En la foto, Mario Torrente, César Mejía, Juan Dávila (q.e.p.d.) y José Palacio. LA PRENSA/A. RIVERA

Así era Juan

No te decimos adiós. Simplemente te nos adelantaste. Fuiste el gran amigo que siempre humilde recurriste a mis consejos sobre la vida y, sabiendo que eras mayor que yo, siempre encontraste una palabra de aliento en los momentos más difíciles de tu existencia. Recuerdo que muchas veces entrabas a mi oficina y muy calladito con una cosa de horno o un mango o algún presente me decías: “Aquí te traigo, que no se den cuenta estos majes, si no van a decir que soy sapo”.

Por Álvaro Rivera

No te decimos adiós. Simplemente te nos adelantaste. Fuiste el gran amigo que siempre humilde recurriste a mis consejos sobre la vida y, sabiendo que eras mayor que yo, siempre encontraste una palabra de aliento en los momentos más difíciles de tu existencia. Recuerdo que muchas veces entrabas a mi oficina y muy calladito con una cosa de horno o un mango o algún presente me decías: “Aquí te traigo, que no se den cuenta estos majes, si no van a decir que soy sapo”.

Juan Dávila era el impresor de mayor edad y de mayor tiempo trabajando para LA PRENSA. Muy humilde, recibió las bromas de los amigos siempre con una sonrisa. Su gran amor era su hijo Jandy, de quien siempre se sentía orgulloso y de quien hablaba con gran seguridad de que algún día sería un gran triunfador en la vida.

Recuerdo que con pequeños préstamos él fue construyendo una humilde casita de la cual decía: “Aunque sea esto le dejaré a Jandy el día que me muera”, y fue profeta de sus palabras. La hipertensión le paralizó los riñones y en su lecho de enfermo lo miré y le dije: “No te preocupés, de ésta vamos a salir”. Él levantó su triste mirada apagada y, agobiado por lo que estaba pasando, sólo atinó a decirme: “De ésta sí no salgo”. Así fue. Doce horas después el cariñoso Juan se nos fue. En la planta de este rotativo hoy sólo se escuchan las buenas ondas de Juan.

Doña Lisseth, una compañera de trabajo, dice: “Como Juan no hay dos en toda LA PRENSA. Cuando yo salía tarde le decía: ‘Don Juan, ¿me acompaña a la parada? Me dan miedo los ladrones’. Y él respondía: ‘No se preocupe, doña Lisseth, conmigo no hay tamal que se le acerque’”. Así era Juancito.

Una anécdota de Juan. Cierto día él estaba de descanso y ese día faltó uno de los impresores. “No hay otra, tendré que llamar a Juan para reponer al faltón”, me dije. Marqué su celular y la esposa contesta. Escuché decirle: “Juan, te llama don Álvaro y dice que tenés que trabajar porque faltó uno”. Él le respondió: “Decile que no estoy, que ando en Masaya”. Apagó el celular y me dije: “Mañana lo vemos”. Al día siguiente yo, muy enojado, lo estoy esperando para que me explique por qué me estaba mintiendo de esta manera.

“Mire jefe, no se moleste, tenía una salida con mi hijo y yo le estaba sirviendo de pantalla para que él saliera con su novia, ya que la mamá no le aceptaba la relación con la muchacha y usted sabe que es mi tierno y tengo que ayudarle a como sea; me disculpa, no volverá a suceder”. Así era Juan.

Nacionales

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí