Cobarde o mojicato
La ausencia de Daniel Ortega en la Cumbre Iberoamericana parece haber dado la razón a la presidenta costarricense, Laura Chinchilla, quien días antes lo llamó cobarde, pero también puede interpretarse como un acto de mojigatería del presidente de Nicaragua.
Al negarse a dar la cara en la cumbre, Ortega dejó la percepción de que, por cobardía, evitó encontrarse frente a frente con la mandataria del país vecino que le acusa de haber metido tropas nicaragüenses en un supuesto territorio costarricense.
No se trataba de que Ortega fuera a pelear con Chinchilla, sino de acudir a un foro donde otros presidentes podían intermediar por una solución diplomática de las diferencias entre Costa Rica y Nicaragua, surgidas cuando este país comenzó a dragar el río San Juan.
Le faltó valor a Ortega para buscar un arreglo, dialogando, en la cumbre de Argentina donde Chinchilla copó todos los espacios desde que bajó del avión diciendo que la soberanía de Costa Rica ha sido “mancillada” por el gobierno nicaragüense.
Es la segunda ocasión en que Ortega obstruye una oportunidad de resolver ese problema conversando. La primera fue cuando la Organización de Estados Americanos (OEA) decidió que ambos gobiernos se sentaran a dialogar, con la condición de que retiraran a sus fuerzas armadas de la zona de conflicto y que Costa Rica aceptara el proceso de amojonamiento de la frontera.
Diferentes especialistas coincidieron entonces en que la resolución de la OEA favorecía a Nicaragua. Sin embargo, Ortega rechazó esa mediación y amenazó con retirar al país de la OEA, echando más leña al fuego en vez de atenuarlo.
Surgió entonces la interrogante de por qué Ortega azuzaba un conflicto en que Nicaragua tenía ventajas, porque el río San Juan está en su territorio y tiene todo el derecho soberano de dragarlo, y porque la OEA le facilitaba su exigencia de poner mojones en la frontera ya reconocida por la Corte Internacional de Justicia.
Fue hasta hace cinco días que se aclaró más el trasfondo del plan del régimen orteguista, cuando el Poder Legislativo recibió del Presidente tres leyes que en esencia le dan más poder al Ejército, bajo el control de Ortega, lo que podría ser el inicio de una nueva dictadura militar.
Además, “en cierta manera se militariza la zona fronteriza y por tanto se regulan condiciones especiales para la compraventa de propiedades, estableciéndose la posibilidad de expropiación si se incumple con la obligación de preferencia del Estado en la adquisición onerosa de bienes privados situados en esa franja”; y a la vez “se vulnera la autonomía municipal, ya que suspende el derecho de los municipios a disponer de sus recursos y propiedad municipal”, indica un análisis del Instituto de Estudios Estratégicos sobre Políticas Públicas (IEEPP).
A los nicaragüenses que han criticado ese afán militarista, Ortega los calificó de “vendepatrias” y “traidores”, porque este Presidente es atrevido cuando descalifica y ofende a sus críticos; y suele esconderse cuando otros presidentes, que piensan distinto a él, lo llaman a dialogar.
Cuánto de cobardía y mojigatería hay en Ortega, es difícil de precisar. Pero su ausencia de las cumbres y el rechazo a la OEA sólo puede ser parte de un plan nada pacifista.
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