Por Edgard Rodríguez C.
Alguien bajó el switch, porque después de 45 minutos de electrizante futbol, Brasil se convirtió luego, en un equipo desorientado, que tras dar una serie de tumbos, fue expulsado del Mundial de Sudáfrica, por una Holanda que se reacomodó sobre la marcha y volvió a brillar.
Qué brillante estuvo Brasil al inicio. Su vertiginoso juego, estuvo adornado por la fantasía que los ha hecho únicos. Su defensa limpia y su desbordado ataque, empequeñeció a Holanda, que no pudo entrar en el juego, debido a la voracidad y precisión con que circulaba el balón ante su mirada impotente.
El gol de Robinho parecía un premio justo al esfuerzo brasileño, cuyo plantel estaba empeñado en demostrar al mundo que tenían la estatura para disputar la copa. Y más aún, que el proyecto de Dunga, de prescindir de varios de sus estrellas, no sólo ayudaría a moralizar el futbol en aquel país, sino que también sería capaz de ganar.
Pero tras el descanso, alguien bajó el interruptor y el equipo suramericano se engarrotó, al extremo de convertirse en una incongruencia de la peor calaña, mientras Arjen Robben, pero sobre Wesley Sneijder, se encargaba de apretarlo por el cuello hasta asfixiarlo, y con ello, provocaban un dolor profundo en su extensa legión de seguidores en todo el mundo.
Esos primeros 45 minutos fueron una ilusión. Robinho parecía el seductor chavalo que irrumpió con fuerza en el futbol brasileño y que luego saltó a Europa. Kaká manejaba los hilos con eficacia y hasta disparó a puerta con buenas posibilidades. Luis Fabiano mostraba su instinto y su gol parecía inminente, mientras Maicon se multiplicaba y Felipe Melo hasta fue el habilitador de Robinho.
Sin embargo, el propio Melo personificó el desplome brasileño después. Primero, con un cabezazo que intentaba ser defensivo, mejoró la dirección a un venenoso disparo de zurda de Sneijder, que obligó el empate. Y luego se dedicó a repartir patadas, una de las cuales fue a Robben, a quien incluso repasó sin posesión del balón y terminó expulsado.
Lo demás fue un asunto de tiempo. Sneijder volvió a jalar el gatillo y asestó la estocada mortal, que dejó más aturdido a Brasil, mientras Holanda controlaba el balón, los espacios y el tiempo, para encaminarse una vez más a la semifinal, siempre en busca de un título que les ha sido esquivo siempre.
Por de pronto, el proyecto Dunga ha fracasado. Las victorias en la Copa América y Confederaciones fueron éxitos secundarios. Para los brasileños la que importaba era la Copa del Mundo y regresar a su país sin ella entre sus manos, es un fracaso innegable. Dunga lo sabe mejor que nadie.
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