El padre de Chopin era francés y su madre polaca, se inició en el estudio del piano a los cuatro años; a los ocho ya ofrecía conciertos privado en Varsovia. LA PRENSA/ARCHIVO.

El bicentenario de Chopin

Hace doscientos años nació Federico Chopin, su advenimiento se produjo el 22 de febrero de 1810. Acompaña al rancio cumpleaños la puesta en las salas, de los más ocultos detalles del teclado bi-color para vestir de placidez el ingreso al mundo de un genio. Quién, al nacer iba a dar con la certeza de esa pulcra e irrebatible realidad. Niño prodigio primero, pero con la sabiduría paternal de no manifestárselo para evitar las arrogancias prematuras, que nunca aparecieron en el resto de sus días. Sus estudiosos están situando el acontecimiento en la óptica del éxtasis festivo cuando se recibe a una criatura de la tierra.

Por Joaquín Absalón Pastora

Hace doscientos años nació Federico Chopin, su advenimiento se produjo el 22 de febrero de 1810. Acompaña al rancio cumpleaños la puesta en las salas, de los más ocultos detalles del teclado bi-color para vestir de placidez el ingreso al mundo de un genio. Quién, al nacer iba a dar con la certeza de esa pulcra e irrebatible realidad. Niño prodigio primero, pero con la sabiduría paternal de no manifestárselo para evitar las arrogancias prematuras, que nunca aparecieron en el resto de sus días. Sus estudiosos están situando el acontecimiento en la óptica del éxtasis festivo cuando se recibe a una criatura de la tierra.

Dos siglos atrás, entró por la puerta grande de la gloria en Nancy, el genio del piano, su hacedor predilecto en la improvisación, en la ejecución y en la composición, su más proyectado y perdurable perfil humano. De tanta vivencia es Chopin en el orbe sonoro del piano —esencia de la melancolía— que el año pasado 2009 el mundo lo conmemoró, pero por la senda de otro sentimiento, de otro camino en la diversidad anímica: su muerte ocurrida hace 160 años, el 17 de octubre de 1849 con la disposición personal de que se le sepultara en el cementerio de Pére-Lachaise, junto a Bellini y con la solidaridad coral del Réquiem de Mozart. Hay entre nacer y morir, un relámpago de separación ¿o la distancia de dos tesis lejanas ? Para el suscrito donoso es venir y doloroso partir. En ese sentido se advierte la diferencia entre los dos enfoques. En el nacimiento, la incógnita, “que será” y en la muerte la definición evidenciada de lo que fue. El Chopin expuesto aquí es el que nace y va desarrollándose. El monumento que su mano devota alza. Monumentos y tumbas que pueden verse en diferentes lugares: en Varsovia y en París. Francia y Polonia lo viven reclamando, vitoreando. Pero fue a partir del crecimiento asombroso de su obra que el mundo comenzó a hacerlo suyo sin mayor explicación que proclamarlo hijo dilecto de la tierra.

Por eso ahora, hay en cada piano el afán de llenarlo de su música con el empeño —por cráneo— entre virtuosos de tocarla mejor. Competencia de superaciones en una prolongada efemérides.

Federico Chopin fue un compositor de  mazurcas que reflejan los ritmos y melodías del folclor  polaco que  están marcadas por el espíritu heroico de su país.
LA PRENSA/ARCHIVO.

Chopin al nacer sugirió su destino desde el mismo momento en que todo lo que lo rodeó fue música. Qué mejor argumento para una consistente presunción que el de aseverar que procedió del tronco de una familia de músicos. De ahí que tempraneara con su precocidad en la que hizo siempre suyo y sin vacilaciones el color y el aroma de la madera elegida. Comenzó por casarse con una polaca, Justina Krzyzanowska, que tocaba el piano sin ninguna duda en la perfección. Intachable en la perspectiva de lograr los superiores brillos. Federico y Justina labraron con el amor, su propio escenario, egocéntrico cuando lo asumieron. En él solo alcanzaban dos: él y ella. Lo demás sería elemento propicio para la intrusión. Procrear música juntos constituyó el deleite cimero de esta pareja.

En la retrospectiva, qué puede hacer un niño a los cinco años, tomar un juguete común, de esos que se arman y se desarman en cualquier patio o esquina de la infancia. Y ¿qué hizo él en esa estación bisoña de la vida?. “se deslizó a media noche al piano y tocó con asombro para sus padres diversas piezas que había oído de su madre”. Siendo música el entorno, debía ser la hermana mayor su primera profesora. En el transcurso, un admirador de Bach, Zywny, lo hizo hombre, verdadero hombre ante el piano y más todavía la consorte polaca y otras del mismo oficio en la agitada vocación de estrenar amores que acaso anduvo paralela a su apego por la música. Entonces ya todos los caminos estaban trazados y solo faltaba calcular la altura que tendría su cúspide ante el tiempo, el otero que demuestran dos siglos de luz encendida en las tantas generaciones que siguieron y seguirán festejándolo. Para llegar ahí tuvo que apelar a recursos insólitos como los de aumentar la extensión de su mano encajando por la noche trozos de madera entre sus dedos.

Ya a los 16 años era el “segundo Mozart”. En la plenitud la entrega integral a la música, aunque conviviendo con un estado de salud ingrato que daba señales de precariedad. “El alegre pillete de una edad fresca que debía ser alentada por el júbilo de un florecimiento abierto se convirtió en un melancólico irritable, carácter que se reflejaba en sus opus dolidas.

La salud y las complicaciones afectivas, laberintos en los que figuró con mayor dosis de fatalismo, una soprano perenne en su tragedia: Constanza Gladkoiwska. Las frases de su diario no cuadraban con la pulida juventud. “Yo disiparía los pensamientos que envenenan mi alegría, sin embargo y a pesar de todo siento el placer en acariciarlos. Yo mismo no sé lo que me hace falta”. Y en medio de todas esas revelaciones llegó Paganini.

Lo que éste aportó a la literatura del violín, Chopin quiso aportar a la literatura del piano. Más cuando esa expansión no era lograda por su temperamento perfeccionista, añoraba la muerte, no ocurrida en su Polonia natal, lamentado el destino de no fenecer en su patria, que sentía empequeñecida, no obstante los triunfos en Viena.

“Qué desolador debe ser no morir ahí, donde uno ha vivido.” Lo último que se le oyó decir antes de su expiración “Madre, mi pobre madre”. Dejó baladas, estudios, mazurcas, nocturnos, polonesas, preludios, sonatas, valses, conciertos.

Toda esa pluralidad está expuesta en el señorial instrumento que solo en el escenario con una o con un intérprete, reúne todas las cualidades para resumir a una orquesta. Es lo que suena y vibra en este bicentenario.

La Prensa Literaria

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