Y Además
Desde la remota antigüedad hasta el advenimiento de la democracia moderna, se creía que el poder político era detentado o ejercido por personas que eran elegidas para ejercer esa función, por los dioses que habitaban en el cielo.
Una persona podía ser muy valiente, excelente guerrera, extraordinariamente inteligente y todo lo ambiciosa que quisiera ser, pero si no tenía el consentimiento de los dioses no podía alcanzar el poder. Por eso, quien quisiera aventurarse a tomar el poder, o cuando tenía que heredarlo porque era hijo o pariente muy cercano de algún rey o gobernante que moría, tenía que consultar la voluntad de los dioses que estos solían manifestar mediante diversas señales, sobre todo por medio de los oráculos en los principales templos sagrados.
A eso se refiere la leyenda de Aletes, quien era biznieto del héroe Heracles, o Hércules como lo llamaban los romanos. Aletes, al llegar a la mayoría de edad quiso ser rey de su ciudad natal, Corinto, la que había sido fundada por el legendario Sísifo con el nombre de Egira y donde mandaba la etnia de los Ionianos, que llegaron procedentes del norte huyendo de los Dorios. Aletes, quien era de origen dórico, consultó al oráculo en el templo de Apolo, el más importante de los que había en Corinto, acerca de sus pretensiones de tomar el poder. Y el oráculo de Apolo le contestó que podría tomarlo.
Entonces Aletes se alzó contra el dominio de los Ionianos, los echó del poder, los expulsó de la ciudad y fundó una dinastía que iba a gobernar durante unos 300 años. Pero el poder ha sido siempre como una droga que perturba y hasta enloquece aquellas personas que tienen la propensión al vicio de gobernar. Y ese era el caso de Aletes, quien, no satisfecho con el poder absoluto que tenía en Corinto, quería extenderlo y fijó su mirada en la gran Atenas.
Aletes fue otra vez al templo de Apolo en Corinto, esta vez para consultar al dios sobre su pretensión de apoderarse de Atenas, donde gobernaba un venerable anciano llamado Codros. Y el oráculo dijo a Aletes que podría hacerlo siempre y cuando respetase la vida del basileos (o sea el rey) ateniense, y en todo caso que este no muriese por su causa.
Preparó entonces Aletes a su ejército y marchó hacia Atenas. Pero los notables atenienses tenían información de lo que el oráculo le había advertido a Aletes. De manera que se reunieron con Codros y lo convencieron de que debía sacrificarse por su patria y por su pueblo, y salvar a Atenas de la invasión de los corintios.
Codros acogió con espíritu heroico la petición de los nobles de Atenas, tomó la decisión de suicidarse y culpó de eso a la agresión de Aletes. Los corintios, al saber que Codros se había suicidado se negaron a seguir avanzando hacia Atenas, porque no se podía ir contra la voluntad divina expresada por medio del oráculo. Sin embargo antes de retirarse los corintios tuvieron que librar una última batalla contra los atenienses, que habían salido a detenerlos, y como un castigo divino a ambición desmedida de poder, Aletes fue mortalmente herido.
A Aletes lo sucedió en el trono de Corinto su hijo mayor, que llevaba el mismo nombre. Y en Atenas, el pueblo honró la memoria de Codros con la decisión de que nunca más ningún gobernante llevaría el título de Basileos. Fue por eso que crearon el cargo de Arconte para designar a sus gobernantes.
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