Son las 5: 30 de la mañana del miércoles en la humilde casa de “Chema” o de José Lenín Murillo en el barrio capitalino Farabundo Martí. Para él es momento de orar, agradeciendo por un día más de vida. Media hora después, mientras finaliza sus oraciones se escuchan golpes precipitados en la puerta.
—Chema ¡ya nos vamos! —grita desde afuera Martín Mena, técnico del equipo de futbol América. Chema finaliza su oración y sale con rapidez.
Una brisa leve recibe al equipo en esa lodosa y árida cancha del Estadio Cranshaw, mientras Chema prepara la utilería para el entrenamiento.
—Oye Chema recoge los conos —se escucha la voz fuerte del entrenador.
—Ya voy profe —obedece y corre de inmediato.
Chema tiene 18 años y desde hace tres es el chico que se mira en los vestidores del equipo, ése que está atento a que los jugadores tengan su agua, toalla para secar el sudor en los partidos, ese chavalo que ayuda al técnico a organizar la utilería para que los jugadores realicen los ejercicios en los entrenamientos. El es utilero del club americanista.
“Es un trabajo que necesitas ser paciente y rápido a la vez”, dice.
Chema es un fanático del futbol. Desde pequeño era diestro a ese esférico con que se le veía andar por todas las calles del barrio hasta que las malas amistades lo guiaron por el camino de las pandillas. La cicatriz en su pierna izquierda le recuerda ese triste pasado.
“Tenía como 14 ó 15 años cuando en un pleito de pandillas una piedra grande cayó en mi pierna izquierda. Cuando llegué al hospital los doctores me dijeron que la perdería. Escuchar eso fue horrible, pero consciente de que era una cara consecuencia por mi mala conducta, pero Dios me ha salvado, estoy aquí por su misericordia”, relata Chema, mientras distribuye varias varillas de plástico en el campo futbol.
Luego organiza los conos. Y los jugadores hacen ejercicios con el balón.
—¿No te cansas de hacer esto todos los días? —pregunto.
—No para nada, trato de verlo divertido, es un trabajo importante, me siento una parte importante del equipo —contesta con orgullo.

—¿Qué pasó Chema? ¡Apurate! —apura nuevamente al técnico, en tanto los jugadores continúan con el entrenamiento y Chema otra vez sale rápido a cumplir el pedido.
Falta una hora para que concluya la sesión matutina, Chema se toma un pequeño descanso, pero antes pone en orden los balones y recoge los conos, luego se arrincona en la línea de la banda derecha de la cancha y se sienta sobre un balón, mirando fijamente a los jugadores
—¿Si no te hubieras lesionado la pierna, hubieras jugado con el América? —se rompe el silencio.
—Mmmm pues siempre me gustó el futbol, pero Dios tiene seguramente planeado otras cosas para mí. Debo dar gracias a mi Señor por estar vivo y tener mi pierna y seguir caminando. Todavía juego en el barrio y eso es mucho”, expresa.
Desde las graderías, mientras el equipo juega, nadie repara en Chema, que está en el banquillo esperando con toalla y agua en mano a los jugadores. Los ojos de todos siempre se centran en los equipos, y no de quienes ayudan a formar a ese club. El utilero sufre, llora y ríe junto al técnico.
“Es más difícil ver los partidos desde este lado de la cancha, porque no podés ayudarlos cuando pierdes o no han hecho gol. Se sufre más”, admite.
—Chema, ¡pasame agua! —interrumpe Samuel Padilla, uno de los delanteros del equipo.
Aunque no juega en el entrenamiento, Chema siempre se pone sus tacos de futbol. Acabados por el lodo del estadio y el constante uso. El utilero se para en medio de la cancha y sólo espera que termine la sesión, pendiente de cualquier necesidad de los jugadores.
Son las 8: 00 de la mañana y el entrenamiento ha concluido. Chema sin necesidad de la orden del entrenador, ya empieza a recoger los utensilios, pero antes de irse anima al equipo y les da confianza que ganarán el próximo partido. Así que Chema siempre estará allí en la cancha, listo con las botellas de agua y toallas en la mano para auxiliar a los jugadores para luego festejar o llorar junto al equipo. b
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