Juan Sebastián Chamorro estuvo en LA PRENSA invitado por el Consejo Editorial para exponer sobre los resultados de sus investigaciones sobre el río San Juan.
Durante su visita nos mostró la fotografía de un barco de su propiedad, nombrado Nereo, quien era un dios marino de los antiguos griegos en cuyo nombre los dueños de barcos realizan todavía un ritual de arraigada tradición. Y me sugirió, Juan Sebastián, que escribiera algo sobre Nereo.
El mitólogo francés Jean Francois Michel Noel escribió que Nereo era un dios de la época más antigua de la cultura griega, mucho antes de Poseidón (o Neptuno como lo llamaban los romanos).
En una de las leyendas sobre Nereo se dice que éste reinó absolutamente en los mares, durante largo tiempo, hasta que apareció Poseidón (Neptuno), quien lo venció en la lucha por la hegemonía marina, le arrebató la corona y asumió el mando sobre las aguas de los océanos y los mares. Entonces Nereo se refugió en su residencia situada en las profundidades del mar Egeo, donde se contentaba con dar consejos sobre la buena navegación y las habilidades para evitar los peligros marinos.
Nereo era hijo del Océano y la Tierra. Se casó con su hermana Dóride, con la que procreó cincuenta hijas, que eran las hermosas ninfas marinas conocidas como las Nereidas, o sea las hijas de Nereo. Las Nereidas más famosas eran Tetis, quien fuera la madre de Aquiles; Casiopea, madre de Andrómeda; y Calipso, reina de la legendaria isla de Ogigia adonde llegó Ulises cuando, después de la Guerra de Troya, vagó perdido por los mares durante diez años. Otras de las Nereidas bastante conocidas antiguamente eran Climene, Cimoe, Galatea, Glauca y Aretusa.
Nereo era muy apreciado porque se le tenía por muy bondadoso con los humanos, particularmente con los marinos, a los que protegía con particular atención. Por eso a Nereo se lo imaginaban como un anciano de largas barbas blancas, de aspecto sonriente y amable, pacífico, moderado, justo y equitativo.
Nereo tenía también el don de la adivinación y de vez en cuando ayudaba con sus profecías a héroes y mortales comunes y corrientes. Por ejemplo, cuando Paris navegaba de Esparta hacia Troya llevando consigo a Helena, a la que había raptado, Nereo emergió de las aguas para advertirle que con esa acción le causaría la perdición a su patria y a su pueblo. Nereo también le ayudó a Heracles (Hércules) a encontrar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides.
También las hijas de Nereo, las Nereidas, eran bondadosas con la gente, particularmente con los marinos, quienes les erigían altares en las costas y les hacían sacrificios, ofreciéndoles aceite, leche y miel para que los protegieran durante las arriesgadas travesías por el mar.
Dice Jean Francois Michel Noel que el mito de Nereo probablemente se derivó de un hecho real. Según él, Nereo pudo haber sido un antiguo rey muy sabio que perfeccionó las técnicas de la navegación y legisló sus reglas. Y por eso era que los marinos de todas partes de Grecia llegaban a donde él, para pedirle consejos de cómo afrontar airosamente los peligros de la navegación marítima.
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