Un encuentro con el otro mundo

Había una vez en lo profundo del océano un pequeño caballito de mar que sin quererlo ni desearlo viajó hasta otro mundo, y se aventuró a vivir la experiencia más fascinante de su vida.

Annetta Rayo

Había una vez en lo profundo del océano un pequeño caballito de mar que sin quererlo ni desearlo viajó hasta otro mundo, y se aventuró a vivir la experiencia más fascinante de su vida.

Todo comenzó cuando Lucía daba un paseo por los corales con sus amigos, de pronto una luz pontente y segadora le quitó la visibilidad, en ese momento, era confuso, después de unos minutos todo volvió a la normalidad, pero el lugar no era igual, además sus amigos ya no estaban con ella.

Desorientada, trató de regresar a casa, pero era imposible, una pared invisible no la dejaba seguir, aquéllo era rarísimo, había objetos extraños.

Escuchaba sonidos y casí siempre un animal con dos ojos, boca y extremidades llegaba, lo alimentaba y emitía sonidos.

Así pasó el tiempo, deprimida. En los días siguientes llegaron más peces. Todos se hicieron muy buenos amigos, y no era para menos, se hacían compañía.

—¡Hola! Mi nombre es Lucia. ¿Cómo te llamás? —le dijo a un pez payaso.

—¡Me llamo Roberto! Vos sabés cómo podemos hacer para salir de aquí —le preguntó el pecesito.

—Ni idea. Tengo mucho tiempo de estar tratando de escapar y no veo posibilidad —contestó.

Aquello era una prisión, pero lujosa. No les hacía falta nada, siempre limpia y había comida, pero eso no era suficiente, ya que extrañaba a sus familiares y amigos.

Un día el ser del otro mundo decidió lavar su jaula de cristal. Tomó a todos y los puso en otro sitio, mientras se organizaba, el envase se resbaló y todos cayeron al suelo. En fracciones de segundo les faltó el aire, no podían respirar.

Rapidamente el extraño los agarró y los colocó en lugar a salvo.

Los pecesitos en ese momento se dieron cuenta que para poder escapar necesitarían más que desearlo, ya que las posiblidades de vida fuera del estanque era mínimas. Pero no perdían las esperanzas y tenían la ilusión de que en algún momento regresarían con sus seres queridos.

Las criaturas extrañas cada vez eran más, y una de ella se acercaba con mayor frecuencia. ésta era especial de ojos grandes y mirada tierna, todos los días pasaba horas observándolos y alimentándolos.

Lucía y el resto de sus amigos se escondían por miedo. La visita de la niña era constante.

—¡Pobres, les debe hacer falta sus papás y amiguitos!— dijo en voz baja.

Inmediatamente, pensó que no era correcto tenerlos encerrados por lujo. La idea de tenerlos de adorno no era justo.

—Si estuviera lejos de mis papás sufriría mucho — exclamó.

En varias ocasiones le había pedido a su papito que los dejara ir, pero éste no le parecía la idea. Pero ella no perdía las esperanzas, en pocos días iba a estar de cumpleaños. Así que hizo una cartita y se la dio a su papá, en ella le pedía de regalo todos los pecesitos de la pecera, pero además solicitó celebrar su “cumple” en el mar. La carta conmovió tanto a su papito que este aceptó la solicitud.

Fue la primera en levantarse, subió en un banquito y con la red tomó todos los pecesitos y los puso en una bolsa plástica. Se alistó y contenta se los llevó al mar. Inmediatamente que llegaron, le pidió a su mamita que la acompañara a la costa y muy delicadamente abrió la bolsa dejándolos ir a todos.

Los peces por fin fueron libres y regresaron con sus familiares. Rápidamente una sonrisa se dibujó en el rostro de la cumpleañera.

—¡Qué mejor regalo que la libertad y el encuentro con sus seres queridos!  — se dijo.

Chavalos

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