Es un clamor que aclara

De los juegos que fueron quedan ruinas para endechar. Pensamientos mancillados vuelven a tomarse, besos en el aire resuenan por el cráneo, saltan del oído grabaciones infantiles desaparecidas después de primavera. El verano es un hielo derretido, la sonrisa es una foto turbia y helada, las manos son terremotos y saliva.

Por Luis Enrique Duarte

De los juegos que fueron

quedan ruinas para endechar.

Pensamientos mancillados vuelven a tomarse,

besos en el aire resuenan por el cráneo,

saltan del oído grabaciones infantiles

desaparecidas después de primavera.

El verano es un hielo derretido,

la sonrisa es una foto turbia y helada,

las manos son terremotos y saliva.

Hubiese sido siempre primavera,

el recuerdo es ficción cuando nadie

piensa lo mismo

que todos.

El calor aclara la chimenea de

los dieciséis

y lo quema todo, todo.

Lo que fue es un abismo,

una chimenea de acusaciones.

La sinfonía de índices

que señalan nota a nota

la ruina.

Cada ciudad cae en la lluvia,

los arquetipos diluidos en la corriente

bogan sin sentido, retan la marca

del tiempo en los minutos restantes

del recuerdo.

Pasaron los años

tirados con las bocas en el aire, con los papeles

de dibujos deformes, obscenos y vulgares

dejan las cicatrices de la frustración violenta,

de mocedades incomprendidas

en el fango del pasado.

Cambios de rumbos y rutas

opacadas por los índices.

La decisión no es tuya,

de todos menos tuya,

es de quien manda,

de la bestia dominante que con todo

cariño te mete la cicuta

en el hocico quedo y babeante.

Se fue el invierno

en aguaceros de sapos y truenos,

llovía fuego entre los troncos

de los dieciséis, mas no quemaba nada,

sólo el ser.

Disonante ante la música

de dedos acusadores,

el arquetipo delira vomitándose

a sí mismo,

no hay ídolos cuando se pasa a piedra,

no hay dioses después del abandono

en las tinieblas.

Todo se quema en el fuego

del invierno y el verano, la primavera

enternece tus sueños y arden

en agua de locuras increíbles,

en gritos disparatados y febriles.

Alguien con su capa de arrugas se queda

bebiendo guaro en la cantina

y no llega a su casa hasta que se hace nunca,

deja esperando a la duda

en los sollozos que toman ritmo mientras

martillean

la sien.

En el reloj del quien se sabe

que no es de día,

pero no hay estrellas que brillen

en el cielo raso.

La Prensa Literaria

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