Edgardo Buitrago: Sonatina era charanga

Cuando se publicó esta entrevista en marzo de 2007, a Edgardo Buitrago le pasaba lo mismo que un día afectó a Jorge Luis Borges. No miraba. Pero tenía una memoria estupenda, una plática de más de dos horas en que Darío, sus recuerdos y la poesía eran llamadas como si hubiese un conjuro para atraer […]

  • Cuando se publicó esta entrevista en marzo de 2007, a Edgardo Buitrago le pasaba lo mismo que un día afectó a Jorge Luis Borges. No miraba. Pero tenía una memoria estupenda, una plática de más de dos horas en que Darío, sus recuerdos y la poesía eran llamadas como si hubiese un conjuro para atraer la buena literatura

Este hombre de 83 años estaría llegando apenas a los 20, se hubiera casado a los diez y sus travesuras de escuela las hubiera cometido con apenas tres años si el registrador no se hubiera encaprichado en cambiar la fecha de nacimiento.

Pero Nicolás Buitrago, el feliz padre, le hizo caso y en vez de respetar el sagrado 29 de febrero de 1924 del nacimiento de su hijo, lo inscribió el primero de marzo para evitarle posibles enredos.

Edgardo Buitrago también se hubiera llamado Nicolás si no hubiera sido por su madre que protestó ante la intención del padre de llamarlo como él. Sería el cuarto en línea directa en la familia del padre con el mismo nombre.

Lo inscribió pues como Edgar Nicolás y luego él mismo se cambió el nombre a Edgardo por antiimperialista, un sentimiento que conservó al punto de no aprender inglés durante su vida.

Quien lo ve sentado meciéndose, hablando de esta resistencia antinorteamericana, no se lo imagina jugando con los marines que invadieron Nicaragua desde 12 años antes que naciera.

Cuando era niño les cantaba coplas a cambio de medio dólar, que era como aquellos retribuían a los niños que se presentaban en el cuartel a bailar La Gigantona.

Tampoco cabe al verlo la idea de que alguna vez haya robado. Sin embargo, con unos amigos, para imitar a una banda de ladrones que vieron en una película, entró en un aula de clases con el saldo inmisericorde de robar varios borradores viejos y una calaverita simpática que a mí francamente no me hubiera pesado llevarme en el alma (castañeaba los dientes cuando le tocaban un botón, describe Buitrago).

El profesor Buitrago es desde hace años uno de los darianos más respetados en el país, un santo y seña de los estudiosos de la obra de Darío, incluso, motivo de exaltación en España, un conservador, además, de la obra del panida pues fundó el museo más completo sobre él, en León, en la misma casa donde vivió el vate cuando niño, según el académico Carlos Tünnermann.

“¡Olivia! ¡Olivia (Galo)!”, dice Buitrago en el amplio corredor de la enorme casa colonial cuando llama a su asistente para indicarle que le busque un libro. “No niña, al lado tenés tal libro”, le replica cuando aquella está perdida. Lo más sorprendente es que es ciego. Desde 1975 empezó a padecer una enfermedad heredada porque sus padres fueron primos hermanos. Ahora, muchos años después, las cosas empeoraron y no ve del todo. Es la memoria, pues, su visión de las cosas, la que le permite hallar un alfiler entre tantos documentos.

¿Era usted antiyanqui?

Yo no abrigo odios ni rencores contra nadie. Pero sí sentía antipatía, de tal manera que no aprendí inglés por repulsión. Ahora me arrepiento. Esos disparates de chavalo.

Yo pertenecía a una generación bastante mayor de la generación que repulsaba a los yanquis. Tenía como 14 años.

Los norteamericanos vivían cerca de mi casa. Tenían un cuartel y nosotros, los muchachos del barrio, sacábamos una gigantona, nos íbamos adonde ellos pero nos gustaba ir porque nos daban cincuenta centavos de córdoba, que era medio dólar, para bailarle La Gigantona, jajaja. Todos mis hermanos y algunos del barrio recitaban las coplas.

¿Se acuerda usted de una copla en especial?

Tengo un libro que acabo de terminar sobre la Gigantona y allí tengo recogido como 30 coplas, que las he venido recopilando desde joven.

La Gigantona es una cosa muy interesante, en lo que he estudiado es una sobrevivencia de la juglería medieval española y tiene coplas interesantes.

Hay algunas que me gustan más. Por ejemplo, me acuerdo de “esmeraldas como tus pupilas arcas no he visto en las coronas de ningún monarca. Ni magnolia como tu seno en flor, tiene en sus jardines el emperador”. Los gringos eran muchacheros.

¿Qué le marcó más su niñez?

Los cuentos de la esquina. Sobre esta acera, en la esquina, estaba la casa solariega de mis bisabuelos. Allí vivía mi tía, la Bertha Buitrago, una escritora de tradiciones y leyendas. Era muy viva, escenificaba los cuentos, movía los ojos. Los contaba bien. Movía todo. Era buena. Me encantaba oírla, me empezaba a contar cuentos de la familia, cuentos de guerras liberales y conservadores y de fantasmas. En cuanto venía del colegio, hacía mi tarea. Me revisaba mi papá o mi mamá y me iba adonde la Bertha. Era una morena de ojos verdes.

¿Cómo es el León de sus recuerdos?

Cuando nací, León tenía luz eléctrica, con vitrolas (se ríe) y la tertulia era de otra manera. Era para comentar la política. Los vecinos de aquí se reunían donde Los Buitrago. El León en que crecí era pequeño, no tan grande. Estoy escribiendo una vida de Rubén Darío. Si Dios me da vida la haré porque tengo 83 años. Yo nací el 29 de febrero de 1924.

Pero estoy inscrito el primero de marzo porque el registrador le dijo a mi papá que me asentara ese día porque después me iba a enredar. Hay años en los que cumple y otros en los que no, le advirtió, y como nací cercano a las 11:30 de la noche, entonces le puso que nací a las 12:30, ya cuando era primero de marzo.

Te cuento que nosotros fuimos educados muy dentro de la casa. No nos dejaban salir y éramos miedosos. Yo nunca fui a pilas a bañarme. Le tenía horror a pelearme. Mi diversión era ir a la casa de mi tía. Tengo ganas de escribir los cuentos de la esquina, aunque últimamente me he dedicado a estudiar más a Rubén Darío.

¿En qué momento se empieza a vincular con el mundo de los libros?

A mí me gusta tocar los libros como acariciándolos. Son los mejores amigos. Cuando éramos niños vivíamos en esta casa y tenía anaqueles llenos de libros. Eran de mi papá. Él tenía su escritorio, su máquina de escribir. Mi papá era abogado pero le molestaba ir a los juzgados. No llevaba juicios criminales. Se dedicaba a juicios civiles. Le gustaba hacer Escrituras. Cuando empecé en el colegio y tenía 12 años, le ayudaba en las tardes. Pero no fui muchacho travieso. Todo me daba miedo.

¿No hizo ninguna travesura o es que era santo? Lo veo que se está riendo…

Jajaja. No. Poco más grandecito en el Instituto, de 14 años, hice algunas travesuras. Como íbamos al cine mucho y pasaban películas de bandas de ladrones, una vez organizamos una banda. Toda gente seria. Falseamos un candado de la escuela superior de varones y nos robamos unos borradores. Nos llamó la atención una calaverita que se le apretaba un botoncito y saca los dientes. Los castañeaba.

¿Eso fue lo más audaz que hizo?

Robamos como a las tres de la tarde, a las cinco nos volvimos a reunir. Ya nos remordía la conciencia. Después nos regañaron.

¿Y no andaba de picaflor, de enamorado?

Enamoraba. Pero me quedaba con la que tenía más cerca porque siempre he sido haragán. Tenía una vecinita bonita pero me entusiasmaban más los libros y con mi amigo, Armando Rizo Oyanguren, se venía a estar conmigo los miércoles en la tarde, cuando no teníamos clase. Mi papá tenía una biblioteca bastante grandecita, buscábamos las historias y nos poníamos a leer en una esquina. Pasábamos leyendo. Me acuerdo que en la clase de dibujo de secundaria, me esforzaba por dibujar bien y el maestro Sotomayor me puso a hacer un templo gótico. En mi cuenta me estaba quedando lindo. De pronto se sentó a la orilla y me dice: Hombre, qué bueno que le hayas puesto templo gótico porque así podemos saber lo que quisiste hacer.

¿Qué tipo de libros le gustaron?

Me gustaba la historia en general. La historia universal me la daba un señor que nos incitaba al estudio, Pepe Sacasa. Él escenificaba bien las batallas y me obligaba a buscar como loco en la biblioteca de mi papá.

¿En qué momento le empieza a gustar Darío?

A mí me pasó una cosa divertida con Darío. En el colegio nos daban poesía de Rubén Darío. Nos hablaban, pero los maestros no lo conocían. Lo criticaban como ateo, blasfemo. A mí me gustaba Rubén, pero el hispanista, nacionalista, antiimperialista.

Me aprendí en general de memoria la Oda a Roosevelt, la Salutación del Optimista. Me caía mal el Rubén de Prosas Profanas. A la Sonatina la miraba como una charanga por la musicalidad, pensaba que era un derroche inútil.

Un día, ya bachiller, oía a la gente que hablaba de la musicalidad, de la reforma musical de Sonatina. Escuché a Pablo Antonio Cuadra, José Coronel (Urtecho), Luis Alberto Cabrales que era la generación que tenía arriba y con la cual me sentía identificado. Yo viajaba mucho a Granada. Me trataban como un joven mayor. Entonces volví a Prosas Profanas y me aprendí de memoria los poemas que me caían mal. Empecé a entender así el juego de letras.

Para mí, Rubén Darío representa el signo y el símbolo de los hispanoamericanos. El símbolo como que en él encontramos lo que aspiramos que sea Hispanoamérica y el signo que nos va indicando el camino. Para mí, Darío es interminable, uno empieza a estudiarlo y no termina.

¿Usted se sentía como la mascota de estos famosos escritores de La Vanguardia (Coronel, Cuadra)?

Habíamos varios jóvenes. Estaba Carlos Molina Argüello, Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas. José Coronel era un tipo alegre, jovial, bromista, nosotros lo tratábamos de vos y gozaba. Nos echábamos tragos con él. Íbamos a Granada. Pablo Antonio Cuadra era más reservado, pero con buen sentido del humor. A Pablo le gustaba que le planteáramos problemas.

Después de tantos años, ¿hay algo que aún sienta que le quede por hacer?

Le pido a Dios, no voy a hacer ambicioso, que me deje volver a hacer la segunda edición de mi libro de Las Purísimas y si me da más chance, hacer el libro de Rubén Darío como hombre. Tengo muchas fichas recogidas. Pero yo me aflijo. Ya tengo 83 años. No ver es un atraso y se me van olvidando las cosas.

Pero estoy satisfecho. Lamento que no hice dinero para vivir mis últimos años. Es muy triste a mis años no tener dinero suficiente para vivir. Padecer esa angustia.

El único rico de la familia fue Mariano Buitrago, pero con tuerce porque Malespín le quitó sus propiedades y se tuvo que ir a Granada, de allá lo sacaron disparado porque quiso ser político y siendo leonés era mal visto. Así que cuando veo un pariente le digo: ¡Hubo un rico en los Buitrago pero lo fregaron!

La Prensa Literaria

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