De la serie Desnudos. Niger Medina. LA PRENSA/Guillermo Flores

El tiempo de los desnudos

Aquella noche me encontré caminando en una calle del Barrio Gótico, desnuda, completamente desnuda. En la calle no había gente, nadie caminaba, solo yo; sin embargo; tenia vergüenza; una vergüenza que calaba en los huesos y penetraba el mundo material.

Ana Victoria Borge Medina

Aquella noche me encontré caminando en una calle del Barrio Gótico, desnuda, completamente desnuda. En la calle no había gente, nadie caminaba, solo yo; sin embargo; tenia vergüenza; una vergüenza que calaba en los huesos y penetraba el mundo material.

Aquella vergüenza no era por mi cuerpo desnudo, era una vergüenza implantada desde afuera. Era mi vergüenza interior conviviendo ya con vanidades, con prejuicios triviales

Me avergonzaba, la línea horizontal de bajo vientre, ahora. Después de haber traspasado la barrera de los 30, me avergonzaba que vieran las celulitis acentuadas en mis piernas redondas. Me avergonzaba que vieran mis pechos pequeñitos.Ya no eran perfectos como antes. Sentía que todo mundo me miraba, aunque no había gente en las calles. El subconsciente acentuaba mi vergüenza susurrando en lo hondo: “la gente va vestida, solo vos caminas desnuda” . Iba y volvía mi vergüenza, al darme cuenta de repente que la línea baja de mi vientre era una puerta de vida, abierta a punta de cuchilla, una y otra vez a desplazar la vergüenza, a darle orgullo a mi vergüenza.

Con esos sobresaltos, despertaba cada día y nunca entendí porque me soñaba desnuda en lugares distantes con tanta gente vestida. Con el paso del tiempo implacable, empiezan mis ochocientos sentidos a descifrar los temores; Ahora, desde que miro en el espejo la línea horizontal de mi vientre, y mis pechos siempre pequeños, ya no siguen tan bonitos como antes, pero yo los veo bonitos y me gustan, también me gusta la línea horizontal de mi vientre (algún cirujano piadoso, decidió en sala de operaciones ocultar lo mas posible) y me gusta todo mi cuerpo imperfecto, ahora.

El sueño recurrente sigue aún secuestrando mi mente; y como ya estoy convencida del porque de esa vergüenza, del desnudo de mis sueños, ya la vergüenza no es mía, es la vergüenza de la gente que se sigue escondiendo en los balcones antiguos del mismo Barrio Gótico.

LA PRENSA/B. Picado

La vergüenza, que ya no es mía, es de la gente vestida y desnuda. Mi desnudez sigue vestida, y el vestido de la gente vestida de mis sueños es desnudo, esa es otra vergüenza, no mía. Mi vergüenza, contiene en esencia la emoción indescriptible del desnudo con piernas abiertas y vientres redondos, hinchados de vida. Esa vergüenza contiene también el momento detenido del primer grito de vida de mis vidas , como el “Ave María” de Pavarotti, que me regaló el ¿azar? aquel medio día en punto ( hora solar) del nacimiento de mi niña-mujer.

Esa vergüenza, es de la felicidad egoísta de aquellos dolores de parto con horas interminables esperando que abriera las puertas de la línea horizontal, el más lindo y perfecto de los hombres, mi niño- hombre.

Esa vergüenza deliciosa, egoísta y duradera de cuando desnudé mi cuerpo para siempre al habitante eterno, el promotor de las vidas que desplazaron mis vergüenzas por la línea horizontal en mi vientre, y las celulitis en mis piernas y mis pechos, ya no tan bonitos como cuando perdí completamente la vergüenza.

Ahora, cuando decido adentrarme en los sueños, me despojo de vergüenzas y continuo el camino, con mucha gente vestida. Cuando despierto, me estiro como gata en celo, palpo el piso con ambos pies, recorro mi habitación, y mis manos se aseguran de que el sueño fuera verdad. Allí siguen conmigo, dos preciosas vergüenzas a mi costado. Entonces decido, y me prometo vivir disfrutando para siempre el tiempo de los desnudos.

La Prensa Literaria

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