No enamorarse, no robar a la chela de tu amigo y no “coyotear”. Según Carlos Gutiérrez estas son reglas de oro para los cheleros.

Cacerías de los «cheleros»

Llegó. Un joven moreno, de rasgos indígenas marcados, pelo negro y largo que lleva hacia atrás atado con una cola de caballo. Es él, el mismo que se mostró animado en las llamadas telefónicas previas para concertar esta cita.

Fotos de La Prensa/ Tammy Zoad / Germán Miranda


Llegó. Un joven moreno, de rasgos indígenas marcados, pelo negro y largo que lleva hacia atrás atado con una cola de caballo. Es él, el mismo que se mostró animado en las llamadas telefónicas previas para concertar esta cita.

La vida nocturna en León se bombea desde el corazón de la ciudad. Son las 8:00 p.m. El parque central está lleno de gente. Niños corriendo por todos lados y sus padres tras ellos. Las parejas van llegando una a una y se acomodan en las bancas y escaleras para comenzar el romance. Un par de extranjeros “cheles” aparecen en la escena, casi siempre acompañados.

Luego de un tímido saludo, avanzamos en silencio en busca de una banca vacía en el parque frente a la Catedral de León.

Al parecer hoy se esmeró en su apariencia. Camisa oscura a rayas, ha recogido las mangas largas hasta el codo, un jeans desgastado y unas zapatillas negras. Un arete de argolla que pende de su nariz parece ser el toque de su estilo. Habrá querido impresionar en la entrevista o se prepara para hacer una demostración del “modus operandi” cuando haya entrado en calor.

Chelero (1): dícese del nacional que gusta de interactuar con turistas extranjeros. Los nicaragüenses que sienten atracción o algún tipo de interés por el contacto con un extranjero, generalmente orientado a la diversión o el sexo. Ejemplo: Carlos es chelero.

“Desde el 2002 trabajo con extranjeros, pero desde mucho antes me ha interesado relacionarme con ellos. Me gusta, me divierto, aprendo y enseño, me siento cómodo intercambiando cultura”, dice Carlos Gutiérrez. Y al parecer ha sabido sacarle provecho. Estudió francés y alemán, el inglés fluyó de plática en plática y hay un par de lenguas más que dice medio entender. Estudió arte, pero más que dedicarse a ello, le ha servido como un atractivo más para “las chelas”, las extranjeras con las que se relaciona.

Su trabajo oficial es servir de guía turístico en una tour operadora, pero también tiene su negocio independiente y hace giras propias. La mayor parte del tiempo está con turistas.

“En este trabajo aprendés muchas cosas de los extranjeros, pero no todos tienen la suerte o el tacto para relacionarse con ellos”, cuenta Carlos, de 31 años.

“Ser chelero es algo que ya lo traés. Yo desde niño miraba a las chelas y decía que tendría una novia así, rubia, blanca, ojos azules. En mi casa se reían, ‘pero si vos sos feo, tas loco chavalo’. Y ya ves he estado con norteamericanas y europeas. Poco a poco te vas moldeando de acuerdo a tus intereses. Si te atraen físicamente y a eso le sumás que te interesa conocer de otras culturas, vas de viaje”.

A Carlos no le molesta el término chelero, pero me advierte que entre sus amigos es una palabra innombrable, casi una ofensa. En León no son bien vistos, pero son por todos conocidos. Nadie sabe con certeza cuándo apareció la etiqueta, pero el “chelero” o “chelera” es un personaje más en León, ellos se toman las noches para salir de cacería.

 En León hay unos ocho puntos claves para el círculo de cheleros. El término cuzuquero se está popularizando.
Es viernes

El día perfecto para entrar en la jugada. Mientras avanzamos a un bar popular y famoso por la numerosa concurrencia de extranjeros, Carlos entra en confianza y comparte sus técnicas.

“Los mismos extranjeros te enseñan como interactuar con ellos. La manera de coquetear como latino o como nicaragüense es totalmente diferente al estilo europeo. Es un coqueteo más frío y más directo. Las extranjeras me enseñaron que no son tanto de palabras melosas, no les gusta que las hostiguen. Son más de conversaciones de cultura general, luego del saludo si estás interesado en la chica se lo decía y ya”, explica el joven leonés.

“Para ellos nosotros somos una raza exótica, que les llama la atención y eso ya es un punto a favor. Además de eso las chelas tienen una debilidad por los artistas, seas pintor, músico, poeta… a ella les parece interesante. Debés saber de tu país si pretendés entablar una conversación más allá de un saludo, la verdad es que todo varía de acuerdo al interés que tenga ella, unas lo hacen por diversión otras terminan enamorándose”, asegura Gutiérrez.

Claire Sheridan estuvo a punto de hacerlo. “Hace un año que llegué a Nicaragua a trabajar en una organización. Resido en Masaya, pero en una ocasión me invitaron a León y aquí conocí a un chico”, cuenta Sheridan, la estadounidense de 23 años. “Salimos de fiesta, me coqueteó, nos besamos y quedamos en vernos nuevamente. Yo viajaba hasta aquí para verlo, hasta que una noche, sin que se enterara llegué a una fiesta, lo vi enamorando a cuanta chela tuviera cerca. Una de ellas le hizo caso y se fue con ella… desde esa noche dejé de hablar con él. No sé si todos los nicas sean así, pero de cheleros yo no quiero saber. Tengo sentimientos e intereses en particular, soy una mujer más que un objeto. Yo soy más que una ‘chela’”, dice Claire. Mientras ella me cuenta su historia en la terraza del bar, un hombre se acerca y balbucea unas palabras, ella intenta ser amable pero el ambiente se vuelve tenso. “Él está aquí, y ése es su amigo, dice que quiere verme. No estoy interesada en seguirles el juego”.

Según Carlos Gutiérrez, luego del 2006 y con auge de la actividad turística en la ciudad el asunto de los “cheleros” se popularizó. En León la población de turistas es grande y tiene características particulares. Son más jóvenes, el flujo es masivo y constante y en su mayoría son lo que conoce como “mochileros”. Jóvenes universitarios o egresados de la universidad que ahorran para salir a recorrer el mundo con un presupuesto limitado, pero dispuestos a la aventura.

En Granada la actividad también existe, pero el funcionamiento es distinto, quizá con más protocolo y en algunos casos más discretos, aunque entre las historias sueltas de la noche muchos hablan de que las mujeres son las que se aventuran “buscando visa para un sueño”. El tipo de extranjero también varía, la edad promedio aumenta y el turismo sexual, incluso con menores de edad, es un mal que las autoridades locales atacan.

“Con sólo el hecho de que vengan de países con una mentalidad más abierta ya hace la diferencia, además al salir de su país ellos pueden hacer lo que quieran, están abiertos a probar y vos te das cuenta de eso”, señala Gutiérrez, “al principio vos salís de manera inocente, te fascinás con el ambiente y te negás a salir o a viajar por que no contás con el dinero, pero luego entendés que es un gusto recíproco y que las extranjeras no tienen problemas en gastar en un latino, si ellas quieren tu compañía no hay problema con que inviten”.

Él mismo reconoce que no ha tenido tanta “suerte” como otros amigos que han viajado a Europa o América del sur, pero no siente desventaja por eso. Ha recorrido Centroamérica varias veces y fue a Canadá una vez. En ese entonces para encontrarse con la única extranjera con quien ha tenido una relación estable, pero que por razones de distancia tuvo que terminar.

“Originalmente es un deseo de intercambiar cultura. El objetivo es salir, divertirte, en lo personal yo no quiero ser inmigrante en otro país, aquí tengo mi trabajo, me gusta esta vida y no quiero estar sujeto a nadie. Por eso he aprendido a manejar el asunto”, sostiene, “no me importa que la gente me señale o me diga vividor. Es cierto, en un tiempo caí en eso, te dejás llevar por lo material, ves que podés obtener algo a cambio y sólo por diversión, pero luego te das cuenta que ése no es el verdadero sentido de las cosas. Si te invitan, si no también, además de no enamorarte y no meterte con las chelas de tus amigos, otra regla del chelero es no pedir nada”.

Pero las cosasno son iguales para todos. Incluso este mundillo se divide en estatus, desde el chelero “refinado” hasta el “cuervo” que bajo cualquier artimaña y sin importar lo que sea en una noche de fiesta tiene que “agarrar” algo, bonita o no tanto, lo que importa es que sea chela.

Él entró a este mundo luego de la secundaria, vive aún con sus padres quienes cuidan de su hijo de 10 años, fruto de una relación con una leonesa. Su familia sabe que él es un chelero, pero tiene prohibido llevar mujeres a casa. Su hijo lo ha visto salir hoy y ya no tiene que preguntar dónde va. Si lo encuentra en la calle con una, sabe muy bien qué hacer, los saluda, platica un rato y hace su retirada táctica. Lleva años en esto y es normal que papá tenga novias chelas.

En el Vía Vía hoy es el mejor día. El lugar está lleno, un 80 por ciento de extranjeros y un 20 por ciento de nicas, todos en busca de diversión.

Las noches de concierto son el principal atractivo. La música nacional parece ser una de las carnadas y los que andan en busca de pareja no pierden la oportunidad para mostrar un nacionalismo exagerado. Gritan a todo pulmón las letras de Carlos Mejía Godoy o el Dúo Guardabarranco. Hablar del río San Juan es una estrategia de moda, y aunque muy poco manejen de historia o geografía… si no la saben la enredan.

La temperatura del lugar aumenta con las horas y con el grado de alcohol en el cuerpo. Los grupos de extranjeros que parecían haber llegado como amigos inseparables, se van disipando hasta volverse una sola masa de gente.

“¡Que viva Nicaragua! ¡Que viva León, que viva el mundo!” Una, cinco, doce cervezas… la lista sigue hasta donde les dé para contar.

Las notas musicales no concuerdan con el ritmo que parece sonar en las cabezas de los presentes. Aunque sea un son alegre para moverse enérgicamente o brincar, los pasos de balada rozan la sexualidad en la pista. Antes de la medianoche, melodiosa música andina se baila como el más vulgar reggaetón.

Son las 11:00 p.m. y este lugar ha dado ya lo que tenía que dar. Pero nadie se preocupa, es sólo la señal que una fiesta de otro nivel está por comenzar.

“Esto se ha degenerado tanto con los que entran por ambición, que la gente dice que esto es hasta prostitución”, cuenta Carlos Gutiérrez, “pues la verdad a mí no me importa, pero que no confundan una cosa con la otra. Esto es un asunto de que ambas partes la pasen bien. Otros pueden ver algo de machismo con el hecho de que tener ‘chelas’ te da un estatus entre en círculo, pero no es tan fácil como andar enamorando a la loca o agarrar con lo que salga. Si ya es difícil encontrar una novia nica que son la misma cultura, ahora una extranjera. Por eso es que muchos se las quieren dar de vivos y sólo son oportunistas”.

 Según un artesano mexicano que trabaja en La Calzada, Granada, en dos años supo de al menos cinco nicaragüenses que se han ido con sus “chelas”.
De cheleros, cusuqueros, coyotes y demás

“José”, como llamaremos al extranjero que ha preferido mantener el anonimato, tiene ya 10 años de vivir en Nicaragua.

“Nosotros mantenemos un concepto multicultural, éste es un lugar donde diversos mundos pueden encontrarse, comunicarse y fomentar el respeto”, explica José, “pero aquí en León no todo se ve de esa manera. Hay lugares donde se prohíbe la entrada a nacionales. Según escucho es porque los dueños se dedican sólo al extranjero, se dirigen a personas que no están interesadas en interactuar o intercambiar culturas y eso es respetable, pero aquí también hay gente que verdaderamente está interesada en conocer Nicaragua también por medio de su gente”.

José es dueño de uno de los locales populares en León y ha conocido decenas de historias que han pasado por el lugar. Para él desde siempre ha existido ese interés por interactuar, pero ahora es más notorio por el aumento de la actividad turística, también reconoce la aparición de estos grupos con etiquetas que van desde “cheleros” hasta “coyotes”.

“Hay interés de ambos lados por conocer y experimentar, pero este fenómeno creció luego de que un grupo vio que algunos lo hicieron y les resultó divertido y ahora todo el mundo lo quiere hacer. No está mal la interacción cultural, el problema está en querer abusar o faltar el respeto al otro”, expone José.

“Se hizo tan popular que siento que ahora son más las extranjeras, la chelas andan por las calles con un rótulo que dice claramente ‘busco a un nica para sexo’. Cusuqueras o cusuqueros les llaman a estos extranjeros en busca de nicas. Esta tendencia tiene que ver también con las diferencias de género que aquí son tan marcadas, el machismo es una de ellas. La verdad que aquí viene de todo, en busca de todo… y seguro que lo encuentran”.

Chelero (2): Dícese del nacional que busca contacto con un extranjero con un fin determinado. Ya sea salir del país y buscar vida en el extranjero o conseguir sexo, viajes y gastos pagados. Es gente que se dedica a cazar la oportunidad, que se traza una meta. Conquistar a un chele.

“Aquí viene gente que sólo busca practicar su inglés; para mí eso no es un chelero. Otros gustan de conocer otras culturas; para mí no es chelero. Aquí un chelero es un nica que anda buscando un extranjero para salir de su país o viajar con gastos pagados, pero cada quien tiene sus razones, el asunto es no caer en el oportunismo, eso es falta de respeto”.

“Un chelero puede no hacer daño, cuando ambos se divierten, lo que pase después dependerá de cada quien. Pero no hay que confundir a un borracho o un coyote que llega al lugar solo a beber guaro gratis, o a un ladrón que enamora a las chelas y luego les roba, o a los mafiosos que los buscan para vender drogas. En ninguna de esas situaciones hay respeto, y en eso sí estamos en contra. Si yo veo a un coyote o a un ladrón aquí, sabe que lo saco, aquí no son bienvenidos…”.

“Paseando con mi nena y mi esposa por las calles Madrid”, dice Roberto Zamora, “ElPay”.
“El Pay”

Así es conocido y recordado en León, Roberto Zamora. Su nombre sonó en una mesa de tragos y luego lo mencionó José en la entrevista.

La primera vez que salió de Nicaragua fue en junio de 2008. Viajó a Noruega tras su novia, que estaba embarazada pero que luego perdió a bebé. Se separaron y él viajó a Dinamarca, Alemania y Suecia. Luego regresó a Nicaragua donde conoció a su actual esposa.

Roberto vive actualmente en España. Tiene una bebé de un mes y se declara felizmente casado.

“Yo empecé a conocer extranjeros cuando estudiaba en la universidad, no tomaba alcohol y ni fumaba. Comencé a conocer chicas guapas (alemanas, canadienses, inglesas, italianas, noruegas, belgas, españolas, norteamericanas, holandesas, suizas…) y me fue gustando la diversidad y la cultura de cada una. Te estoy hablando que en un año yo rondé un promedio de 52 extranjeras que habían pasado por mi casa. No es ‘bla bla’, a mucha gente le demostré que sí podía conquistar extranjeras y me gané el ‘respeto’ de muchos… Ahora sé que hice mal, pero ya no hay remedio”, cuenta Zamora en un correo electrónico.

“He sabido de muchos chicos que ahora buscan a las extranjeras solamente para salir de León, pero están equivocados, no es para cualquiera. Igual de equivocados están los que les llaman cheleros a los que quieren relacionarse con extranjeros, los intereses son diversos y son de ambos lados, es algo que la gente no entiende. Las personas que lo han logrado es porque no sólo han pensado en salir de su país; cuando empecé en eso tuve varias oportunidades, pero no quise por que me gustaba mi vida y todo lo que hacía”, asegura “El Pay”. b

Nacionales Granada León nicaragüenses archivo

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