Celeste Galiano
Si el 19 de enero de 1901 Rubén Darío miró al cielo con añoranza o respiró tenso como los buitres, lo ignoramos. Lo que sí sabemos es que tomó aire, lo soltó rápido y conservó el frescor; los sociables anfitriones del Hotel Edén, el más lujoso de la historia argentina, le hablaban todo el tiempo “impidiéndole ver las montañas, fortificar los nervios y renovar la sangre”.
En pocos años, el bellísimo hotel emplazado en medio de las sierras de Córdoba con fines medicinales se convertiría en un enclave nazi dirigido por los hermanos Eichhorn, amigos personales y financistas de Adolfo Hitler.
“Cuando Argentina supo que Alemania perdía la Segunda Guerra Mundial, misteriosamente desapareció la escultura del águila, símbolo nazi, del frente del Hotel Edén y jamás se la volvió a ver. Seguramente la guardó algún simpatizante de Hitler en alguna casa de por acá”, explica hoy un lugareño entre las ruinas del Edén con varios proyectos de reconstrucción.
Los anticuarios de la zona ofrecen a los turistas piezas saqueadas del edificio abandonado y más de un simpatizante arrancó las maderas nórdicas del piso atesorándolas “como souvenir del antiguo centro de espionaje”. Inmigrantes italianos partidarios de Mussolini y españoles seguidores de Franco se afincaron allí, en la ciudad de La Falda nacida gracias a la actividad del hotel, por afinidad ideológica; así, varios informantes se escudan tras sus apellidos latinos para distraer de un pasado inconveniente. Pero ¿qué vio Darío medio siglo antes que lo incomodó tanto?
Rubén ansiaba conocer aquel lugar de descanso elegido por la nobleza europea para huir de las enfermedades y excesos. Funcionaba desde fines de 1897 como centro de salud modelo: los alimentos para la comida se producían allí mismo, en medio de las montañas. Había una orquesta que tocaba permanentemente, llegaban artistas de todo el mundo para ofrecer sus espectáculos en el jardín sorprendiendo a los visitantes. Las niñeras con los chicos se ubicaban en habitaciones lejos del resto para garantizar tranquilidad de los huéspedes y las familias dormían por separado. A la tarde, los pasajeros escuchaban poesía en un teatrillo con la Naturaleza como telón de fondo ¿qué más se podía pedir? Una celebridad.
El arribo de Darío, quien sinceramente buscaba un poco de paz, causó conmoción. Los lugareños lo acosaban con sus bailes, invitaciones de etiqueta y charlas huecas. Cuenta la leyenda que aquel 19 de enero de 1901, mientras el nicaragüense cansadísimo se escabullía de tanta incontinencia verbal, Roberto Bahlcke, don Roberto como le gustaba hacerse llamar, dueño del hotel, y varios accionistas admiradores como Juan Kurt sorprendieron entusiasmados al poeta con El libro de Huéspedes, libraco interminable. “Tómese su tiempo, Maestro. Léalo todo que vale la pena. Y fíjese que entre los mensajes hay versos hermosos de nuestros visitantes, gente refinada afecta a la poesía”, insistieron. Rubén, obligado a leer frases pomposas y rimas horribles —¿tal vez alguna de los mismos dueños, cultores de la lira?— levantó la vista; sus anfitriones lo observaban ansiosos en espera de alabanza. Rubén, con humor, pidió silencio y escribió:
Este álbum recoge en sus páginas blancas
los nombres de ingenuos que hacen sonreír
y ostenta los versos de poetas que en ancas
de Pegaso al Olimpo pretenden partir.
Los unos creen que con firma inocente
pasarán de seguro a la posteridad
los otros confían que musa clemente
no los mate al ver tanta barbaridad.
Aspiración de humanos es esta creencia
lector si tú tienes también ambición
pon nombre y poesías, ten paciencia
y te dirán tonto con mucha razón.
En vísperas del bicentenario de la República Argentina (1810-2010), el Canto a la Argentina de Rubén Darío, escribía “La Argentina de fuertes pechos/ confía en su seno fecundo/y ofrece hogares y derechos/a los ciudadanos del mundo”. Sólo dos años después, el 15 de mayo de 1912, los hermanos Eichhorn, empresarios prósperos, compraban el hotel, lo modernizaban y más tarde apoyaban económicamente a su amigo Adolf Hitler cuyas cartas se conservan.
En el país del “Crisol de razas”, los tarros de la cocina del hotel fueron decorados con esvásticas y una de las torres del edificio funcionó como estación de radio conectada la Alemania nazi. Las actividades de transmisión y espionaje antiargentino serían denunciadas por el grupo antifascista “Acción Argentina” a Ortiz, Presidente de la República. Uno de los descubridores de aquellos mensajes en alemán fue Ernesto Guevara Lynch, padre del Che Guevara. Por supuesto, varias agencias de turismo inventaron el mito de que “el Che vino al hotel Edén y lo cascoteó”, cosa improbable porque era un niño de 12 años que eventualmente acompañó a su padre, pero no mucho más.
En 1945, Argentina rompe relaciones con el Eje y se decide proteger a los diplomáticos japoneses internándolos en un lugar cómodo y seguro, el Hotel Edén. Otros huéspedes fueron un grupo de marinos alemanes del submarino Acorazado Admiral Graf Spee hundido frente a las costas argentinas. El gobernador de Córdoba sugería a las muchachas de alta sociedad conquistar a estos “jóvenes alemanes, fuertes y saludables, ideales para casarse y tener hijos”. Una desafortunada epístola confirma el criterio.
La autora es periodista de Rosario, Argentina.
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