Eugenio Torres
Dentro de la pestilente y oblonga celda y tirado en el húmedo suelo en donde podía sentir las vibraciones de su escuálido cuerpo y la de los autos que a pocas cuadras circulaban a esa hora, concluyó pensando con nitidez que cuatro cosas son importantes en cualquier decisión. El bien y el mal, la vida y la muerte, y él había optado por la segunda y la cuarta.
Mirando hacia la rectangular ventana de barrotes, observó la media luna y añoró su plenilunio, recordó su deplorable vida lunar desde donde había visto el globo. Azulada, rojo, lleno de controles, problemas y obligaciones que lo llenaban de pavor. La luna le otorgaba la posibilidad de vivir en tranquilidad, soledad y sobretodo en la seguridad. Hasta que una noche el demonio lunar le hizo perder el control, y lo llevó a estallar la tierra, la amada madre tierra, y con la explosión logró ver con lucidez la realidad terrenal. Y el planeta era su mujer y la luna su perturbación que lo arrastró a cometer el horrendo crimen contra la estrella que se había multiplicado a su enfermedad. Ahora había desaparecido de su complejo sistema su menguante alma amenazaba su existencia y el corazón se había fragmentado en millones de pedazos de culpa.
Sus mientes cabalgaron en el apocalíptico caballo color de fuego de la demencia el día que decidió darle fin a su mayor razón de ser.
Ahora solo y trémulo esperaba su castigo, llevaba un par de meses esperando su novilunio, pero para su desgracia no sucedía nada, se acercó a los gruesos barrotes que cortaban el satélite y fijando su perdida mirada en la obsesión se inmutó, hasta que el cansancio y el sueño lo dominaron.
Fue trasladado inconscientemente a otro lugar donde su mente eclipsó casi por completo. No reconocía a su familia que todos los fines de semana lo llegaban a visitar, y solamente en su corta estadía en ese lugar logró reconocer a su octogenaria madre que tanto sufría, y eso fue nada mas por un espacio de tiempo.
Un día logró pensar con coherencia en el tiempo y en la irreversibilidad, con los cuales luchó casi a muerte, visualizando su crimen en la primera y tercera conclusión hechas en prisión, pero cuando este mecanismo de escape mental llegaba a concluir, la realidad y el vacío se le transformaban en un animal mítico o en un arma de doble filo, lo deprimían tanto hasta el punto de conducirlo al desvelado refugio lunar donde él parecía existir.
Una fría noche después de la visita, se quedó un rato en el suntuoso jardín del sanatorio, observaba la fuente multicolor con su sierpe de piedra, cuando en eso miró caer una luz azul, la cual recogió con regocijo, de inmediato entró a su ostentosa habitación y cuando el canto de los pájaros y el crepúsculo entraron a su aposento, el notable psiquiatra Frederick Muller se dirigió con sigilo hacia el baño. La seguridad se encontraba aletargada a esa hora, pero la lente pudo grabar con claridad como el venerable paciente considerado de alto riesgo, puso fin a su vida cortándose primero los pulsos y luego la yugular, y como con su bermeja sangre había dejado escrito en la pulcra pared. “See you tomorrow in the moon, my love. Good by ma”.
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