Verónica Altamirano ha realizado trabajos pequeños como parte de su aprendizaje de la técnica del repujado en metal. Ella muestra orgullosa junto a su mentora, Virginia Alvarado, dos de sus creaciones más grandes. Ambos cuadros están a la venta, su valor oscila entre los 500 y 400 córdobas, un módico precio para todo el trabajo y sentimiento que hay detrás de ellos.

Artesanas de su vida

“Las casualidades no existen...”. Doña Virginia Alvarado Morales, de 60 años, es una exitosa empresaria, madre de tres hijos y viuda. Su taller en Niquinohomo y su tienda en el Mercado de Artesanías de Masaya es el fruto de diez años de trabajo en el arte del repujado en aluminio. Un negocio familiar que nació en el 2000 por necesidad ante el desempleo y la pérdida de su esposo, el otro pilar de la familia. Diez años más tarde trabaja con sus hijos y cuenta con ocho jóvenes que aprendieron de ella la técnica y trabajan en el taller que instauró en su casa. Ella sueña con seguir expandiendo su negocio y con terminar un nuevo proyecto personal.

“Las casualidades no existen…”. Doña Virginia Alvarado Morales, de 60 años, es una exitosa empresaria, madre de tres hijos y viuda. Su taller en Niquinohomo y su tienda en el Mercado de Artesanías de Masaya es el fruto de diez años de trabajo en el arte del repujado en aluminio. Un negocio familiar que nació en el 2000 por necesidad ante el desempleo y la pérdida de su esposo, el otro pilar de la familia. Diez años más tarde trabaja con sus hijos y cuenta con ocho jóvenes que aprendieron de ella la técnica y trabajan en el taller que instauró en su casa. Ella sueña con seguir expandiendo su negocio y con terminar un nuevo proyecto personal.

Verónica Altamirano, de 47 años, hasta hace un tiempo enjuncaba sillas como una actividad independiente que le permitía dar un aporte económico a su familia. Ella vive en casa de su madre en un barrio de Managua, junto a siete de sus hermanos, es la penúltima de la lista. No tiene hijos y está soltera. Ella sueña convertirse en una exitosa artesana y está trabajando para conseguirlo.

Una de ellas perdió el brazo derecho en un accidente en la infancia, la otra nació con sordera. Mentora y aprendiz. Doña Virginia y Verónica se acaban de conocer, pero sus puntos en común parecen haberlas unido desde antes en lo que ahora se ha convertido en un nuevo proyecto de vida para ambas.

Se reúnen en la sala del taller desde hace más de tres meses para trabajar juntas. Marcia Chamorro, una intérprete que trabaja en la Escuela Cristiana de Sordos, sirve de voz para Verónica, pero fue también su guía para llegar hasta este lugar.

El área de trabajo se convierte cada quince días en un aula de clases para cada sesión práctica. Virginia toma el perfilador de madera que está en medio de la mesa llena de trozos de metal, pinturas y obras a medio terminar y comienza una línea en la lámina.

Mientras le enseña los secretos y estilos del arte que realiza, Verónica le da lecciones de vida que no necesitan de voz para contarse, su espíritu de lucha y su deseo emprendedor se reflejan en la mirada chispeante de sus ojos claros a través del cristal de sus lentes y en la sonrisa espontánea que ofrece como dando gracias e indicando que ha aprendido la lección del día. Virginia continúa tallando el aluminio, esta vez ha acabado ya el dibujo de una flor. La delicadeza y exactitud con la que labra el aluminio y le da rostro a sus creaciones sale del mismo brazo fuerte con el que ha cargado a su familia estos últimos años. Ambas aprenden y ambas enseñan.

Un anuncio en el periódico a finales de abril les llamó particularmente la atención y a partir de ahí su historia se juntó. Voces Vitales de Nicaragua abre convocatoria para mujeres empresarias y emprendedoras. Mentoras y aprendices, decía más o menos el texto. Un proyecto que promueve la Fundación Violeta Barrios de Chamorro y que pertenece a un proyecto internacional llamado Voces Vitales Global Partnership, organización no gubernamental fundada en 1997 por Hillary Clinton y la ex Secretaria de Estado, Madeleine Albright.

“Llené la solicitud, puse los datos de mi empresa y mandé un párrafo expresando mis deseos en participar, compartir mi experiencia con otras mujeres trabajadoras”, cuenta Alvarado, “mis intenciones al aplicar eran para ser aprendiz y no mentora, pero luego me ofrecieron la oportunidad de trabajar con Verónica y aquí estamos”.

De igual manera Marcia envió las aplicaciones con los currículos de ocho de sus “alumnas”, ella además de servir de intérprete tiene como misión buscar oportunidades de empleo e integrarlas en el ámbito laboral, Verónica fue la elegida para formar parte de este programa de capacitación por medio de mentorías, en el que conocería a Virginia su nueva maestra, su nueva amiga.

Mujeres ayudando a mujeres. Para Verónica el sueño de tener un negocio es un reto al que se ha enfrentado en silencio. Su sordera no la ha detenido nunca, pero sí ha representado un grado de dificultad más sobre todo en una sociedad donde no se educa a las familias que tienen un miembro con algún tipo de discapacidad.

“Yo trato de expresarme como puedo, estuve asistiendo a unos encuentros en la Asociación de Sordos de Nicaragua y ahí vas aprendiendo el lenguaje e intercambiando señas, pero no todo el tiempo se puede, estuve en un proyecto de Mifamilia, pero duran poco y una vez terminados no se le da seguimiento a los resultados”, cuenta Verónica a través de señas que Marcia convierte en palabras.

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“Es una lucha constante, yo he aprendido a tener paciencia en mi familia, no todos están interesados en aprender el lenguaje de señas para comunicarse con nosotros, por lo que tenemos que hacernos entender, mucho menos que alguien se dedique enseñarnos un oficio o una profesión, no toda la gente tiene la vocación y la paciencia, con esto me he dado cuenta que sí hay oportunidades, sólo que debemos buscarlas más allá, con más esfuerzo, con más trabajo, perseverando”, explica.

“Las casualidades no existen para mí”, insiste Virginia, “yo apliqué para ser aprendiz y ahora soy una mentora, pero veo en Verónica un gran ejemplo de superación, la rapidez con la que ella aprendió, el entusiasmo que le pone a sus obras y el interés por continuar capacitándose son realmente admirables, me siento orgullosa de haber trabajado con ella”.

El plazo del proyecto ha terminado. Voces Vitales de Nicaragua hizo eco en muchas vidas. Pero para Virginia, Verónica y Marcia el verdadero trabajo está por comenzar. No basta con aprender sino en explorar y avanzar en el camino.

“Yo no te puedo decir que llegué a la meta, creo que me falta mucho todavía, tengo que aprender más, tengo retos y metas, tengo fe y mucha fuerza para llegar a más allá. Siento que me falta por dar”, dice emocionada Virginia, quien recuerda con mucha gratitud a la amiga que le enseñó una mañana lo básico para realizar este arte, pero lo suficiente para que ella y una de sus hijas emprendieran el negocio que levantaría a su familia.

Verónica y Marcia siguen en contacto con Virginia, sus encuentros son más esporádicos, pero el aprendizaje es igual de provechoso. Ahora se suma al grupo de aprendices Camila, una joven de 16 años, alumna de la Escuela Cristiana de Sordos, que desde ya quiere romper las barreras del sonido y de la sociedad valiéndose de sus manos como Virginia y Verónica para labrar su propio futuro. b

Ver en la versión impresa las paginas: 14 ,18

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