Por Rosario Aguilar
Dos mujeres coincidieron en una farmacia. La una andaba vestida de floreado, la otra de negro. En eso por las voces se reconocieron: “Cuánto tiempo, comadre. Siglos. Y cuénteme por qué tan de negro”. La de negro dijo lacónica. “Es por mi papá”.
La de floreado aliviada no se aguantó y le preguntó: ¿Y el hombre? Deme razón del hombre”. A lo que la de negro dijo ambigua: “El mismo. El mismo de siempre. Nunca se compuso”.
Al salir de la farmacia cada una por su lado sonreía. ¡Qué tiempos aquéllos! Casi que rejuvenecían al recordar sus aventuras y fugas con el hombre, el mismo de siempre que no cambiaba, y que a la de negro la había dejado a los veinte por la de floreado. Y a ésta a los veinticinco por la de negro.
Y por la sonrisa de la de floreado a una cuadra de la farmacia se podía prever que el asunto por el hombre terco que no cambiaba todavía no terminaba.
LA CARTA DE AMOR
La empleada entró agitada de la calle y dijo a su patrona: “Se murió el muchacho de la esquina, señora”. La patrona que se maquillaba preguntó distraída: “¿De qué?” La empleada añadió: “Que se tomó unas pastillas del amor. Las que sirven para curar frijoles y dicen que dejó una carta para la señora”.
Con autoridad la señora dijo a su empleada: “Te prohíbo que sigás repitiendo esa locura. El señor es muy celoso”. A lo que la empleada consternada le explicó: “Pues por eso le aviso a la señora. Dicen que la carta la leyeron en el noticiero de las seis”.
La patrona sintió una punzada aguda en el estómago al recordar que el muchacho la perseguía, la acosaba, era un tanto extraño.
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