Auxiliadora Rosales
En el Día del Padre a Álvaro Juárez, de 55 años, no sólo sus dos hijas biológicas y las tres de crianza lo felicitarán con amor, ternura, respeto y agradecimiento por su dedicación y cariño, sino que a ese agasajo se unen decenas de jóvenes que estuvieron y otros que continúan en el centro de rehabilitación Refugio de Jesús Sacramentado para el Alcohólico y Drogadicto Desamparado (Rejesad) ubicado sobre la carretera a Tipitapa, donde Juárez es director.
Álvaro Juárez, un hombre de tamaño medio, delgado, de porte elegante, hablar pausado y muy espiritual, reveló que 20 años atrás vivió un verdadero infierno. “Nadie daba un centavo por mí. Me recuerdo tirado en el suelo de mi casa, tan alcoholizado que me defecaba sin sentir. Veía pasar a mis hermanos de largo y deseaba que me dieran un abrazo, pero no podía decírselos, tenía inhibición sicomotora. A esa condición llegué producto de tanto alcohol. Por eso cuando veo a un hombre caído sé que lo que veo no es un despojo, sino un padre de familia, un profesional que puede aportar mucho al país”.
Juárez empezó el infierno del alcoholismo a los 13 años y lo dejó a los 35 cuando su familia lo llevó a un centro de rehabilitación donde superó su problema de la mano de Dios. “Cuando llegué al centro yo quería superar mi problema y fue una noche después de una sesión que yo le dije a Dios con lágrimas en mis ojos y de rodilla que me ayudara, no fue una gran oración, pero yo sentí que después de ese momento tuve un gran acompañamiento de su presencia en mi vida y comencé a luchar”.
A los siete meses de su rehabilitación a Juárez lo nombran director del centro. “Me olvidé del mundo y me metí de lleno a trabajar por otros”.
Los padres de Álvaro Juárez se separaron cuando él tenía 6 años, él y sus hermanos fueron criados por su padre, pues su madre los abandonó. A los 10 años empezó a trabajar en una herrería. “Nunca vi tomar a mi padre, sin embargo, mis tíos y primos con los que vivíamos lo hacían y en el trabajo mis compañeros también tomaban”.
A los 19 años se casa por primera vez, pero fracasa por el alcohol, en esa misma época empieza a trabajar en lo que se llamó Banco Nacional de Nicaragua. “Llegué como office boy, pero la política del banco era que sus empleados estudiarán y así lo hice, estudié administración en medio de mi alcoholismo”.
Ahora Juárez disfruta de una segunda etapa de su vida y de una segunda familia. Ha tenido muchas satisfacciones en la vida como su regreso a la sobriedad, haber superado el resentimiento que sentía por su madre y verla morir en sus brazos y sobre todo ayudar a otros a levantarse de las adicciones.
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