Edgard Rodríguez C.
De Brasil se espera que gane, pero además, que muestre el estilo, la picardía y la precisión que le ha caracterizado en su la historia.
Y aunque está claro que desde la llegada de Dunga se ha puesto al pragmatismo por delante del juego bonito, tampoco se pensó que se vería un futbol tan seco, acomodado y especulador como el que mostraron los suramericanos ante Portugal, en el juego final para ambas tropas en la primera fase.
Uno piensa en futbol y no viene a la mente de nosotros la disciplina táctica que suelen mostrar los alemanes, el “cerrojo” que caracteriza a Italia o la eficacia siempre exhibida por Holanda.
Viene Brasil con su gambeteo, su educado toque de balón, su exactitud para hilvanar jugadas y su instinto para dejar ir la estocada en el momento preciso. Es el futbol que no descuida el marcador pero que hace espectáculo y gana el aplauso de la grada.
Ayer, no se vio nada de eso en un partido que por poco lleva al bostezo, mientras los minutos pasaban y salvo algunos chispazos, como el disparo de Nilmar contra el travesaño, las escapadas de Lucio y el vértigo de Ramires, todo transcurrió dentro de una monotonía terrible.
Fue un partido que no le gustó ni a Dunga, el inflexible técnico que busca la victoria y que no le pone mayor atención al estilo.
Portugal tampoco aportó mucho. Después de asentarse y buscar el contragolpe, decidió arriesgar un poco más en el segundo tiempo, pero cuando lo hizo careció de precisión y su sentido del remate, fue tan escaso como el común, en algunos de los políticos nicas.
Las jugadas friccionadas, choques violentos y su énfasis en la defensa, resultó lo más visible del plantel lusitano, que sin embargo, está en octavos de final, también debiéndole al prestigio que tienen.
Para remate, Cristiano Ronaldo, una de las grandes figuras del futbol mundial, pareció frenado y hasta quizá intimidado por la repartición constante de tarjetas amarillas que le agarró al árbitro Archundia. Ronaldo ya tenía una, y una más lo dejaba fuera del partido próximo. Aún así, fue demasiado impreciso en su juego, se le vio poco y cuando hizo acto de presencia, fue para fallar los disparos que lo han hecho famoso.
De modo que ayer, Brasil ni ganó, ni gustó. Quedó por debajo de las expectativas. Y a menos que levante su nivel de juego, difícilmente tendrá opciones de una sexta corona en un Mundial que desde hoy comienza a expulsar equipos sin piedad, ya con la llegada de la muerte súbita en los octavos de final.
La esperanza que sus seguidores tienen es que hayan reservado lo mejor para la parte más dura.
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