Por Malva Torres Izquierdo
Si una niña quiere aprender a bailar ballet es motivo de alegría para la familia, pero qué pasa cuando es un niño quien le dice a sus padres que él quiere aprender a bailar esta danza clásica, como fue el caso de Billy, en la película inglesa Billy Elliot .
Sin importar lo que pensaran sus familias para un grupo de chavalos nicas el ballet es una obra maestra en movimiento, la belleza del cuerpo humano que se expresa desde la punta de los pies hasta el arco de los brazos por encima de la cabeza. Son jóvenes, delgados y atractivos que con la emoción de hacer lo que les gusta logran representar la danza clásica en su máxima expresión.
Aquí Entre Nos conoció a Orlando, Jairo, William y Nelson, cuatro bailarines “pilas puestas” que se juntan en la Compañía Ballet Nicaragua y se tratan como hermanos. Mientras se ponen el vestuario y se arreglan ellos nos contaron sobre su vida y sus planes en el mundo de la danza.
Nelson Mena
Algunos todavía están estudiando, otros se han convertido en profesores de los más jóvenes, dada su experiencia y sus estudios de la vieja escuela de los años ochenta. Tal es el caso de Nelson Mena. Tiene 32 años y dice que siempre le gustó bailar, sin embargo, se enteró de las clases de ballet muy tarde. Por lo anterior fue que a los 19 años empezó su carrera artística. En el 2003 vivió en Costa Rica para continuar estudiando ballet, pues en Nicaragua las clases estuvieron detenidas en ese tiempo.
Nelson al salir de la secundaria intentó estudiar Ingeniería en Diseño, pero se salió porque sentía que lo suyo no estaba en esa carrera. “Lo mío era bailar, nada ocupa tu mente cuando hacés lo que te gusta, los problemas se te van”. Es por eso que es Licenciado en Danza. Para él su vida en el mundo de este arte clásico ha sido muy satisfactoria. “Muchos dicen que no mantiene y yo sí he podido vivir de esto”.
Según nos dijo, el amor a su trabajo le hace tanto bien que quiere seguir en él lo más que se pueda. “Mi meta es llegar hasta los 40 bailando”, expresa entre risas.
Dicen por ahí que hijo de tigre sale rayado. Ése es el caso de William Herrera Jr. Este chico moreno tiene 18 años y es el único hijo de una familia de bailarines, pues su mamá es integrante del grupo folclórico Quetzaltnáhuatl y su papá es William Herrera, director de la Compañía Ballet Nicaragua y de la Escuela Nacional de Ballet.
William Herrera Jr
William ama bailar más que a nada en el mundo.
“Hay personas que te apoyan pero depende, a veces te dicen ‘uy eso es para mujeres’, pero la mayoría se asombra y aprecia lo que uno hace”.
Para él el simple hecho de bailar es divertido, pues nos confesó que lo disfruta mucho. Ahora está terminando su carrera de Antropología en la UNAN, pero entre sus planes está estudiar Licenciatura en Danza que ofrece la UNAN-Managua.
Orlando López
Tiene 24 años y se dedica a una profesión aparte, Orlando López está por graduarse de Mercadeo en la Universidad Católica (Unica), donde además dirige la agrupación de baile de esta Alma Mater.
López estudia Danza en la UNAN y es miembro de Ballet Folklórico Macehuatl. Según nos contó le gusta ser profesor al igual que alumno: “Para mí no hay una sin la otra. Un profesor debe bailar y disfrutar lo que hace para transmitir eso a los alumnos y que puedan interiorizar en la danza como arte y no sólo en una pieza de baile. Disfruto enseñar bailando”.
Para él la danza es el eje de su vida y afirma que la música le da la nota exacta para ejecutar a la perfección una complicada coreografía. A López no le importa lo que la gente piense, pues cree que siempre tendrán algo que decir. Por ahora está enfocado en todo lo que hace. Por ahora su vida está compuesta de estudios, trabajos y pasatiempos.
Jairo Ulloa
Es un chavalo apuesto que podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que respira saltos y música clásica. Hablamos de Jairo Ulloa, quien a sus 20 años no hay día que su vida no esté ligada al ballet. Desde la mañana hasta que cae la noche. Actualmente estudia danza los sábados en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.
Jairo dice que el ballet es para disfrutarlo, es por ello que no le molesta no tener un día libre. Sus padres ahora entienden eso y lo apoyan al ver su entusiasmo y dedicación. Pero antes no era así. Este chico recuerda que en su familia existía la mentalidad de que no se puede vivir del baile, pero cambiaron de opinión al verlo tan decidido.
Por otro lado, sus amigos de la secundaria se burlaban de él por ser bailarín. “Existe ese tabú de que los bailarines son homosexuales, yo entré al Loyola en tercer año y me decían ‘ay el fresita y baila para colmo’, pero todo tiene que ver con la seguridad y la autoestima que uno tenga”, concluye.
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