En la Nicaragua de hoy, el gobierno aplaude a los países ricos cuando vienen con donaciones de dinero, pero los insulta cuando estos mismos amigos dicen: Si seguís promoviendo la corrupción y negando derechos a los ciudadanos, tendré que dejar de ayudarte.
En los cuatro años que ha gobernado Daniel Ortega, naciones europeas y asiáticas y Estados Unidos han mantenido ayudas económicas importantes a Nicaragua. En 2007, por ejemplo, el sector público recibió 376 millones de dólares en donaciones, la mayoría procedentes de Washington, Dinamarca y Suecia.
Sin embargo, hace una semana Ortega calificó a esos países como “colonialistas, expansionistas, imperialistas”. Fue el discurso con que inauguró el 2011, un año importante para Nicaragua porque en noviembre habrá elecciones generales y Ortega, contra la ley, quiere ser reelecto Presidente.
“Vienen a humillarnos, porque es humillarnos cuando nos dicen: ‘te doy esto, pero a cambio de…’ Eso es una humillación. Ellos, los señores embajadores, deben de estar claros que si algo no ha perdido, ni va a perder este pueblo… es la dignidad”, dijo el Presidente nicaragüense.
Quién sabe en nombre de qué “pueblo” habla, porque dudo que la mayoría de ciudadanos nicaragüenses se sientan ofendidos cuando un gobierno extranjero aboga para que les garanticen sus derechos humanos y, además, aporta dinero para mejorar las condiciones de vida en Nicaragua.
En 2008, el gobierno de Ortega recibió, sólo de fuentes bilaterales, donaciones por casi 64 millones de dólares, de los cuales Estados Unidos dio más de 30 millones y Venezuela 22 millones, según los registros del Banco Central.
Fue a finales de ese año que la Unión Europea y otros países suspendieron las donaciones que daban cada año al Presupuesto de la República de Nicaragua, porque en noviembre de 2008 hubo un fraude en los comicios municipales con que el Frente Sandinista (FSLN), el partido gobernante, le robó 40 alcaldías a la oposición.
Las naciones donantes fueron más claras desde entonces, al exigir respeto a las normas democráticas, los derechos humanos, la libertad de expresión y la transparencia en la votación. Las ayudas económicas siguieron llegando a Nicaragua, pero redirigidas a sectores privados, sociedad civil y proyectos sociales supervisados por los cooperantes.
Tiene lógica. Si alguien en mejor condición económica ayuda a un pobre, es para que éste se supere y deje la miseria; y es deber del donante señalar al favorecido sus comportamientos equivocados y negativos, para que salga del atraso, porque tampoco puede mantenerlo con regalías toda la vida.
A Ortega sólo le interesa seguir en el poder, aunque para eso tenga que violar la Constitución, los derechos de la población y cometer otro fraude. Como los donantes han pedido observación electoral, el Presidente ahora los acusa de colonialistas y les advierte: “No queremos ya más intervenciones en nuestras elecciones”.
Ortega trata de ver sólo una cara de esa moneda llamada cooperación externa, la del dinero “imperialista” cayendo en sus manos, porque la otra, la que lo exhorta a respetar los derechos del pueblo y la ley, lo pone rabioso.
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