Joaquín Absalón Pastora
Una variedad de conciertos que marcaron este año, al igual que la presencia de la danza en los escenarios.
La selección puesta aquí carece de la pretensión de ser plasmada por un jurado inequívoco, empeñado en señalar arrogantemente, qué fue mejor y qué fue peor. Escogí para estas páginas lo que según el criterio, fueron las diez mejores obras presentadas en el Teatro Nacional Rubén Darío durante el año 2009. Afirmo y lo comparto con Ramón Rodríguez, su Director General, que fue cumplida la certeza de haberse agotado el superior esfuerzo de lucir la gala de sus cuarenta florecimientos. Su sala de espectáculos—ciertamente—estuvo embebida por las blondas estelares tanto de lo nuestro como lo de afuera.
Puestos en el orden cronológico, estos diez espectáculos—verdaderos regocijos del arte musical—merecen destacarse por el ímpetu de sus dotes y su imán taquillero, aunque lo último no sea siempre el reflejo de la auténtica calidad.

20 de marzo: Teatro Negro de Praga , las aventuras de Fausto. Por la singularidad de su entorno tonal, merecedores de los créditos artísticos lo fueron Michal Kocourek y el ejecutivo Pavel Hortek. Hubo impecable lucidez en la combinación de las luces, el sonido y la tramoya bajo la responsabilidad de Omar Cuadra, Paul Guadamuz, Alfonso Pasquier, Silvio Aguirre, Ervin Noguera, Augusto Juarez, Gustavo Flores y Mario Cano. Es justo mencionarlos porque rara vez se nominan sus apelativos en los reconocimientos. Son los factores útiles que permanecen ocultos por una injusta negligencia. Existentes y vitales no solo en una determinada obra como las aventuras de Fausto, tejida por la magia de los colores atípicos sino en cuanta exigencia luminosa requieran de sus habilidades. En el Teatro Negro de Praga esa participación tuvo categoría toral para que fuera trascendente el sortilegio de las combinaciones, el énfasis de la claridad misteriosa y variable. Se presentó aquí una de las producciones de mayor relevancia del célebre Teatro Negro de Praga, famoso en el orbe por colocar a los sueños en los espacios donde la regularidad le pone veda. A esos sueños le siguieron “El Universo Mágico” y el “Concierto en la Luz Negra” Palmas erguidas en la calle donde se alza la polémica humana del poder, la riqueza y el amor.

6 de mayo: La Bohemia. Para Ramón Rodríguez debería ocupar el número uno en la clasificación. La ópera cruzó airosa la ruta de las tres escalas para llegar a la justificación de las flores caídas sobre el contexto. Frescura y color en las voces. Habilidad gestual. Invicto acoplamiento musical seducido por la batuta de Roberto Sanchez Ferrer (La Habana 1927). Atril con ojos prestos a escudriñar en el foso cada una de las coyunturas entre las escenas de arriba y la entrada apropiada para ellas en el trazo de la musicalidad. El preciosismo se hizo sentir con la facilidad de lo que llega sin ser buscado, de lo que naturalmente se sincroniza cayendo de perlas en el momento indicado del gimoteo, de la risa o de cualquiera otra manifestación de la animosidad humana con mayor razón en obras como estas donde está tan diversificada. En abril del 2003 había visto “La Bohemia” en el Florida Grand Öpera. No cupo duda en cuanto a implementar en el acto la inevitable recurrencia comparativa.
Complacientes los dos montajes, tanto el de aquí como el de allá. A pesar de no contar nosotros con los recursos de aquellas grandes compañías de ópera de Estados Unidos. Ellas cuentan con el atenuante de la uniformidad establecida en cada una de las áreas de que se vale este género carísimo en su realización. No pasan por el brío tesonero de juntar partes, de armas piezas para llegar al redondeo. Las piezas donde hay una arraigada tradición de la ópera siempre están listas. Aquí apelamos a la solidaridad efectiva y comprobada de la vecindad latinoamericana.
Tuvimos el gusto de ver y escuchar a Karin Wolverton, reconocída por “Öpera News” como una soprano, merecedora de atención en las salas internacionales, haciendo de Mimi. Scout Piper mostrando su Rodolfo con una voz resonante y una carismática presencia. Un tenor romántico con el crédito de haber vivificado al Don José de Carman, de Bizet en la ópera de la ciudad de los rascacielos. Mimi y Rodolfo, las dos figuras rebosantes de honda pasión y trágico amor. Camerata Bach y músicos invitados completaron la atmósfera. Todos ellos hicieron la certera puntualización instrumental.

7 de julio: Ballet Nacional de Cuba. Aquí estuvo representado otro ícono de la música inolvidable en encaje con la danza: Peter Ilitch Tchaikovski a través de fragmentos del Lago de los Cisnes y de la Bella Durmiente. Pareció un homenaje al gran compositor ruso sin cuyo nombre no podría estar completa la historia del ballet convertido en un clásico que sale avante en la travesía de los años. El Ballet Nacional de Cuba mostró el lujo que lo caracteriza: imbuirse en un solo autor y de esa celebridad y complejidad en la ejecución. Tantos años de permanencia valiéndose de la semilla fresca que siembra en la primavera renovada de sus estrellas. Pareciera que Alicia estuviera ahí siguiendo los pasos de cada prospecto. Lo que vino aquí fue un oasis de flores nuevas que puede ser presentado con amplia solvencia y orgullo clásico en cualquier sala especializada.
23 de septiembre: Tres noches concomitantes en asistencia y versatilidad en el repertorio que por cierto ignoró la etiqueta proverbial del programa, dieron cuenta de la avidez que había en el público nicaragüense de volver a ver—y sentir—a Hernaldo Zúñiga por el afecto a su música y a la interpretación que él hace de ella. No se si la perseverancia taquillera lo hizo establecer un “récord”, pero lo cierto es que su actuación dejó la impresión de que le vale ausentarse por una temporada para explotar luego del silencio.
El artista de la muy folclórica y festiva Masaya no olvida los orígenes de su airosa carrera, la vieja canción que procura olvidar y entrelazar con las bisoñas que van despertando idéntico interés.
10 de octubre: Novedoso fue el ballet ruso sobre hielo. El apetito infantil tuvo su lugar—holgado espacio—en esta sucesión de opciones culturales. Como si fuese una intrépida golosina este espectáculo estuvo dotado de una fisonomía difícil de desentrañar en su complejidad técnica y riesgosa. El equilibrio sobre una pista sonora que se resistió al desplome, que mantuvo latente la fijeza de los ojos en los pasos y de los oídos en cada nota esculpida sobre el hielo. Ahí está retratada la vida del artista, su comunión con la rutina que tiene la virtud de asombrar. Una fantasía unitiva de dos mundos distintos: la música y la acrobacia. Y no es circo con música. Es ballet a plenitud.

18 de octubre. El amor por lo puro de nuestra génesis se manifiesta cada vez que se presenta el ballet folclórico nicaragüense. Pero el que más ha colmado las expectativas es el de Ronald Abud Vivas. Lo totalizan jóvenes formados por el talento, con mística, con disciplina. El historiador de ballet Jaime Serrano Mena lo define dotado “de un espíritu ancestral, recogido por las manos y corazón de orfebre, con buril constante, hilo azul de conexión entre la nebulosa y diluida época pre colonial hasta las danzas mestizas que perduran en sangre y pasión en nuestras tradiciones sociales y religiosas”.
7 de noviembre: La relectura de un fenómeno, la proclama de una inesperada retrospectiva: el grupo Pancasán. Acontecimiento resucitado por el afán de cantar en las propias voces de sus insurrectos, la rebeldía de una época, su testimonio, su grito, su forma de subvertir con la armonía, guardando distancia con los aceros. Más hiriente en el rostro del tirano, la música que las balas. Esa noche, de tan lleno por nada se viene al suelo el Teatro. Se hizo la insurrección de las voces, el único reencuentro en homenaje a Carlos Fonseca Amador. Pancasán vino al mundo de la protesta de la natividad criolla en 1974. En la conmemoración del octavo aniversario de la gesta guerrillera de las montañas de Pancasán (agosto 1975) se proyectó dentro del movimiento estudiantil que cultivó ese nombre. Fuente de sus canciones fue el folclore, el lenguaje popular en la recreación de las efemérides históricas. Es parte de una acción constante de denuncias surgidas en los años 70 con Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, Norma Elena Gadea, Pablo Martínez Téllez y Mario Montenegro. Sonaron, resonaron, fueron pintados como si estuviesen en los tiempos de su apertura circunstancial. Ellos son, se resumen en: Marlene Alvarez, Martín Fonseca, Agustín Sequeira y Pancho Cedeño.
9 de noviembre: La Novena Sinfonía de Ludwing Van Beethoven en ocasión del 20 aniversario de la caída del muro de Berlín con la participación de la soprano Zamira Barquero, de la mezzo soprano Raquel Ramírez, del tenor Mario Chang, del barítono Antonio Chacón, del coro Parajón Domínguez, coro de Cámara de Nicaragua y Orquesta Sinfónica Centroamericana, bajo la dirección del director invitado de origen alemán Andreas Winnen, además de dirigente, violinista y compositor. Raquel Ramírez vino del Instituto Superior de Arte de la Habana. Zamira Barquero es premio nacional de música del Instituto de música del Ministerio de Cultura de Costa Rica, José Arturo Chacón se ha posesionado de varios escenarios en Estados Unidos, Mario Chang tiene un brillante registro en el mundo internacional de la ópera.
El goce comprobado tuvo su epílogo cuando extendieron en vivo las cuerdas, las maderas y los metales, la gravedad y hondura percusiva. Se puso en escena a la Novena después de una grata y esforzada antecedencia, ciñéndose a la complicada estructura de esta obra —suntuosa en todo su trayecto— tanto en capacidad oral como en la ejecución de la partitura escrita por un genio que no tuvo el placer de escucharla, según los biógrafos de su lastimado destino.
20 de noviembre: Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, dirigida por Enrique Pérez Mesa. Fundada en octubre de 1959. Desde su nacimiento ha difundido la música cubana y resto de Latinoamérica con denodado y especializado interés, con académica pulcritud de “tiempo consagrado” Se nos dio un programa absolutamente digerible con espacio para los distintos goces.

Adiós a Camilo Zapata
El gran maestro Camilo Zapata el padre del Son Nica, irónicamente falleció cuando en Nicaragua se celebraba el Día del Padre, el 23 de junio de 2009 a las 4:00 p.m. Su legado vive en la música nicaragüense y sus canciones.
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