Por Joaquín Absalón Pastora
Visto desde el redondo silencio de las alturas, el Teatro Nacional Rubén Darío, clava sobre la tierra su mollera de cemento y mármol. Su delantera mira al lago, mientras la parte trasera le da la espalda a la ciudad. Fue concebido como un aporte de distinguida, elitista recreación cultural en el proyecto de una ciudadela turística, frente a las aguas, pero éste nunca cuajó, y la mole se quedó sola aunque dominante sobre un predio desierto con apariencia de abandono, sin alegorías visibles en el atisbo de su fachada, sin la arquitectura sofisticada de los emblemas de antaño. Luce desde el aire el perfil de una caja solitaria. Su pompa, su arte se han concentrado con notas de éxito en su escenario siempre vivo y humano, aunque con las interrupciones motivadas por las circunstancias que han prevalecido en el país.
Recuerdo a ras de vuelo fugaz cómo nació hace 40 años—inaugurado el 6 de diciembre de 1969. La idea la tuvo y sostuvo con sus demoras una mujer, ave de paso dentro de las preferencias sentimentales de Anastasio Somoza Debayle, llamada Hope Portocarrero, su esposa, pero dentro del superfluo ejercicio del protocolo. En “honor a la verdad” esta señora, solo nominal primera dama, fue dejada no solo por su consorte, sino por el derecho que le correspondía —fuera de las insolencias de la politiquería— a estar ahí en un lugar cómodo y visible que hiciera reconocimiento a quien en realidad fue la autora de los días del coloso, no solo por la iniciativa sino por la ejecución de ella, la cual estuvo alentada por una fusión llamativa de recursos del gobierno y del sector privado de los negocios a través de formas creativas de recolectar fondos para que la población también pusiera su “granito de arena” y fue así como se instalaron las cenas de gala con la comida típica de cada uno de los países. Diríase que esta Doña Hope (más enamorada de la cultura que del propio Somoza) puso a cocinar a las esposas de los embajadores. Se creó una comité central con adyacencias en cada una de las ramas pertinentes para hacer más efectivos y voluminosos los fondos.
Uno de ellos lo asumieron periodistas sin “distingo de colores políticos”, simplemente amigos de la divulgación y del quehacer cultural, dentro de los cuales se recuerda la participación de Radio Mundial, la tenaz opositora del sistema de gobierno.
Prometo para el futuro, hurgar más a fondo sobre el origen de este proyecto, mientras tanto a estas alturas de la gimnasia temporal, celebramos con orgullo sus 40 años de existencia.
Afectuosos con la disciplina, comprendimos las razones en una de las travesías de su duración, la razón por las cuales sufrió lastimosa ausencia. Se prolongó durante meses la oscuridad en las candilejas. Este mismo teatro estuvo solo encendido para las elites en la época somocista. Esa es una verdad irreprochable en la cual se asistía no en homenaje al cultivo del alma sino para que la vanidad luciese sus mejores prendas. Prevalecía la tendencia de dar solo paso a los espectáculos extranjeros, de indudable reputación internacional, pero eso no justificaba que lo nuestro fuera victimado por la marginalidad.
Teníamos a una orquesta de cámara capaz de dar 18 conciertos en un mes, pero ésta se refugiaba en otros aposentos. Lo mismo ocurría con el teatro criollo cuya estancia estaba —por hábito— en las salas experimentales por muy buenos aportes que diera en la sala principal.
En el año 85 hubo que cerrarlo por desperfectos en el sistema de aire acondicionado para lo cual se requería una solución integral. Y así durante mucho tiempo estuvieron obstruidos los ojos del recinto, veneración íntima de la placidez. Volvió el interregno del arte y la pulcritud del lenguaje, aunque dentro de una ingrata intermitencia: ser usado para el mitin exaltado, para las graduaciones estudiantiles, para la explosión de júbilo de algún trovador recién nacido. Su eufónica acústica debía tolerar los “chaguites” de los expositores de turno, mientras los entusiasmados se encajaban en los asientos si era posible para aplaudir al rechinante envanecido, mientras tanto un trío clásico francés con sus dos Stradivarius y un Guarnieri, más costosos que el propio teatro, eran enviados al sótano experimental. Lo vivimos. Los afirmamos en la crónica de esos tiempos.
Verdaderos talentos del arte actuaron en ese escenario: Paul Badura Skoda, concertino de la Sinfónica de Viena, uno de los diez primeros pianistas del Mundo en aquella época, el ballet de Riga, clásico incomparable, Anna Teng, pulsación vernácula de China, Alberto Lotto viajero de pianisimo a crescendo, la Camerata de Zurich, ejecutantes especializados en el “Concerti Grossi”, Pilar Rioja determinando con su baile la proximidad en el movimiento de Italia, Alemania y España, la Orquesta Sinfónica de Cleveland dirigida por Loren Maazel, uno de los primeros batutistas del Orbe, la Sinfónica de UTHA dirigida por Maurice Abramanel, Duke Ellington, Jorge Demus, el ballet de Senegal, Antonio Gades. Eso es lo recordado. Quedan otros grandes acontecimientos que no acuden a la memoria en el momento de escribir la reminiscencia.
Debe reconocerse que en los últimos años fue roto el témpano que aislaba a los valores nacionales. En ese sentido es absolutamente laudable el empeño en darle su lugar a lo nuestro, una contradicción como lo anotaba anteriormente a extranjerizar el frondoso escenario de 25 metros de profundidad y 36 metros de ancho, del Teatro Nacional Rubén Darío. Ejemplos de esa justa predilección han sido entre muchos que no es posible incluir, salvo en la publicación de un libro, la exposición oral e instrumental de “El Mesías”, la danza de Irene Lopez, capaz de llenar el teatro las veces que ella quiso, las vistosas compañías de arte folclórico de Masaya, Otto de la Rocha , jocundo y jovial, Norma Elena Gadea, Eduardo Araica, Camilo Zapata, Marina Cárdenas, Juan Manuel MENA con la primacía de sus arreglos ingeniosos, la Camerata Bach, más institución que orquesta, constructiva su vocación de forjar, de tender puentes ilustrados, académicos, serios en la creación vernácula. Los Mejía Godoy cuyos lauros indiscutibles nos llenan de orgullo tanto en la localidad como más allá de los mares. Para ellos y para la Camerata Bach , habría que hacer un apunte especial, los Guardabarranco abriendo alas sobre los altares. Obvio: falta mucho nombre que mencionar.
La puesta en escena de la Gran Suite “El Macho Ratón” producto de la indudable y tantas veces comprobada capacidad de inspiración del Maestro Pablo Buitrago, fue la insignia de la conmemoración. Melodías inolvidables de amable y festiva penetrabilidad dentro del barroco, ejecución que nos puso en el instante de aquella época blasonada por la luz de la vela música, danza y teatro.
En el repaso final, hasta nuestros días, en el ritmo huidizo de las últimas horas, cabe reconocer a Ramón Rodríguez, dentro de un ámbito extensivo, versátil, como productor, cómo músico, como Director del Teatro, en la conclusión de unas evocaciones que andan por el viaje de cuatro décadas fructuosas.
Cabe valorar y sostener que tenemos Teatro Nacional Rubén Darío, con el beneplácito del gran poeta, aunque duerma…
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