Ligia Guillén
En la década de los años sesenta
Managua ya era vieja
y yo una muchacha en los 20 años.
Cada noviembre el aire regresaba
fresco y vivaz al centro comercial.
Llegaba con desplantes de triunfo arrebatado,
preparando los ánimos para la Navidad.
Recorría de un extremo a otro
la Avenida Roosevelt -hacia la montaña-
regresaba hasta la otra punta del Lago Xolotán,
acariciando el agua hasta ponerle piel de gallina.
Luego se estacionaba en su lugar predilecto
haciendo remolinos en las esquinas
de Carlos Cardenal y el Banco de América.
Sabía que en las tardes, nubes de muchachas
se esparcían por esas calles y las esperaba
agazapado con malas intenciones
bajo las marquesinas de las tiendas.
Ellas, inocentes paseaban
por el centro, haciendo compras,
o simplemente caminando,
con sus anchas faldas de campana
y sus enormes tacones de aguja.
Era cuando él saltaba sobre ellas,
se metía debajo de los vestidos
soplándolos con fuerza, levantándolos,
mientras ellas con las manos nerviosas
enredadas en los trapos, en las enaguas
empujaban hacia abajo.
Agitaban los brazos, con gestos desesperados
tratando de evitar que los hombres
que miraban divertidos
les vieran las piernas y los calzones.
Pero él insistía y seguía soplando por debajo,
por lo lados, por arriba, de nuevo por debajo,
mientras ellas apretaban la tela por aquí,
la sostenían por allá, se destapaban la cara,
cubierta por el pelo, hacían volar las manos
como palomas asustadas.
Y él, agitado,
soplando faldas con firmeza hacia arriba,
haciéndolas girar en remolino,
subiéndolas avergonzándolas.
Esa era la esquina de “los coyotes”
que vendían dólares por la libre.
Ellos sabían que el aire podía hacerles
una mala jugada y apretaban los fajos
entre los dedos gordos con grandes anillos de oro.
Si les llegaba un cliente importante
hacían las transacciones dentro del banco
o se lo llevaban a la sorbetería “El Patio”
-a media cuadra de distancia-
para que el viento no se entrometiera.
También los vendedores de lotería
protegían su mercancía sujetando
los billetes con presillas metálicas
para evitar que una ráfaga se los arrebatara.
Porque si eso pasara tendrían que correr
haciendo zigzags, de aquí para allá
-como borrachos o locos-
brincando entre la gente extrañada,
en una carrera en la que siempre
el viento iba a ganar.
Las empleadas del Banco de América
ya sabían que las esperaba en esa esquina
y se aproximaban agarrrándose las faldas
por delante y por detrás
-un cartucho envolviendo las piernas-,
que parecían sombrillas cerradas.
Al anochecer cuando se quedaba solo,
el viento jugaba con los papeles abandonados
en las cunetas sucias o con pequeñas
basuras que arrastraba por las aceras:
Bolsas de cigarrillos, envueltas de chicles Adams,
pedazos de recibos desechados, pañuelos Kleenex
o alguna que otra hoja desprendida
de un árbol lejano que llegaba hasta allí
¡qué sé yo por cuál camino!
Estaba así toda la noche, distraído, jugueteando,
a la espera de que llegara la mañana
con las muchachas -preparadas unas,
otras desprevenidas-, para empezar de nuevo su juego,
él subiendo faldas, ellas bajándolas,
los dos forcejando y él riéndose a gusto.
(Diciembre 2002).
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