Verónica Martínez Silva
Mi hermana mayor siempre fue tratada como una muñeca de aparador: todo le ponían y no la dejaban ni peinarse sola; mis padres la consentían tanto y yo pagaba todas las consecuencias, porque parecía nana y sirvienta. Ni el huevo sabía hacer, menos lavar loza, ni ropa. Apenas creció —no sé cómo— se juntó con otras chavalas del mismo sentir. Nadie las aguantaba, entre ellas sí.
Una noche salió a una fiesta con sus amigas y no volvieron. La fueron a buscar donde había ido y resultó que no existía ese lugar. Ya tenían una semana de desaparecidas, pero aún continúan las investigaciones policiales, porque resultó que una hija de ellos fue una de las desaparecidas. Mi padre, para calmar mi dolor de hermana, (a pesar de las groserías que ella me hacía) se le ocurrió comprarme una muñeca que había visto en un expositor de madera que vendía una anciana. Suspiré por el gesto, era una muñeca muy bonita, tan perfecta porque ni siquiera se le miraba tejidos ni se identificaba con exactitud de qué material era. La puse en el mejor lugar de todas mi muñecas Barbie. Sí, pero aún me quedaba el vacío, extrañaba a mi hermana, que muy remotamente me atendía como ser humano.
Una noche oía que alguien lloraba, lloro de mujer. Y así pasaron varios días. Pensé que lo oían mis padres y no fue así. Lo comenté y no me creyeron.
—Seguro un gato o alguna muchacha que llegaba de noche a llorar a solas ahí, frente a la casa, decían ellos. Pero se oía dentro de mi habitación. Decidí ajustarme bien las faldas de niña mujer y prender las luces para ver qué era. Lo sorprendente, una de mis muñecas tenía regado el marbelline en su rostro, manchado de negro, húmedo, con los ojos rojos, como si fuese ella la que llorase, pero no puede ser, es sólo una muñeca, tal vez hay una gotera, ¿cómo? si no estamos en tiempo de lluvias, y lo más curioso que es la muñeca que me acaba de traer mi papá. Debe de haber alguna explicación lógica sobre esto. Mientras pasaba el tiempo se oían más fuertes las quejas y lamentos, ya no era un simple llanto, y cada vez que prendía la luz, siempre la muñeca manchada. Le pregunté a mi papá que dónde la había comprado. Y me contestó dónde y que la anciana le dijo: todo sueño de una niña es ser tan bonita como una muñeca.
Caminaba por la tarde recordando que ya nadie buscaba a mi hermana y sus amigas, pasé por casualidad donde mi papá me había comprado la muñeca, así que estuve observando los movimientos de la anciana. Ya eran las 5:00 de la tarde y ella cerraba, observando por todos lados como para ver que nadie la siguiera, así que no cumplí su deseo, y llegué a ver hasta donde vivía. Era un lugar muy raro y apartado, metido en un montarascal, lleno de chagüites y mosquitos. Mejor me voy a mi casa. En la mañana, aprovechando que la anciana estaba en su puesto, entré a su casa y fui viendo infinidad de muñecas de todo tipo, parecían iguales, pero algo tenían distinto entre una y otra, incluso había una con la misma cicatriz en el hombro de la mejor amiga de mi amiga, y hasta otra tenía el mismo color de los ojos de mi propia hermana. Todo se miraba asquerosamente sucio y monstruoso. Me animé a pasar por otro cuarto y la sorpresa, había una muchacha amarrada, acostada sobre una mesa, y me acordé que era la empleada de la vecina que todo lo hacía de mala gana. Cuando iba a soltarla llegó la vieja y me sujetó de los brazos y me dijo: “Tú debes de ser una de esas muchachitas consentidas de papás que no les gusta ni ponerse los calcetines, así que, si por tu pereza has de convertirte en una muñeca, muñeca serás”. La anciana trató de hacerme un conjuro, pero se dio cuenta que no le funcionó, y yo le repetí la misma frase a ella, y se va convirtiendo en una muñeca horrible. Ahora la niña regresa a su casa, con una colección de Barbies. Mi hermana yo no sé, sólo sé que se ve más bonita en mi juguetería…
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