A María Elsa, de nuevo
I
Cuando manantiales y utopías dejen de valer
un triste anuncio de periódicos perversión fenicia,
cuando idilios y ternuras puedan ser globalizados
con imaginación de anhelos y esplendor de dioses,
será porque ya habremos cumplido aquel par de mandamientos:
amar con furia generosa que no regatea ni negocia,
y vivir el hoy sin lágrimas de ayeres ni afán de amaneceres.
II
Pero falta aún el irritante epílogo del código sagrado:
¡Ay del héroe incapaz de tararear una canción de cuna!
¡Ay del macho que se ufana de máscaras y hazañas!
¡Ay del hombre avergonzado por unas lágrimas que no avisaron!
¡Ay del tipo hosco, ignorante de cortejos y detalles,
vacío de respeto, atenciones y finezas!
¡Fanfarrón de alcoba y perdedor de corazones!
III
Y una vez cuerpo a cuerpo la exuberancia desnuda,
esa espléndida pasión omnipotente,
intrépida de lances, transparente y danzarina,
se encargará de embestir cristales, arañando esencias
o picoteando mieles, para acunar seguro al indómito
ruiseñor de sentimientos que a hurtadillas entonará locuaz:
¡Sismo eufórico y ardiente ceremonial sin fin!