Estuve ausente de esta columna, por motivos de viaje, durante cuatro semanas. En ese período hasta estuve contemplando la idea de dejar de escribirla pero al final decidí que no porque al fin y al cabo hay que aprovechar estos espacios para al menos tener la oportunidad de generar debate o reflexión entre las personas que tienen la amabilidad de leerlo a uno. Así que aquí sigo.
Hay varias cosas de qué hablar, el conflicto sobre los tres kilómetros cuadrados de Harbour Head, que cada día parece más artificial, es uno.
La desastrosa política exterior de este Gobierno, con un canciller visitando Estonia cuando aquí hay un relajo, es otro tema, pues la política exterior es tan torpe que parece que lo hacen a propósito.
En fin, creo que es más importante tocar un tema que a largo plazo nos va a causar más daño: la desde ya inconstitucional candidatura de Daniel Ortega y su posible ilegal reelección que ya muchos aceptan.
Y eso es lo que quiero tocar. Es normal escuchar a la gente decir en estos días “Ortega ya ganó las elecciones, y la oposición es tan desastrosa que ni siquiera va a tener que robárselas… va a ganar limpiamente”.
Otra frase muy usada estos días es que “todos están contentos”. Los empresarios, los militares, cada vez más políticos, el FMI, el BID, todos están “contentos” y si no lo están, al menos están acomodados y resignados a tener a Ortega al menos cinco años más.
No voy aquí a presentar un falso optimismo o negar la realidad. Más bien mi punto es que aunque parezca que todo está perdido no hay que “contentarse, resignarse o acomodarse” porque a largo plazo todo se vendrá abajo como un castillo de naipes.
Los “contentos” o “acomodados” dicen que este año la economía crecerá 3.5 por ciento y es cierto, pero la verdad es que durante más de 25 años la dictadura somocista hizo que este país creciera a un ritmo mucho mayor, muchos estaban contentos, otros acomodados y otros resignados, pero al final, cuando la dictadura se derrumbó, todo lo demás se vino abajo. Y lo que siguió fue desastroso.
¿Por qué? Porque en aquel entonces todo dependía de los caprichos de una familia, un sistema muy parecido al que se está gestando ahora. Es más, por ahí anda uno que otro funcionario de facto que sirvió a aquella familia y ahora está al servicio de ésta.
Y el resultado inexorablemente va a ser el mismo, cuando caiga esta familia gobernante —porque va a caer pues depende solamente de su sociedad con Hugo Chávez—, pues ese magro crecimiento del 3.5 por ciento va a desaparecer por mucho tiempo.
Porque tanto entonces como ahora las instituciones, que son las que garantizan la continuidad y la evolución de un sistema, no existen. Tampoco existe un Servicio Civil profesional y orgulloso, sino un montón de aduladores que usan el Estado como medio de vida porque son incapaces de sobrevivir de otra manera.
Ante esta situación, el que esté contento o acomodado es miope, incapaz de ver el peligro más adelante, o es zángano y le está sacando provecho al sistema. Todos los demás deberían estar buscando la manera de tener un crecimiento sostenido y permanente para todos.
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