Franklin Caldera
El establo se ponía al fondo,
con María y José flanqueando el pesebre vacío,
porque el Niño no se colocaba hasta el 25 de diciembre.
Los diestros en el oficio
formaban rocas con papeles marrones rociados con otros colores
y esparcían sobre el piso el aserrín teñido de verde con anilina.
Los niños colocábamos espejitos para simular lagos y sobre los mismos,
pescaditos de plástico; y entre los pastores,
otras figuritas de plástico y de yeso
que se compraban en el mercado
y que nada tenían que ver con el Belén histórico:
Blancanieves y los siete enanos; piratas, indios y vaqueros,
tanques, barcos; caballos, elefantes, jirafas, cebras, leones…
Los tres magos de Oriente no se ponían hasta el 6 de enero,
aunque no recuerdo a nadie que esperara tanto,
porque aquellos personajes barbudos, con capas de colores,
en sus flamantes camellos, le daban un toque épico al conjunto,
como una película en Technicolor con Sabú y María Montez.
«Cuatro dedos» colocaba telones de papel al fondo de sus nacimientos.
Pero más que su pericia en el manejo de los decorados
me impresionaba la forma como agarraba la botella de soda simple
con sus cuatro dedos (le faltaba el pulgar de ambas manos)
apoyándola en la palma de la mano, para beber su contenido, empinándola.
Reginaldo Montcrieff hacía representaciones con títeres
en cumpleaños, kermesses y toda clase de eventos infantiles,
pero también, altares y nacimientos. Alto y caquéctico,
había sido boxeador amateur, campeón de maratones de baile,
actor de teatro, cantante de operetas y artista circense.
II
Todos estos recuerdos se retrotraen al casco urbano de la vieja Managua,
y se aposentan en el apartamento del segundo piso del Edificio Paiz,
en la intersección de la Avenida Bolívar y la calle Momotombo,
cuyo balcón quedaba frente a la marquesina del Teatro González,
y al letrero con luces rojas que se apagaban y encendían
sin dejarme dormir, hasta las 11 de la noche,
cuando el ruido de la gente que abandonaba la sala
marcaba el final de la noche.
Y de las tres de la tarde a las nueve de la noche,
bajo la marquesina, el mismo panorama, año tras año:
la taquillera, Justa, que murió prematuramente, como mi madre;
el portero gordo, que nunca tuvo nombre ni sonrisa;
el viejo administrador que fumaba puro y se casó con una alumbradora;
el anciano arquitecto estadounidense, Mr. Dentz, siempre de blanco,
que vivía en un cuartito en la planta superior del edificio
(sin que nadie lo viera nunca fuera de sus instalaciones);
el ciego que vendía La Prensa;
la niña morena de pelo largo con su cajita de chiclets
y el niño tullido que no conoció más árboles navideños que los de las vitrinas
ni más santacloses que los de las calles.
(Melico Maldonado, hijo del poeta, fue el más popular).
Años después me topaba con el muchachito inválido, ambos ya adolescentes,
en las mismas aceras del González, y nos abrazábamos borrachos
llamándonos: «¡Hermano, hermano!».
Unos meses antes del terremoto del 72,
con los hombros abultados por el ejercicio constante
de arrastrar sus piernas inútiles y diminutas apoyándose en las muletas,
pedía ayuda a los transeúntes para construir «una casita junto al lago»,
gritándome con la voz ronca y sonorosa de la conciencia:
«¡Franklin!… ¡Franklin!», mientras yo (sobrio) aceleraba el paso.
De todo aquel entorno, sólo el teatro González queda en pie,
convertido en templo protestante.
Y un recuerdo borroso: Mi padre, mi madre, mi hermana y yo
agarrados de las manos, en círculo, bailando al caer la tarde,
mientras de un tocadiscos emanaba música navideña estadounidense.
Momento de alegría que, desde entonces, me causaba tristeza
porque intuía lo doloroso que me iban a resultar
los recuerdos de navidades remotas,
engavetados en la memoria, con bolitas de alcanfor…
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