El tercer Festival de Artes Especiales se caracterizó por la variedad y gran calidad de las presentaciones artísticas de los niños y jóvenes con capacidades especiales. LA PRENSA/ A. MONTANO Fotoarte: Bismarck Rodriguez.

Ser especial ¡en un mundo normal!

Aquí Entre Nos compartimos la vida y el corazón de nuestros “pipes”

Tammy Zoad Mendoza

Un país en una plaza y mil almas al descubierto. Nicaragua se dio cita este sábado en el tercer Festival Nacional de Artes Especiales, donde unas 800 niñas, niños y jóvenes con capacidades especiales hicieron gala de su talento con diferentes expresiones artísticas.

Gracias a ellos el escenario de plaza Las Américas parecía ser un universo cambiante, donde en cuestión de minutos podías trasladarte del mágico mundo de las poesías y el teatro, al exótico y contagiante planeta de la música, donde el baile era un elemento indispensable en la atmósfera.

Además del espectáculo que se presentó en el escenario, desde tempranas horas de la mañana hubo expoventa de diferentes piezas elaboradas por las prodigiosas manos de “Los Pipitos”.

Aquí Entre Nos constató con algunos amigos que esta gran familia va más allá de un festival. Un grupo de chavalos especiales nos cuentan sus historias amargas y dulces, porque si han tenido mucho que vivir, tienen mucho por contar y mucho más por compartir.

Un vistazo a su mundo

Para Sebastián Martínez, la diferencia entre el día y la noche no es marcada por amaneceres ni por luces de colores. Para él los días son los sonidos cotidianos de sus calles en San José, comunidad de Masatepe, Masaya, y las noches son una mezcla del silencio con el intermitente canto de los grillos y el tímido soplo de viento.

A sus 12 años Sebastián no tiene límites en su imaginación, pues ésta le ha permitido ver lo que por su naturaleza de no vidente no puede.

“He tratado de hacer lo que quiero, pero apenas estoy empezando”, asegura Martínez, quien tiene entre sus sueños poder asistir a una escuela para realizar estudios regulares. Por el momento toma la radio y la “tele” como fuentes de información para aprender del mundo que lo rodea.

“Mi mamá ha sido mi guía y mis manos han tomado el papel de mis ojos”, explica, “me gusta ser independiente como cualquiera, aunque desplazarme sea un poco difícil, pues en las calles, además del peligro, las condiciones no son tan buenas”.

Sebastián es un niño activo y locuaz, amante de la música y ejecutor del teclado, “además quiero crear o formar parte de una banda musical”, dijo.

Para eso Sebastián además de jugar a la pelota o correr por ahí, no desaprovecha ninguna oportunidad para demostrar el talento, y la fuerza de la música da ritmo a su vida.

Sonrisas brillantes

Jóvenes de diferentes departamentos y con diferentes tipos de discapacidad  se unieron para poner “su alma al descubierto”.  LA PRENSA/ A. MONTANO

No hace falta rubor que resalte el nervio en sus mejillas, sólo un poco de brillo está bien para enmarcar la sonrisa que se desborda sin querer de los rostros de Yasandra Miranda y Sheryl.

Ellas viajaron desde Jinotega para compartir su talento. “Me gusta bailar mi música, el folclor es lo que soy”, comparte Yasandra antes de subir a la tarima, para ofrecer su espectáculo al ritmo del son nica.

Yasandra tiene una deficiencia intelectual, pero esto no la condiciona a dejar la escuela, pues a sus 22 años está por terminar tercer grado y ansiosa de llegar a cuarto y como dice “poco a poco ser una profesional”.

Al igual que ella, la pequeña Sheryl mantiene una actitud positiva ante la vida. Para ella el mundo es una sonrisa para quien quiera sonreír o una mirada fija para los curiosos que se conforman con ver. Con 13 años Sheryl, una encantadora y graciosa niña con síndrome de Down, podría darle una lección de cortesía y de altruismo a quien la necesite.

Manos amigas

“Lo verdaderamente malo es cuando tu dificultad física se convierte en un bloqueo mental, eso es lo que realmente impide avanzar”, explica Dina con señas mientras su primo traduce a palabras. Ella es prima de Iris Omier; ambas sordomudas de nacimiento.

Ellas pusieron el sabor caribeño proveniente de Bluefields en el festival, pero queda más que claro que su energía al bailar no es tan grande como la que imprimen para vivir.

Con sólo ver,   Iris y Dina Omier (sordomudas) aprenden cada una las coreografías de sus bailes, como el que con energía y de manera diestra presentaron en el festival.  LA PRENSA/ A. MONTANO

“La disposición y la capacidad de aprender está ahí, y no es difícil hacerlo si contamos con ayuda”, asegura Iris, de 22 años. Ella y su prima son las únicas en su numerosa familia con esta condición, por lo que según nos cuentan las barreras del lenguaje se han ido rompiendo de adentro hacia afuera.

“Nosotras asistimos al centro de educación especial desde pequeñas para aprender el lenguaje de señas y aún cuando logramos comunicarnos con cierta parte de la comunidad o con nuestros amigos, estamos en el proceso de educar a nuestra familia”, explica Iris y evidencia la necesidad de la participación familiar en el proceso de formación.

Ellas dan un uso múltiple a sus manos, no sólo para las actividades diarias que todos realizamos, para ellas además de ser su arma de trabajo en el tejido, la costura y en su trabajo en belleza, son su voz en una sociedad ruidosa y desentendida de su idioma.

Para la mayoría sería inimaginable la posibilidad de estar en un lugar lleno de personas hablando con las que no podás interactuar, que no te escuchen y peor que no te comprendan; pero la prueba es fácil de hacer.

Sólo necesitás asistir a un centro de sordomudos o reunirte con personas de un idioma totalmente ajeno y desconocido para vos para experimentar las sensaciones y dificultades que ellos enfrentan diario, y que gracias a su deseo de superación han sabido sortear muy bien.

“Nosotras buscamos la manera de vencer los prejuicios con nuestro desempeño, gritamos con nuestras manos que somos capaces de aportar en nuestras familias, de ser útiles para la sociedad, de realizar cuanto deseemos si todos se detuvieran un momento para hablar con nosotras”, concluye Iris.

Su corazón, su coraza

A los 19 años Carlos Alfredo está cerca de cumplir una de sus metas. En el 2010, “Dios mediante” —como él mismo lo dice—, terminará su secundaria en el colegio Julio César Castillo de Yalagüina, Madriz. “Sí, he llegado donde nunca pensé, puedo seguir, lento pero seguro”.

Carlos Alfredo interpretó el tema Mi vida eres tú en el festival del sábado, para la persona que le ayudó a recobrar las fuerzas para continuar su camino. LA PRENSA/ A. MONTANO

Para él el camino ha sido muy diferente que para el resto de muchachos de su edad, pues la atrofia muscular que padece desde los 2 años le ha puesto las cosas un tanto complicadas, la fragilidad de sus huesos y la debilidad de sus músculos le dificultan movilizarse de un lado a otro e incluso tomar objetos.

“Si me preguntan que es lo más difícil que me ha tocado, hubiera contestado que todo; si me decís qué veo imposible, sé que no hay imposibles”, asegura Carlos, luego de contarnos la frustración de perder tres años de estudios por problemas de salud.

Claro, sin mencionar los diferentes tipos de discriminación que ha tenido que superar a lo largo de su vida, como la falta de condiciones para movilizarse en las calles, en su propia casa o en la escuela o las burlas y comentarios con respecto a su condición física, que a pesar de todo le han ayudado a madurar como persona.

“La mayoría de las personas se conforman con mirar, otras intentan disimular al vernos para evidenciar su lástima”, asegura Carlos, “pero un mínimo de personas se acerca de manera natural a hablar, a conversar para conocer la persona que hay más allá de los impedimentos o la imagen”.

“Nosotros tenemos defectos y cualidad como todos, nos merecemos más ni menos que nuestros derechos, que nuestras oportunidades ganadas con méritos propios para conseguir lo que deseamos”, asegura Carlos, quien no desistirá en su sueño de convertirse en abogado o doctor por lo que está “echándola toda” por una beca universitaria.

“Cada uno sabe lo que tiene y lo que no, lo que puede o no hacer”, comparte Carlos Alfredo, “luego de pasar depresiones, superar conflictos, enfrentar tu realidad te das cuenta que lo que debés hacer es aceptarte y proyectar lo mejor que sos, no buscar la aceptación de todos, sino el respeto como personas, el valor como individuo con capacidades propias”.

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