Anoche en su homenaje de cumpleaños, Tomás Borge fue el único de los que estaban en el salón vestido a la vieja usanza de los comandantes guerrilleros: uniforme verde olivo, boina negra con la que tapó su mollera calva y medallas colgadas en el pecho, en el lado izquierdo, en ocasión de sus ochenta años.
Aunque la mayoría usaba chaquetas, más por el frío del salón que por la lluvia que caía afuera, era más festiva la ropa de sus ex compañeros de lucha que la del propio Borge. Lenín Cerna, por ejemplo, su antigua mano derecha en el Ministerio del Interior, sobresalió entre los altos funcionarios de Gobierno que colmaron el salón de la Casa de los Pueblos, por sus ropas de lino y tonos pasteles: camisa rosada y pantalón caqui playero.
Borges cumple años el mismo día que el dictador cubano Fidel Castro, aliado político del gobierno de Daniel Ortega. El detalle lo recordó Rosario Murillo, la Primera Dama y secretaria de comunicación, quien dijo al comienzo del acto que había dos motivos de celebración: “Los cumpleaños de Tomás y Fidel”.
Además de Murillo, durante el acto hablaron Fidel Moreno, en representación de la Juventud Sandinista, los que al fin y al cabo organizaron el homenaje, pero también Lenín Cerna y el propio Borge. Ortega, que permaneció a la izquierda del anciano comandante, sólo se levantó para plantar la medalla a Borge y para sonreír de vez en cuando, con las metáforas que soltó el viejo guerrillero.
La menuda figura de Borge, que detrás de muchas sillas apenas se distingue a la distancia, fue magnificada a través de seis pantallas instaladas de forma estratégica en los lados del auditorio en el que estaban ministros y diputados como el ahora silencioso Gustavo Porras, que entró presuroso al salón y de la misma forma se fue, o como el presidente del Banco Central, Antenor Rosales, el único que vestía de saco y corbata.
En su discurso, por el que de vez en cuando saltaba con el ímpetu de un pastor evangélico ante un púlpito, Borge dijo que habrá FSLN “para más de cien años”. También auguró que Ortega, al que le palmoteó en la cabeza un par de veces, es “el presidente del mañana”.
Antes de abandonar el salón, en compañía de sus hijos menores y del propio Cerna, Borge tendió la mano a varios de los asistentes, que lo saludaron con fervor religioso. La mano del anciano comandante es tan suave que se parece más a la de un pianista que a la de alguien que durante 10 años simbolizó el terror que despertaba el Ministerio del Interior.
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