Los antiguos griegos creían que los hombres que eran amados por los dioses morían jóvenes. Por ejemplo, Héctor, príncipe de Troya, el más valiente de los troyanos y jefe de los ejércitos que defendieron la legendaria ciudad durante diez años, murió a manos de Aquiles cuando estaba en su plena y fecunda juventud.
Aquiles, otra figura emblemática de la mitología griega, tuvo una vida gloriosa pero breve, pues murió muy joven, también en la Guerra de Troya, al ser perforado su talón —que era la única parte vulnerable de su cuerpo— por una flecha envenenada disparada por Paris, hermano de Héctor.
Cuando Aquiles todavía era un niño pero ya tenía uso de razón, su madre, la ninfa marina Tetis, le preguntó si quería vivir largamente pero de manera rutinaria y tranquila, o, por el contrario, existir en forma intensa, apasionada y gloriosa, pero por poco tiempo. Aquiles escogió la segunda opción, ante la congoja de su divina madre.
Un tercer caso ejemplar es el de Alejandro Magno, el rey de Macedonia y de Grecia que conquistó el mundo entero (el que en su época se conocía), y murió en la antigua Babilonia, donde ahora es Irak, cuando apenas tenía 33 años de edad.
En el mito de que los mimados de los dioses morían jóvenes, se incluye la leyenda de Trofonio, el genial arquitecto que diseñó y dirigió las obras de construcción del más importante templo de Apolo, el de Delfos, donde estaba también el más conocido y confiable de sus oráculos.
El templo fue construido al pie del monte Parnaso (donde residían las Musas), junto a la Fuente Castalia, en cuyas aguas sagradas los peregrinos se lavaban para purificarse antes de consultar al oráculo. Y en el interior del templo se encontraba la piedra de mármol llamada Ónfalo, que Zeus puso allí para determinar que ese lugar era el centro u ombligo del mundo.
En la construcción del templo de Apolo, en Delfos, Trofonio fue ayudado por su hermano, Agamedes. Cuando terminaron la magna obra, Trofonio y Agamedes consultaron al oráculo qué opinión tenía Apolo del templo que le habían construido. El oráculo les dijo que el dios de la luz estaba muy agradecido, que como premio durante seis días podían hacer todo lo que quisieran, y que en el séptimo día su mayor deseo les sería concedido.
Y ocurrió que en el día séptimo los hermanos Trofonio y Agamedes fueron encontrados muertos. Según decía la gente ellos murieron de tanto que Apolo los quería y de allí nació la creencia de que morían jóvenes los que eran amados por los dioses.
Pero sobre la muerte de Trofonio y Agamedes hay otra versión que es contada por diversos mitólogos. Por ejemplo, el francés Jean Francois Michel Nöel escribió en su gran Diccionario de Mitología Universal, tomo segundo, que después de construir el templo de Apolo, Trofonio y Agamedes fueron a construir el palacio del rey de Beocia, Hirieo. Allí los hermanos constructores dejaron un pasadizo secreto de acceso a la cámara del tesoro, y después comenzaron a saquear poco a poco la riqueza real.
Un día Hirieo puso una trampa, a fin de atrapar a los ladrones, cayendo en ella Agamedes. Trofonio trató de liberarlo, pero no pudo. Entonces, para que Agamedes no pudiera ser identificado Trofonio le cortó la cabeza y se la llevó consigo. Trofonio fue a refugiarse en una cueva lejana, pero estando allí se abrió la tierra y se tragó al asesino fratricida.
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