Un techo

Una de mis responsabilidades donde laboro es atender las preocupaciones de los estudiantes, orientarlos ante cualquier duda, según la complejidad del hecho. En una ocasión escuché que le decía alguien a la asistente: “Quiero ver al profesor González, ¿estará desocupado?” Sin esperar respuesta, le contesté: “¡Adelante, por favor!”

Una de mis responsabilidades donde laboro es atender las preocupaciones de los estudiantes, orientarlos ante cualquier duda, según la complejidad del hecho. En una ocasión escuché que le decía alguien a la asistente: “Quiero ver al profesor González, ¿estará desocupado?” Sin esperar respuesta, le contesté: “¡Adelante, por favor!”

De principio no logré identificar si era nuevo ingreso, si anteriormente la había atendido, en fin. ¡Siéntese por favor! ¿Qué necesita, en qué le puedo ayudar?

No rondaba los 18 años, vestida juvenilmente, al iniciar su conversación, me demostró madurez, seriedad, concreción en su solicitud. Quería que le facilitáramos espacio para poder conversar con los estudiantes al menos 10 minutos en cada sesión de clases.

Por mi mente con esta solicitud, al inicio ya tenía el “no” listo. Interrumpir clases, no. Sin embargo la respuesta de mi negación iba desapareciendo en la medida que avanzaba ella en sus palabras.

“¡Queremos que nuestros estudiantes se incorporen en actividades que tengan no sólo como impacto social el proporcionarle a los más necesitados, a los más desposeídos, un techo digno donde vivir; sino lo que conlleva para los propios estudiantes entender en ‘carne propia’ lo que a veces por una razón u otra no conocen, producto de ser muy diferente su entorno!”

A lo anterior me informó con “pelos y señales” de todo lo planificado. Les juro que la mandíbula inferior no se me cayó en ese momento porque estaba bien soldada, pero con lo que la joven me demostró, la respuesta culminó en un sí, rotundo, categórico. Además, añadí: ¿Me permites que te felicite?

En ese momento la extrañada, era ella: “¿Por qué profesor me dice eso?”

—Si en nuestro país, que no lo dudo, hayan cientos, miles, como vos, con esa disposición, con ese liderazgo, pero requerimos más, muchos más, que se sumen, que te sigan, que rompan la rutina, de que su mayor compromiso personal y con la familia es estudiar.

La seriedad del principio, reflejada en su rostro, fue cambiando y su sonrisa afloraba, sus ojos brillaban.

—Pero antes de darte una respuesta, te pido algo —le dije.

—¿Sí profesor?, usted dirá—

— Invita a los padres y madres de familia a que participen, a los docentes. Los problemas de nuestro país, están en sus manos solucionarlos, pero hagámoslo como equipo. ¡Las aulas, son tuyas!

Espectáculo

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