Desperté y me di cuenta que eran las 7:30 a.m. Mi cama estaba calientita, pero tenía una misión que cumplir: buscar un lustrador que me mostrara de qué forma se gana la vida y el dinero que ocupa para mantener a su familia.
Saqué pasta, tinta de distintos colores, dos cepillos y un trapo viejo que pensaba usar para terminar de dar brillo a los zapatos cuando cumpliera mi labor. Pero antes debía encontrar una caja de lustrar.
Después de tanto corre y corre, llegué al mercado Iván Montenegro, donde conocí a don José Urbina, uno de los muchos zapateros que arreglan calzado en un callejón dentro de las entrañas del mercado.
Don José me adoptó como su nuevo ayudante y sin pensarlo mucho tiempo me garantizó por el día la caja de madera que tanto había buscado. Además, se hizo responsable de mí y me ofreció un lugar cerca para que no me cobraran los 10 pesos que pagan diario los lustradores por trabajar dentro.
Agarró la maquinaria rústica que usaría y a manera de un banquillo de acusados la ubicó en medio de todos los zapateros, como queriendo imponer un castigo o una lección que no había aprendido. Me senté en mi podio y me percaté de que todos me miraban como “el nuevo”, al que le falta mucho por descubrir, pero también percibí que poco a poco me volvía invisible ante todos los demás, la gente pasaba de lado a lado, de arriba abajo sin demostrar ningún interés por la vida de alguien más.
Mi jefe me llamó para traer algo de cambio y un tarro con pega amarilla, hice lo que tenía que hacer y escuché el grito de un hombre: “¡Lustrador te buscan!”. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Una señora me estaba esperando. Le dije que por siete córdobas le limpiaría las sandalias. Ella me dijo: “cinco me cobran por éstos”. Para no llevarle la contraria a mi primera clienta acepté la oferta y me quedé callado. Empecé a lustrar las sandalias y terminé en cuestión de cinco minutos. Estaban limpias, impecables.
Así el reloj marcó las 12:00 del mediodía y acompañé a don José a comprar 80 docenas de pequeños vasos de gerber al barrio Acahualinca, generalmente los usa para vender la pega para zapatos.
Nos subimos a la ruta 112 desde la parada del mercado y viajamos una hora con treinta minutos, cruzando la capital de norte a sur y de sur a norte sobre la Carretera Panamericana. Compramos los vasos y nos regresamos al lugar donde don José pasa la mayor parte de su tiempo: en el callejón de los zapateros otros clientes esperaban por nosotros. D
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