Francisco de Asís Fernández
Mis pensamientos no saben leer la luna de los marineros.
Me llamo Francisco de Asís y no he cometido ningún crimen
pero mi cuerpo suda con el olor del miedo.
Tengo dedos rotos, corazón roto, y pongo canciones
para preguntarme si hay algún corazón disponible para cambiar el mío
que sólo conoce la rutina del condenado a muerte,
el pecado de la pereza y la virtud del ocio que se paga con soledad.
Puedo oír la invasión de mis pensamientos,
la confusión de los códigos, las sospechas, el estruendo de las mentiras,
la guerra espiritual entre mis héroes y mis villanos,
entre mis veteranos de guerras que repudian antiguas verdades.
Puedo oír la invasión de mis pensamientos
que me dicen que mi país es un lugar peligroso y sin pudor
donde la noche se queda oscura sin el resplandor de un corazón,
que me hace sentir una bala golpeándome en el pecho
y me hace sonar peor de lo que soy.
La niebla es muy densa y mis pensamientos no distinguen la verdad.
Mi país tiene doscientos años de estar muriendo
y todos sentimos la emoción del momento de su muerte,
sin la experiencia del actor que se ha muerto muchas veces
y ya sabe cómo morir.
Mi país se está muriendo y sobrevive gracias a la niebla.
Se puede oír el mar en la tormenta apareciendo con flores.
Ya se puede sentir el olor de las uñas, de las aves y las bestias,
y mis pensamientos no pueden leer la luna de los marineros.
TODO LO QUE TENGO LO CAMBIO POR UN SUEÑO
Ya exhausto y vulnerable
la suciedad que he recogido en mis 64 años
no me hace apto para cambiar el mundo.
A esta edad todo lo que propongo tiene que ser defectuoso.
Ya toqué demasiadas impurezas
y lloré cuando los sueños se convirtieron en pesadillas.
A esta edad uno cumple años de imperfecciones,
celebra onomásticos de mentiras y traiciones.
Cuando en la noche voy a dormirme
nada puro me llevo para alimentar los sueños.
La edad corta la vida así como el poeta corta un verso
y queda el muñón del alma sangrando en sus pedazos.
Quemaduras negras atraviesan la piel
cuando no podemos renunciar a nada porque ya no tenemos nada.
Viendo este país no podemos ser felices sin sentirnos culpables.
Estamos condenados a muerte y abrazamos con un sudor helado
como los enfermos que van a morir y no entienden su enfermedad
y buscan la manera de perdonarse.
Todo lo que tengo lo cambio por un sueño.
¿Pero dónde está ese mundo que no sea éste malditamente previsible?
¿En dónde se encuentra la otra orilla que no sea ésta de derrotas?
Sólo tengo una procesión invisible de seres que me amaron
que desde el fondo de la escalera suben sus voces y me alcanzan,
y me hablan de poesía para completar mi vida.
Son fantasmas que cuchichean en medio de la noche,
invisibles como una palabra joven,
que no quieren que mi país sea un quetzal enjaulado,
que no quieren que me acerque al poder
para que cuando muera todos olviden mis vicios
y sólo recuerden mis virtudes.
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