Por María Haydeé Brenes.- Siento el líquido espeso y tibio sobre mi labio superior, luego como se adhiere la banda, pasan un par de minutos y casi me acostumbré a su textura áspera por la cual pasa sus dedos Juan Brenes, como quien está acariciando a un animalito. Es, hasta cierto punto, relajante.
—¡Ya!— me dice. No me da tiempo de tomar aire porque simultáneo al ya, hala con fuerza de la banda que arranca no sólo la cera, sino con ella los vellos que la madre naturaleza me dio sin pedirlos.
Mi labio superior palpita como si tal y de repente me hubiesen colocado un corazón en ese lugar, una onda de calor recorre mi cuerpo y al instante percibo ese calor focalizado, como una brasa encendida en el labio, pero apenas estamos comenzando, la operación se repite y es que definitivamente, una no se da cuenta de cuánto vello puede tener, hasta que se acuesta en la sala de un especialista.
Cejas, bigote, patilla, barbas, nariz, brazos, piernas, axilas, pecho, zona púbica, no creí que hubiese tanto que pelarse. Pero hay una depilación, la más temida de todos, reservada sólo para hombres y mujeres valientes y con capacidad para soportar el dolor, es conocida como depilación brasileña y en ella son arrancados con cera los vellos púbicos y anales, aplicando cera, colocando la banda y tirando con fuerza de ella. ¿Quién se hace eso? No lo sé, pero les rindo el charro.
Antes de ir a acostarme sobre el cómodo diván de este cuarto blanco adornado por dos ángeles, para hacerme una depilación facial con cera, busqué información respecto a mis vellos y su aparición y me enteré que no soy un caso clínico de hirsutismo, un desorden que propicia la aparición de vello en las mujeres en zonas que dependen de hormonas masculinas (androgenodependientes) y donde por lógica no deberíamos tener vello las mujeres.
Hay otro desorden llamado hipertricosis en el que las mujeres tienen mucho vello pero es en zonas no dependientes de hormonas masculinas como brazos y piernas.
Frida Kahlo, por ejemplo, padecía de hirsutismo y se negó a arrancarse los vellos de las cejas y el bigote. Yo después de tanto sentir el calorcito, la sobadita, el halón y tener la cara roja, pienso en la sabiduría de la Kahlo y cómo si no nos hubiésemos rendido y le hubiésemos dado paso a su moda ahora podríamos competir con los hombres en la barba más cuidada.
Pero no impusimos la moda así que a veces cuando menos te lo esperas sale un niño o niña observador que te señala en la fila del supermercado y dice “tiene bigote”. Pasa con más frecuencia de lo que creemos.
Para animarme, al ver las lágrimas que han brotado espontáneamente en uno de los halones, Juan Brenes, uno de los estilistas más reconocidos del país de Juanes Estilistas, me comenta que mis vellos faciales no son nada del otro mundo, que esta relación amor-odio con la cera no sólo la he vivido yo, sino miles de nicaragüenses, hombres y mujeres, quienes se sientan cada mes para que le sean arrancados los vellos.
Oscar Navarrete, el reportero gráfico que me acompaña, se ríe de mi dolor. Deseo de un tirón arrancarle la barba que anda. Mi consuelo es que con tanto hombre depilándose pronto ellos también pasarán por este trance.
“Tengo clientes que hacen esto semanal, sobre todo si son modelos, porque el maquillaje no queda igual sobre un rostro con vellos, aunque lo ideal es hacerlo una vez al mes. El rostro, no es nada. Hay partes que duelen más como los brazos, o el bikini, pero siempre se hace”, me dice sonriendo Juan, mientras observo en un espejo el enrojecimiento de mi cara.
“Yo no vuelvo, con esto fue suficiente, andaré con las cejas como Gonzo, el de los muppets y tendré un bigote como el Zapata”, afirmó.
Sin perder la sonrisa, Juan me contesta: “Vas a volver, esto es como un vicio, el deseo de verse bien”.
Cita: viernes 10 de septiembre, la vanidad ganó la partida, mi sentencia 15 minutos entre calorcito, sobaditas y halones. b
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