me es nada útil a esta hora.
Yo, el mismo iluso que creyó
encontrar picaduras en mis brazos
y que cuando despertara tendría
entre mis manos un ramo de lirios,
no volveré a tocarte
bajo esta libertad convertida en piedra.
V (El Reencuentro)
No en vano me detuve a leer aquellos versos. Me pregunté si en realidad la roca tuvo vida propia. Mientras pensaba esto, observé que caminaba hacia mí una mujer con un perro a su lado. Cuando ella se acercó nos reconocimos, agotados, sorprendidos como un puño de arena sobre nuestras manos. Intentamos hablar, mas no pudimos. Entonces —como esa voz que nunca llega— bajamos la mirada.
Escondemos en el suelo
la caída leve del hastío,
cuando torpemente
con sus alas sobre nuestros
hombros el silencio cae,
rota divinidad que atraviesa
con su blanco mutismo,
una herida en la mejilla
de tierra doliente.
Pero siempre llega el ruido de las hojas:
la sutil lluvia que nos vuelve estatuas,
el tiempo ebrio de sí mismo
que dulcemente sobre nuestros cuerpos
se dobla como rama.
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