Lourdes Oporta Suárez
De pronto la puerta de mi cuarto se abrió bruscamente e irrumpieron mis hijos. ¡Ya no siga papá! ¡Déjela! -gritó el mayor – . Más que el dolor, lo que me afectó más fue la vergüenza y el temor de que pasara una desgracia en la familia, aunque mis hijos con apenas 11, 13 y 15 años qué iban a poder hacer o quién sabe, a la hora de llegada pueden ocurrir cosas que una ni se imagina y más viéndome en el estado en que me encontraron.
En mi trabajo todos querían a Noel por su amabilidad, por sus detalles, por su fineza; era todo un caballero. Cuando una de mis amigas cumplía año ahí estaba Noel con medio galón de sorbete y un queque.
Dios me libre que expresara palabras negativas acerca de él, todas se ponían en mi contra y venía el sermón: Dale gracias a Dios niña por el tipo de hombre que tenès. Ya deseara que el mío fuera así.
Mirà a Humberto. Humberto era el marido de Nohemí. Yo sólo sonreía o cambiaba de plática.
Igual hacía Nereida, otra de mis amigas. Su marido nunca le propinó mal trato físico, sólo le reiteraba que el cuerpo lo tenía fofo y ella se instalaba a practicar ejercicios todos los días; le gritaba que ni cintura tenía y se ataba una faja y un plástico para sudar hasta más no poder.
Mi amiga no se hacía esperar con las justificaciones: René es el padre de mis hijos, no puedo dejar a mis hijos sin padre y si me ofende es por ratos de cólera, aunque creo que se pasaba de buena porque algunas veces ni le permitía que aportara en los gastos de la casa. Si querés no me des nada este mes, así ajustás para llevarle algo a tu familia— ese era el premio. Él era oriundo de San Rafael del Sur, donde nunca la llevó a que la conocieran con la excusa de que no la querían por diferencias religiosas y según parece ni sabían que estaba casado con ella y que le tenía tres hijos.
Hasta los trece años de casada descubrió que René la traicionaba. En San Rafael tenía una pareja con quien había engendrado tres hijos, el último de nueve meses de nacido. Por ese detalle prefirió dejarlo y se aguantó un año para ceder espacio y volver con él, pero condicionado.
Yo tenía doce años de vivir con Noel y de esa relación estaban: José Noel, Amaru Noel, Cristian Noel y la mujercita, Yocasta Noelia; el Yocasta por mí.
A veces llegaban mis amigas a la casa y nos invitaban al circo, al cine, al parque o a celebrar el cumpleaños de alguna de ellas, pero él se negaba y se lucía con su respuesta: Andà vos amor, yo me quedo cuidando. Sólo me dejaba avanzar unos pasos y proyectaba la voz: Ah, llevá dinero y al aproximarme a tomar el billete, calladito me transmitía el mensaje: Ni se te ocurra gastarlo hija de la tal por cual. Acordate que no te tengo para aplanar calles, y me huele que esto ya lo tenías planeado.
En la Cruz Roja pasé un curso y con eso me ayudaba para ganarme unos bollitos extras. En la puerta ubiqué un rótulo: Se inyecta y se pone suero, pero hasta partos atendía. Recuerdo que cuando inyectaba a mis clientes, todos salían satisfechos. ¡Qué manito la suya! —me decían—. Es que mi mano es sin hueso —les respondía.
Nohemí siempre me aconsejaba para que cuidara y conservara a Noel porque ni con cien candelas lo volvería a encontrar. Se ponía de ejemplo y con justa razón porque a veces llegaba con el ojo morado o el brazo vendado y llovían las excusas: me caí del bus, me atacó un delincuente, jugando con los muchachos, practicando defensa personal Ahí no terminaba todo. Las fechas de pago Humberto estaba puntual esperando el cheque y hasta nos acompañaba al Banco Popular, por eso la infortunada a veces no tenía ni para el pasaje del bus.
A pesar de todos los sinsabores Nohemí tenía tiempo para bromas y ni el marido se le escapaba.
Recuerdo la vez que estuvo hospitalizada por una golpiza que Humberto le descargó. Cuando él la llegó a ver, la saludó con un tono patético y ella ni lo dejó concluir la frase porque lo interrumpió con preguntas que hasta nosotras creímos: ¿Y quién es usted? ¿Trabaja en el hospital? ¿Me conoce?
Yo hasta pensé que del trauma había perdido la memoria o del mismo susto al verlo. Él se puso, pálido y hasta tartamudeó. Y quién más voy a ser, tu marido. Ella se puso a reír y aclaró que era una broma. Qué susto me diste —le manifestó un poco relajado y recuperado del mal momento.
El día que mis compañeras se enteraron de los moretones, quemadas de cigarro, mordiscos en mis glúteos y muslos, lloraron mucho. Les conté que todo era obra de Noel. No fue fácil que me creyeran.
Noel era creativo, con cuchillo en mano me amenazaba y me obligaba a no llorar, a no llamar la atención. Me ataba las muñecas y los tobillos en la misma cama y empezaba el martirio. Si de dolor o de cansancio cerraba los ojos, implementaba diversas formas para mantenerme despierta y ni las quiero mencionar porque no me traerán nada bueno. Yo cumplía quince años cuando se casó conmigo y me hizo a su manera. Siempre fue raro y yo le tenía cierto recelo.
Un día tomé valor y en nombre de mis hijos resolví cambiar. No se me olvidó aquella escena en el cuarto cuando arrodillada les pedí que no hicieran nada, que fuera un secreto entre todos, que nunca volvería a suceder y así fue. Poco a poco fui tramitando papeles y planeando mi huida con la ayuda de varias personas que Dios me puso en el camino. Aprovechamos que a Noel le programaron turno de 24 horas en su trabajo y nos fuimos de la casa y del país. Me dolió dejar a mi familia, mi tierra, mis amigas, pero tuve que irme por mis hijos, porque merecían que su madre tomara esa decisión. De qué me servía continuar en ese hogar integrado.
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