Johannesburgo/EFE
Selecciones, visitantes y turistas viven un Mundial de contrastes en el que cualquiera, en pocas horas, puede pasar de recibir atención individual en un pequeño aeropuerto en el que es el único pasajero, a necesitar un GPS para salir a flote en las atascadas autopistas de la gran ciudad en horas punta.
Por ello, no es lo mismo seguir un torneo urbano, cerca de los estadios y en las grandes ciudades como Johannesburgo o Ciudad del Cabo, que andar cerca de una selección ubicada lo más lejos posible del mundanal ruido y que se convierte en la principal atracción del lugar donde permanece concentrada.
Una de las diferencias entre esos dos “mundiales” pasa por la necesidad de utilizar un pequeño artilugio llamado GPS (Sistema de Posicionamiento Global), que se coloca con una ventosa en el cristal del choque y que, debidamente aleccionado, te enseña con imagen y voz a moverte por cualquier nudo de calles y autopistas.
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Es, pues, un objeto imprescindible para recorrer las grandes y agresivas aglomeraciones urbanas del país, pero absolutamente prescindible en los lugares pequeños, familiares y hasta bucólicos en los que se alojan algunos equipos.
Por ello, el Mundial que se disputa en el país más austral de África, nunca fue un solo torneo. Desde el principio se convirtió en muchos mundiales con escenarios diferenciados a partir de lo urbano y lo rural.
Los partidos se han jugado en ciudades pequeñas como Polokwane o Nelspruit, pero también en las populosas urbes de Johannesburgo, Pretoria o Ciudad del Cabo, lo que ha provocado que los equipos hayan optado por formas de vida distintas.
Los que han ubicado su cuartel general en grandes ciudades, han vivido en el anonimato, en un hotel más o menos lujoso, con un campo de entrenamiento próximo y sin que la comunidad que les rodea se percatara de su presencia.
Frente a este modelo, otros han preferido una reclusión casi monacal en pueblos pequeños, incluso en despobladas zonas rurales, donde se convirtieron en la principal noticia del lugar, hasta ocupar permanentemente las portadas de los periódicos locales.
Todas las selecciones contarán que estuvieron en Sudáfrica, en el Mundial, pero la percepción del país será diferente entre los que habrán recomendado a sus integrantes que no caminen de noche por ciertos barrios de las grandes urbes y aquellos que habrán visto como los niños esperan el paso del autobús con banderas en la mano.
Ése ha sido el caso de la delegación uruguaya, que estuvo ubicada en el centro de Kimberley, un lugar con menos de 170,000 habitantes, capital una provincia, la del Cabo Norte, que tiene poco más un millón de habitantes en 360,000 kilómetros cuadrados, más de la mitad de España.
El lugar ha estado plagado de banderas uruguayas, los niños han ido a los entrenamientos a que los jugadores les firmaran autógrafos y ni tan siquiera la goleada ante el anfitrión Sudáfrica cambió los gustos de los aficionados.
Los lugareños llegaron a conocer personalmente a los aficionados que por allí se pasaron a visitar a su equipo, así como a los periodistas que cubrían la información de la selección.
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