El violinista de la noche

¡Empieza la función! Se presenta frente al público e inclina ceremoniosamente el cuerpo para tomar posiciones. Violín listo, los presentes, despistados, hasta que a todo pulmón intenta llamar su atención diciendo: “¡Buenas noches! Si es amante de la música, yo voy a tocar para usted”. Los presentes al fin lo observan, y es en ese momento que Harold Lanzas se transporta, se transforma y del violín comienzan a brotar las notas de My heart will go on , de Céline Dion, famosa por la película Titanic.

¡Empieza la función! Se presenta frente al público e inclina ceremoniosamente el cuerpo para tomar posiciones. Violín listo, los presentes, despistados, hasta que a todo pulmón intenta llamar su atención diciendo: “¡Buenas noches! Si es amante de la música, yo voy a tocar para usted”. Los presentes al fin lo observan, y es en ese momento que Harold Lanzas se transporta, se transforma y del violín comienzan a brotar las notas de My heart will go on , de Céline Dion, famosa por la película Titanic.

No estoy en un teatro, me encuentro en el restaurante El Güegüense, en Altamira, pero cuando este joven percusiona, pareciera que quisiera revivir la escena de la película, la misma que hizo llorar a muchos, y quienes lograron observarla, le es familiar la escena donde los violinistas del barco tocan una última pieza antes de hundirse en el Océano Atlántico.

De repente cambia de repertorio y comienza a musicalizar la lírica del güegüense o macho ratón. El sonido que emite el violín pareciera devolver la vida al mural representativo de este personaje nicaragüense.

No había casi gente en el sitio, por ende Harold ha regalado su sinfonía. ¿Una mala noche?, pregunto. “No, es miércoles”, dice sonriendo, sin perder el optimismo.

Unos, ignoran cualquier alteración a su momento sagrado. Sin embargo, otros aplauden cuando el muchacho termina con fuerza de tocar una canción, y al pasar por las mesas se empieza escuchar como las monedas rozan unas contra otras. Con suerte se mezcla un billete de diez córdobas.

Harold empieza a darle vida al local. Las miradas eran para él. En cuestión de minutos el rostro de este muchacho cambia, es notorio del como disfruta de la sinfonía que percusiona y sobre todo, que “su público” reconozca su esfuerzo. Éste, se inclina para la derecha, después para la izquierda. Sus manos con destreza recorren el violín. “Ese instrumento es difícil”, susurra a su hijo un señor.

En el restaurante mexicano Tacos Charros, el joven de 21 años, disfruta al hacer sonar las cuerdas de “su amiga infaltable”, pero no pierde un detalle de quienes escuchan su lírica, y antes de que se vayan, pide una colaboración.

No es fácil llegar a un establecimiento a buscar ayuda, pues la mayoría de los asistentes presentan un apetito voraz y quieren terminar se saciar su hambre, mientras él busca llenar la bolsa de su pantalón.

Mientras ellos cenan, Harold intenta no pasar inadvertido. Recorre el local de un lado a otro y su frente empieza a sudar. Según él no es de vergüenza, la perdió hace muchos años cuando murió su padre, quien le enseñó a tocar el violín, el motivo de su inagotable sudoración es el calor de 35 grados que azota Managua.

¿Cómo no va a tener calor? Me cuestionaba, si en su vestuario resalta un chaleco negro de cuero, que le da personalidad, pero que es notorio, lo tiene sofocado. Su camisa formal, y sus tenis Converse dan un toque serio y juvenil, pero al tocar el violín endurece su rostro, se concentra y agiliza sus dedos.

Recorremos las calles. En la penumbra de la noche, todo huele a comida. Perdimos la noción del tiempo, pero de algo sí estábamos seguros ¡ sentíamos hambre! y pese a estar rodeados de carne asada, pollo o tacos mexicanos, no teníamos suficiente capital para llenar el estómago, ¡chuletas de aire, exhala! jugábamos, tratando de olvidar el momento.

“El muchacho del violín”, el “chico de la noche”, “el muchacho del Titanic”, qué importa el apodo que le pongan, Harold está seguro que difícilmente podrán olvidarle en los negocios de la Colonia Centroamérica y de Altamira.

Su presencia es habitual por las noches, su violín contrasta muchas veces con el sonido de la gigantona, de la publicidad ambulante y de los pedidos. “Deme un servicio de brocheta”, dice una señora en la comidería “Carnitas” en Managua.

Cuando finaliza su función, algunos se le acercan curiosamente para conocer de su vida . Difícilmente se enteran de los “apuros” que tiene que pasar Harold cuando se desgasta una pieza de su violín. “Ésta noche tendré que tocar poco, se ha desgastado el arco”, me comenta en voz baja.

Mientras recorre las calles, guarda su violín, un atractivo instrumento para quienes gustan de lo ajeno. “Me han robado dos violines”, dice aún molesto. Pero al parecer nada le roba a este muchacho el deseo de ser visto por un músico que valore su sinfonía, la ilusión de encontrar un padrino que le ayuda a conseguir una beca, “para estudiar fuera”, pues está consciente que en Nicaragua el valor al arte está en “pañales”.

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Espectáculo

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