En las tradicionales Mañanitas bajo la grandiosa carpa de nuestra Basílica de Guadalupe, el ferviente pueblo mexicano rinde solemne tributo a la imagen más venerada de América, la más visitada en el mundo del pueblo católico. Nuestra amada y hermosa Morenita, quien cumple 479 años de habérsenos aparecido.
Pero ¿de dónde viene el nombre de Guadalupe que tanto mencionamos? Realicé algunas indagaciones y he aquí lo que consideré interesante para compartir con los amables lectores. La palabra “Coatlalopeuh” (la que aplasta a la serpiente) es de origen náhuatl, misma que a los españoles les trajo recuerdos de la Virgen de Extremadura, España, pues viniendo gran parte de los conquistadores de Extremadura, donde se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en la flamenca ciudad de Cáceres, el nombre más obvio de pronunciar Guadalupe sería precisamente ése; lo que conduciendo a la repetición corregida de parte del español quedaría confirmado por el más leve asentimiento del indio Juan Diego, quien lo había escuchado de la Santísima Virgen.
Por lo tanto Guadalupe (nombre árabe que significa “río de lajas”) muy probablemente sería una deformación de un nombre original “desconocido” para los españoles (pronunciado en idioma náhuatl), con el que el indígena Juan Diego mencionó a la Virgen que se le apareció por cuatro ocasiones, siendo la última en la que plasmó su milagrosa imagen en el Sagrado Tilma o ayate que hoy conocemos y continúa asombrando a los científicos con sus maravillosos e inexplicables “detalles”.
El obispo fray Juan de Zumárraga pudo entender o asociar de que se estaba refiriendo a la conocida advocación de la Virgen de Guadalupe española. Ese nombre original, pronunciado en náhuatl, podría haber sido Cuahtlapcupeuh o Tequantlanopeuh (“la que tuvo origen en la cumbre de las peñas”), Tequatlasupe (“la que aplasta la cabeza de la serpiente”).
Tlecuauhtlacupeuh (“la que viene volando de la luz como el águila de fuego”). Lo que es definitivo es que muchos vocablos de la lengua náhuatl fueron deformados por los españoles para darles una fonía cercana a su materna lengua castellana, como en el caso de Cuernavaca, que originalmente era en náhuatl Cuauhnáhuac: “lugar cercano al bosque” y terminó siendo algo que no nos dice mucho… pero así fue. El nombre que hoy conocemos fue pues una deformación de un vocablo náhuatl ante un concepto religioso que trajo la conquista y en Nueva España adquirió características mestizas al ser adoptada por los naturales de la época en la muestra más notable de sincretismo religioso, ya que Tonanzin, la diosa madre adorada en el Tepeyac había quedado, a raíz de la conquista, solamente en el recuerdo de los naturales, su templo fue completamente arrasado por los conquistadores.
Tonantzin “Nuestra venerada Madre” es un título general otorgado a deidades femeninas. Los informes del ilustre historiador fray Bernardino de Sahagún, cuentan que ésta era una diosa prehispánica llamada la aterradora de la guerra y el parto, Cihuacoatl. El título particularmente se cree que se refiere a la Madre Tierra, y, entre nosotros los católicos, hoy en día representa en América a la Virgen María.
“¿No estoy aquí yo que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”.
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