Por Víctor Chavarría
Penike, el jefe de la pandilla, supo que Pájaro andaba queriendo comprar una sandía, y entonces le llevó una. ¿Cuándo se la llevó? En el preciso momento en que un auto negro pasaba cerca de èl como ave de mal agüero. ¿Acaso Pájaro quería sandía para comer? No, era para dársela a la extranjera, de quien andaba enamorado. Y Penike miró cuando se la dio, y se puso a reír. Enseguida los miró ir juntos por una acera de la calle El Caimito, ella con la sandía metida en una mochila cargando en su espalda, y Pájaro a la par. Entonces se fue detrás de ellos, seguido a prudencial distancia por los demás pandilleros.
De repente la extranjera hizo un alto frente al rótulo del bar Marakovsky en calle San Juan del Sur, y entró con Pájaro. Éste, muy atento con ella. No le bastaba haberle regalado una sandía. Por lo tanto, se merecía una invitación. ¿Qué querer tomar, Pájaro? Coca Cola. ¿Y de comer? Hot dog. Ok, Pájaro, yo pedir eso mismo. Y estaban tomando y comiendo cuando sus perseguidores entraron, a la cabeza Penike, quien volvió a ver pasar al auto negro, sus tripulantes jóvenes con música a todo volumen y fumando.
Todos los que llegaron con Penike saludaron, y Pájaro les devolvió el saludo. Penike no saludó a nadie, con cara de pocos amigos. Entonces la extranjera les preguntó si querían tomar y comer algo. Y el entusiasmo no se dejó esperar. Pidieron también Coca Cola y hot dog. Menos Penike que con la misma cara dijo que quería sandía.
¿Cómo?, dijo Pájaro, ¿me querés quitar la sandía que me regalaste? No, Penike, no se puede, y señalando con el dedo a la extranjera: se la di a ella. Pero Penike siguió exigiendo. He dicho que quiero sandía. Una exigencia total la de Penike. Pero la extranjera no lograba entenderle. Y entonces Penike muy autoritario con ella: ¿No la vas a partir? Y ante su insolencia Pájaro tomó el cuchillo que el mesero atentamente le llevó a la mesa. ¿Me vas a degollar, Pájaro?, dijo Penike. Y Pájaro: no, y se las tuvo que ingeniar para decirle a ella que descargara la sandía, y dijo a los pandilleros: ¿sólo si ustedes comen la parto? Y todos: siiiiiií. Y Pájaro viendo a su dama: amor, yo después te doy otra sandía, no te aflijás.
Y a partirla iba cuando Penike vio el coletazo del carro negro pasando velozmente por la calle siempre con música a alto volumen, y a un hombre deteniéndose en la acera y diciéndole a Pájaro: devolveme mi sandía, chavalo jodido!
¿Cómo?, volvió a decir Pájaro, habiendo reconocido al hombre, ¿me querés quitar la sandía que me cambiaste? No, hombre, no se puede, y viendo a la dama: se la di a mi novia. He dicho que me la devolvás. Una exigencia como la de Penike, aunque en este caso había causa. Y Pájaro ya se la iba a devolver cuando oyó que el hombre lo trató de bandido y sinvergüenza. Ah, no, dijo entonces Pájaro, ve qué lindo, yo queriendo regresártela y vos tratándome así. ¡Tu madre! Que te la devuelva Penike, ¿acaso no fue él quien llenó de mierda la sandía que me cambiaste por ésta? Y sin ponerle más atención, la partió.
Penike apartó entonces la mirada cuando el hombre lo volvió a ver, y chocaron sus ojos contra el auto negro que volvió a pasar por la calle a toda velocidad y pensó: deben de andar bien fundidos esos majes, se parecen a nosotros, nada más que nosotros con pega y ellos con lo que les da la gana o sea que son ricos. Y Pájaro: ¿Idiay, Penike, no decías que querías comer sandía? ¿Cómo es eso, Penike? Y Penike, pensando: me llevó la mierda, ha llegado mi fin, estoy desanimado, ya no me importa nada. Y cuando los pandilleros levantaron en hombros a Pájaro y lo lanzaron una y otra vez por los aires sin dejarlo caer al piso para elegirlo como el nuevo jefe, dijo: ojalá se quiebre el culo. Y siguió pensando, ahora que era mejor largarse, irse bien lejos con otra pandilla, donde lo respetaran. Pero no se decidía. ¿Qué hago? Y miró la calle: estaban pasando autos, menos el negro, se estaba tardando. ¿Y el comerciante de sandía? Parece que ya se fue. Y salió del Marakovsky.
Anduvo dando vueltas por el centro turístico, pidió dinero a los extranjeros que se encontró y logró que le dieran. Al contar la dádiva se dio cuenta que ajustaba para comprar cigarros y cervezas, y eso hizo. Por último, se fue tambaleando en media carretera, tropezó con algo, cayó y el auto negro lo pasó destripando.
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