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Actuales astros de ayer

Tres luces del lejano ayer reviven en el firmamento de hoy: Arcangelo Corelli (1653-1713), Muzio Clementi (1752-1832) y Oswaldo Wolkenstein, en el Siglo 15. Luce, pues, la gran música de siglos atrás, el afán de brindar con ella en la bandeja iluminada, con atractivas adaptaciones basadas en el contenido de antologías milagrosamente conservadas por quienes tuvieron la paciencia —quijotes de las hazañas pretéritas— de valorarla y de seleccionarla.

Por Joaquín Absalón Pastora

Tres luces del lejano ayer reviven en el firmamento de hoy: Arcangelo Corelli (1653-1713), Muzio Clementi (1752-1832) y Oswaldo Wolkenstein, en el Siglo 15. Luce, pues, la gran música de siglos atrás, el afán de brindar con ella en la bandeja iluminada, con atractivas adaptaciones basadas en el contenido de antologías milagrosamente conservadas por quienes tuvieron la paciencia —quijotes de las hazañas pretéritas— de valorarla y de seleccionarla.

Tiempos de polifonía incrustada en las suntuosas catedrales, de superficie a techumbre, con el auspicio de los cardenales. Si no hubiese sido por éstos, qué hubiera sido de Arcangelo Corelli y de su engendro concentrado en los himnos celestes, matices sonoros del evangelio, autoridades eclesiásticas que tenían todas las justificaciones y motivos para poner en el primer plano a un género siempre prevaleciente en la virtud interna de cada creyente, aunque sujeta inevitablemente a las modificaciones temporales del estilo.

Cada época en ebullición y evolución —fluctuaciones— en cuanto a ejecución o arreglo, más no en la metamorfosis del mensaje, de la inspiración emanada del tronco, de la raíz de los compositores poseídos por la visión de Dios. Así lo han contado no pocos epónimos en la consignación de sus viajes al cielo.

El otro escogido para volver ha sido Muzio Clementi, contemporáneo de Amadeus Mozart y motivo de ingente emoción por parte de Beethoven en su juventud. La selecta trilogía se completa con un compositor misterioso en sus hallazgos conocido por una minoría de la población diletante, Oswald Wolkenstein, mejor identificado dentro de la estrechez de conocedores como “El del castillo en las nubes”. En suma, ilustres caballeros de épocas distintas, el más lozano de ellos por las evidencias de la cronología, Muzio Clementi en quien vamos a insistir en el somero análisis de su equilibrada hechura en cuanto a revelar las dosis de su jovialidad y las dosis de su seriedad.

No es de ninguna manera tan conocido como dos nombres de más recordada y homenajeada trayectoria (Mozart y Beethoven), pero sí durante compartió el lapso contemporáneo estuvo al lado de los dos, gozando de una holgada fama su meritoria creación y el virtuosismo en la interpretación. Las dos cualidades a la vez mostradas en la corte francesa. Los antologistas discográficos se basaron en la admiración que Beethoven sintió por las primeras sonatas para piano, las iniciales con las cuales comenzó a correr por los caminos de la gloria. Se llenaron de exaltaciones para refrescarlas en novedosas portadas partiendo de que tuvieron una trascendencia valiosa en el perfeccionamiento de la técnica del piano y en sus peripecias expresivas. Si a un instrumento amó Beethoven con fornida efusión fue al piano, del cual ha sido uno de los exponentes más ejemplares en la historia de la ejecución. Bastaba sólo abrigarse en ese afecto para tenerse un fundamento sólido del porqué Clementi aparece como uno de los puntales. Otro de los méritos asignados lo reviste su autoridad en la transición del clasicismo al romanticismo en la música para teclado. Susan Alexander asume la responsabilidad de interpretarlo en la exposición del reconocimiento para alguien —dicho al principio— que ha sido olvidado.

Otro virtuoso de estos tiempos vivos llena no obstante la modernidad de nuevos y revolucionarios matices, es el flautista Maurice Steger, quien suele ser acompañado por el Ensemble The English Concert dirigido por Laurence Cummings. En el repertorio aparece una atractiva quintaesencia de conciertos para flauta dulce inspirados en las 12 sonatas opus 5 de Arcangelo Corelli. La adaptación parte del especialista barroco Francesco Xaverio Geminiani. A Corelli se le ha trasladado en esta exquisita fantasía a Londres, ciudad que gozó el auge de un entorno animado y variado presidido por Handel.

Pero no podría olvidarse en otras circunstancias distintas de las que aquí aparecen, al Corelli infinitamente religioso, medularmente capillista. Estiró el abanico del ritual en aires, áureas que ventilaron las ventanas de Roma, impregnando resueltamente un modelo nuevo de belleza. Los siglos han marchado —quién detiene el ritmo— y dentro de esa presurosa caravana en la cual van uno tras otro, nunca ha bajado de su cima, revivido en cada diciembre, en no pocos lugares del mundo “el Concerto grosso fatto per la notte di natale” de solemnidad latente en todo el trayecto, colmado de estilo pastoral. Música profana en su zarabanda de 16 variaciones y música religiosa en las sonatas del “Príncipe de la melancolía”

La gira concluye con el más antiguo: Oswald Wolkenstein. Poco revelado en las armonías de Occidente y más concebido como un “as” del peregrinaje en alguna estancia del muy lejano Siglo 15. Empero es traído por los descubridores empeñados en que los conozca el par de ojos y oídos de las nuevas generaciones. El protagonismo en la interpretación lo lleva —crepita— el contratenor, barítono y musicólogo Andreas Scholl de ensemble que enriquece al encomiable propósito: el uso de la instrumentación original. Florecimiento, enseñanza y autenticidad.

La Prensa Literaria

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