La droga viaja en mochilas escolares

Mario traza con sus dedos la silueta de una hoja de mango, del árbol que está en el jardín de su casa. Se queda ido viendo el vaivén de las hojas producido por el viento, mientras Carlos, su compañero de clase, hace coro a una canción del grupo de rap Cypress Hill, grupo musical estadounidense que promueve la legalización de la marihuana.

Fotos de LA PRENSA/E. Parrales/Archivo

Mario traza con sus dedos la silueta de una hoja de mango, del árbol que está en el jardín de su casa. Se queda ido viendo el vaivén de las hojas producido por el viento, mientras Carlos, su compañero de clase, hace coro a una canción del grupo de rap Cypress Hill, grupo musical estadounidense que promueve la legalización de la marihuana.

Carlos y Mario, los conoceremos por sus nombres ficticios, están en quinto año de secundaria. Estudian en un colegio privado. Desde hace cuatro meses, aproximadamente, fuman marihuana dentro de la escuela y en sus casas cuando se reúnen. Ni los maestros ni sus padres se han enterado. Se atreven a meter marihuana dentro del colegio, porque están seguros que ni los guardas de seguridad ni los maestros revisarán sus mochilas o bolsas de los pantalones, donde las meten generalmente. “Lo más, dos o tres churros andamos, porque peligroso y un día nos descubren”, cuenta Mario.

Es una tarde calurosa. Recién salieron de clase y como la mayoría de las tardes en la semana, se reúnen en la casa de Mario para hacer tareas y para fumar marihuana. Las pláticas se tornan confusas. No tienen sentido. Mario habla de una película que vio la noche anterior y Carlos habla sobre un juego de nintendo.

En lo único en que coinciden es que tienen mucha hambre, a pesar que almorzaron hace una hora. Ambos tienen los ojos llorosos y no paran de reír.

Hablar de marihuana para estos dos chavalos, ambos de 17 años, es hablar de lo que está de moda. Lo prohibido, explica Carlos, es lo que nos incita a fumar marihuana. Es hablar de lo que les produce relajación y tranquilidad. Porque es rico, insisten.

“Fumamos en el colegio, en el campo, donde nadie nos pueda ver cuando salimos de clase. O fumamos, cuando no hay nadie en la casa de Mario”, cuenta Carlos.

Pero esa tarde, el hecho que el papá de Mario esté en la sala viendo televisión, no les impide fumar. Sacan una tila —menos de un gramo de marihuana, cuesta diez córdobas— la enrolan con la envoltura de papel higiénico y salen a dar una vuelta a la manzana mientras comparten el churro. Para disimular llevan encendidos dos cigarros.

Regresan a la casa eufóricos, riéndose de cualquier cosa. Bailan música electrónica sin camisa. La empleada de la casa de Mario prepara unas repochetas, instantes después no hay rastro de ellas. El hambre es una de las reacciones que produce la marihuana, según cuenta Carlos, mientras el papá de Mario continúa viendo la televisión sin prestar atención al baile y carcajadas de los dos.

Carlos es flaco, blanco, apuesto, mide aproximadamente 1.79 centímetros. Quiere estudiar Ingeniería Civil en la Universidad Centroamericana. “Ya quiero estar en la universidad, dicen que es todo bacanal. Hay más libertades”, comenta entre risas.

Mario es moreno, delgado y bajito. Por su parte aún no se decide qué estudiar, si es que pasa el quinto año porque va mal en las clases, según él mismo afirma.

Mario y Carlos empezaron a fumar porque veían a otros compañeros de clase que lo hacían. Les dio curiosidad. Querían probar lo que se sentía. Probar si era cierto que se relajarían. Y así fue. Empezaron fumando una vez a la semana, pero ahora por lo menos fuman cinco veces. Gastan alrededor de 100 córdobas semanales entre los dos.

“A veces la compramos cerca de mi casa, en Ciudad Jardín, pero también tenemos a un dealer que nos lleva la cantidad que pidamos, donde estemos. Puede ser en las afueras del colegio, antes de entrar a clase para fumar a la salida, cuando todos se hayan ido o si no en la casa de otro compañero de clase”, comenta Mario.

En el 2009 operaron más de 250 expendios alrededor de varias escuelas de Managua.

La venta de droga a los estudiantes no es asunto nuevo, según informa la Policía Nacional, se han dado a conocer varios casos en todo el país a través del plan para escuelas que se está llevando a cabo, que consiste en tener mayor presencia policial, sobre todo en las escuelas donde se han dado casos en que los estudiantes consumen algún tipo de droga. Y donde se han identificado también, expendios de drogas cerca de los colegios.

El éxito de los expendedores fuera de los colegios —según explica Maritza Montano—, quien forma parte de la Consejería Estudiantil promovida por el Ministerio de Educación, es que poco a poco se ha creado un estado de opinión de modo que pareciera que la droga no es tan mala, sobre todo cuando se trata de la marihuana, que sus efectos no son tan notorios.

Montano asegura que los vendedores de droga se colocan en las cercanías del colegio a ofrecer fundamentalmente piedra crack, marihuana y cocaína, “pero todo eso lo detectamos con el trabajo conjunto dentro del Plan Colegio que lleva a cabo la Policía y el Ministerio de Educación”, dice.

Con el Plan Colegio, la Policía Nacional implementa varios métodos para contrarrestar la delincuencia y expendedores de droga. Entre ellos, charlas —en el 2009 se dieron charlas a más de 5000 estudiantes en Managua—, también actividades recreativas y deportivas.

En las escuelas más vulnerables se desplazan patrullas alrededor de las mismas, porque, como dice Montano, los vendedores de droga se apostan en las afueras de las escuelas para ofrecer la droga a los estudiantes, sus “clientes potenciales”.

Según el informe presentado por la IEEPP (Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas) la edad más vulnerable para consumir droga es entre los 14 y 25 años.

Según informa el jefe de secretaría de la estación policial del Distrito III, Roberto Calero, se han identificado en esta zona expendios a tres o menos cuadras de las escuelas. Por ejemplo, había un expendio ubicado a dos cuadras del colegio Benjamín Zeledón. En la zona norte de la ciudad, escuelas como Mercedes Campo, Rafaela Herrera y Camilo Zapata los expendios estaban a sólo una cuadra de ellas.

En Managua hay un total de 150 colegios vulnerables, donde se ven expuestos a violencia o venta de drogas. 66 colegios son priorizados con mayor presencia policial y charlas en coordinación con el Ministerio de Educación. Montano explica que la vulnerabilidad recae en la edad, porque son más susceptibles, además porque las escuelas son centros sitiados. Hay un entorno que no es el más sano, dice, particularmente en los barrios empobrecidos de la ciudad.

Entre los colegios priorizados están: el Instituto Manuel Olivares, Experimental México, Gaspar García Laviana, Acahualinca, Ramírez Goyena, Benjamín Zeledón, Mercedes Campos, Camilo Zapata, Miguel de Cervantes, Manuel Mongalo, Monte Tabor, Sor María Romero, entre otros.

Recientemente, en el colegio Experimental México, detuvieron a dos jóvenes que entraron al edificio con marihuana. Según se reportó en un canal televisivo nacional, los vendedores de droga eran ex alumnos del colegio, por lo que tenían acceso por ser conocidos. A partir de este hecho, la presencia policial es permanente.

Durante la semana se televisó también a un adolescente vendiendo marihuana en las afueras de un colegio ubicado en el barrio El Recreo.

En la escuela Mercedes Campos, uno de los colegios donde da atención Montano, se han identificado a estudiantes que llegan con aliento a alcohol o aparentemente drogados. Los maestros han identificado también a expendedores de droga alrededor de la escuela. “Son chavalos con muchos problemas, nosotros tratamos de escucharlos, aconsejarlos y motivarlos, no todos responden igual pero sí vemos cambios positivos cuando los tratamos”, explica Montano.

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Según datos del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP), en Managua se han localizado más de 500 expendios. Ese dato convierte a la capital en la mayor plaza para la venta de droga, sin descartar que existan muchos más que aún no se han localizado.

Se estima que se mueven más de 170 mil dólares semanales en ganancias producto de la venta de varios tipos de drogas. Los datos reflejan que la segunda ciudad con mayores expendios es Bluefilds con más de 200 expendios. Según este informe la población más vulnerable es comprendida entre 14 y 25 años.

Recientemente la Organización Mundial de la Salud dio a conocer un informe donde detalla que Estados Unidos es el país donde se consume más drogas en el mundo. En el informe se señala que un total de 72 millones de estadounidenses han consumido algún tipo de droga. Asimismo se estima que los norteamericanos consumen un tercio de la producción mundial de la cocaína.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) detalla en su reporte 2010 que Honduras, El Salvador y Guatemala son los países que se ven más afectados por el tráfico de droga, casi a la par de México y Colombia. Venezuela aparece como el origen de la droga en Europa.

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Durante los tres primeros meses del año, en varias escuelas de Estelí, entre ellas el Instituto Nacional Francisco Luis Espinoza y Guillermo Cano, se reportaron varios casos donde se encontró a estudiantes vendiendo marihuana dentro del centro de estudio. Asimismo se identificó a expendedores merodeando varias escuelas, según noticias publicadas en LA PRENSA. En distintos medios de comunicación se reportan los mismos casos en Matagalpa, Carazo y Chinandega.

Montano explica que la metodología que utilizan en la consejería estudiantil es hablar personalmente con el estudiante y tratar de resolver los problemas que tienen en conjunto con sus padres y con los psicólogos que trabajan en las escuelas. Enfatiza que es prioritario que los padres se involucren con sus hijos para evitar malas conductas.

En un informe presentado por la Policía Nacional a inicios de este año, se dice que el año pasado operaron más de 250 expendios de drogas cercanos a los colegios en la capital, además se inspeccionaron 752 negocios de licor donde se iban los estudiantes después de clase a beber.

Calero informa que sólo en el Distrito III se han reportado 20 casos vinculados a la venta de droga cerca de las escuelas, durante los tres primeros meses del año.

 Carlos y Mario envuelven la tila de marihuana, que cuesta diez córdobas, con la envoltura de papel higiénico. Entre los dos gastan semanalmente alrededor de 100 córdobas  en droga.

La droga que entra a las escuelas proviene de los cárteles organizados en la ciudad, que se reparten la droga que viene del extranjero. Éstos dejan una parte en los expendios en los barrios, éstos a su vez les venden a los dealer o vendedor, que se encargan de vender pequeñas cantidades en discotecas, bares o escuelas, según reporta la Policía.

El dealer es el nombre que se les da a los vendedores de la droga. Generalmente cuando una persona consume marihuana u otro tipo de droga tiene a un dealer a su disposición. Si el cliente quiere grandes cantidades, la lleva hasta donde el cliente le diga, a cualquier hora y a cualquier lugar.

Así lo explica un joven de 18 años que vende marihuana desde los 13 años. Lo identificaremos como Francisco, debido a que su familia no sabe que vende marihuana y teme que se den cuenta si revela su nombre, además porque sabe que lo que hace es un delito.

Francisco acostumbra comprar marihuana en paquetes de 200 ó 400 córdobas, la lleva a su casa, la separa y guarda en bolsitas de 10, 30 ó 50 córdobas para venderla. Gana el doble de lo que compra. “Nosotros no te vendemos por lo que pesa, sino por cuánto cuesta lo que te vendemos”, expresa.

Francisco empezó a consumir la droga por unos amigos que lo esperaban al salir del colegio donde estudiaba. El efecto relajante le gustaba cada día más. Se iba al campo de futbol con sus amigos a fumar donde nadie los viera. Compraba pequeños paquetes, según la cantidad de dinero que le daba su mamá. La necesidad que sentía de consumir más lo llevó a ser un dealer.

El dealer afirma que no sólo fue el efecto rico que sentía en su cuerpo la razón por la cual empezó a consumir marihuana, sino también porque cuando se drogaba se olvidaba de sus problemas que a diario tenía con sus hermanas y su mamá. No vive con su papá desde muy pequeño.

 Sergio Hernández tiene cuatro meses de estar en rehabilitación. Desde los diez años fumaba marihuana y se vio envuelto en varios delitos.

Estudia el cuarto año en un colegio privado, cerca del edificio de Petronic. Sabe que algunos de sus compañeros de clase fuman marihuana, pero no le gusta venderle a ellos porque no confía, teme que le puedan informar a la dirección.

“En mi cuadra —en Ciudad Jardín— hay muchas personas que fuman marihuana, saben que yo siempre tengo. Sólo es cuestión de que me salga un rato a la acera, para que muchas personas lleguen a pedir. Ya tengo fama, eso me permite venderla más rápido”, afirma.

Al inicio Francisco cuenta que sus amigos le compraban la marihuana, pero ahora le toca ir a los expendios más grandes a comprar sus propios paquetes. Esos expendios —explica— pertenecen a cárteles, a gente organizada. El cártel de donde él se abastece es el cártel de Santa Ana.

El cártel de Santa Ana distribuye a personas que compran grandes cantidades para estos venderlos a los dealers y éstos a los consumidores, según informó la Policía.

La Policía Nacional ha allanado varias casas en Santa Ana, donde está establecido el cártel de donde se abastece Francisco. En el último allanamiento en el 2009, se ocuparon en dos casas: 486 piedras de crack, 229 gramos de cocaína, unos churros de marihuana y 5 mil córdobas.

Francisco no sabe cuántos gramos vende, lo que le importa es la cantidad de dinero que invierte y que gana. La ganancia es el doble de lo que compra. No sabe tampoco cuántos clientes tiene. “Soy selectivo con mis clientes, hay un montón que se ponen cerca de los colegios porque los chavalos están consumiendo bastante”, afirma el dealer.

Con el dinero que gana, sale con sus amigos a bares y con su novia a restaurantes o al cine. Le gusta tener ropa de marca, zapatos caros y celular último modelo.

En la actualidad, Francisco afirma que fuma marihuana una o dos veces al mes. Los efectos que ahora produce en su cuerpo ya no son agradables. Vómito, mareo, hambre, insomnio y aceleración en el corazón son las reacciones que poco a poco van sustituyendo la risa y relajación que le provocaba la marihuana al inicio.

Francisco afirma que aunque vender marihuana es un negocio “rentable” debido a que le deja ganancias suficientes para darse lujos, es un negocio peligroso que está llevando a la destrucción a muchos jóvenes en Managua. Dice que poco a poco se saldrá de este negocio porque quiere evitarse problemas legales.

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Eneyda Lira, directora de Programas en Casa Alianza, sostiene que son varias las razones por las que los niños y jóvenes prueban las drogas en las escuelas. Desde su experiencia atendiendo a personas con adicciones, las razones por las que consumen es debido a la inestabilidad familiar, padres separados, abandono, maltrato, duelos, por presión de grupo, por moda, entre otros factores que se juntan con la preadolescencia y luego con la adolescencia, etapa para muchos difícil.

“En la mayoría de escuelas, los alumnos podrían tener la facilidad de introducir droga, porque no revisan ni bolsas ni mochilas, además los maestros difícilmente pueden estar pendientes de 60 alumnos que hay en cada sección”, afirma.

Lira señala que los padres deben conversar más con los hijos, actuar cuando sepan que están consumiendo. “Es fácil identificar cuando una persona está drogada, por eso es importante observar a los hijos”, señala.

Según explica Lira, entre los efectos que produce la droga están: ideas paranoides y depresión cuando el consumo es crónico. La pérdida del apetito cuando consumen cocaína, insomnio y patologías respiratorias, trastorno del déficit de atención, ojos rojos, entre otros.

Lira afirma que el consumir droga es consecuencia de los problemas que puedan tener en la sociedad o en la familia. “Cuando una persona consume bastante droga pierde el sentido de la vida, algunos son violentos, intolerantes”, agrega.

En Casa Alianza actualmente atienden a 25 jóvenes entre los 13 y 17 años con problemas de adicción. Entre ellos está Sergio Hernández quien pronto cumplirá 18 años, por lo que tendrá que dejar el centro al cumplirlos. El reto para él es grande porque apenas tienen cuatro meses de no consumir droga. Afirma tener miedo de recaer como otros compañeros de cuarto que se han salido y han empeorado. Algunos, cuenta, han muerto por sobredosis.

  Eneyda Lira, Directora de Programa de Casa Alianza,  atiende a 25 niños y jóvenes  con problemas de adicción.

“Estuve preso por varios delitos, por robo con intimidación, robo frustrado, robo con violencia, alteración al orden público, entre muchos más, mi mamá pagó la fianza y sólo estuve tres meses”, relata Hernández, pero durante esos tres meses no dejó de consumir marihuana. Este episodio en su vida, más el dolor que le causaba a su mamá, le ayudaron a decidirse a cambiar. Por eso entró a rehabilitación.

Los cuatro meses que lleva en Casa Alianza han sido muy difíciles para él. Se levanta a las cuatro y media de la mañana, desayunan, asisten a terapia, talleres, juegan futbol, socializan entre ellos. La idea y las ganas de consumir poco a poco han mermado, pero al inicio le costaba aguantarse las ganas, sufría, sudaba, se desesperaba pero afirma tener suficiente carácter y fuerza de voluntad para no recaer.

Era peligroso como una pistola y veloz igual que una bala. Así se describía Sergio Sebastián Hernández antes de que entrara a rehabilitación. Peligroso por sus actos criminales y veloz cuando le tocaba escaparse de la policía o de las pandillas.

Los robos y violencia que provocaba este joven de 17 años, sólo son una pequeña parte de lo que hacía a diario en Carazo o en Managua. Flaco, moreno, pálido, de aproximadamente 1.65 cm, está marcado por la crudeza de las calles desde muy pequeño.

Por siete años mantuvo en su cuerpo una mezcla de cocaína y marihuana, dos sustancias que lo convertían en: hombre grande, invencible, poderoso, así se sentía. Pero hubo un momento en que descubrió que el rostro de las calles pronto lo encaminarían al “callejón de la muerte”, por eso dio terminada su faena delictiva.

Sergio Hernández, además de drogarse todos los días, fue un dealer. Un negocio jugoso que le dejaba como ganancia el doble de lo que compraba.

Si compraba 4,000 córdobas de marihuana, podía ganar hasta 9,000 córdobas. Vendía 5,000 y el resto la consumía.

A Hernández aún le faltan dos años para bachillerarse. No tiene idea de cómo logró pasar algunos años escolares porque se drogaba casi todos los días dentro de la escuela en Carazo. Luego que termine su rehabilitación en Casa Alianza, está decidido a terminar su secundaria y a ordenar su vida.

“Yo anduve vendiendo crack, marihuana, cocaína, pero eran paquetes de 600 córdobas para arriba, no sé cuántos gramos serán ésos, yo sólo daba el dinero y me daban los paquetes grandes”, cuenta con vanidad. Cuando asaltaba en los semáforos o en las casas no robaba cosas baratas porque necesitaba más de 4,000 córdobas semanales para drogarse.

Mientras recuerda esos siete años que se drogó, su mano no para de subir y bajar el zíper de su suéter y dice: “Es muy difícil dejar las drogas, me da ansiedad. A veces la insidia me hace pensar en las drogas, pero sé que si recaigo, hasta me puedo morir. Lo peor, lo que me preocupa es la tentación”, afirma, “porque la droga está a la vuelta de la esquina”.

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