Uno de los secuestradores del directorio de la UNO. LA PRENSA/Archivo

Crónica íntima de un secuestro (Introducción)

En el Auditorio Central de la Universidad Americana se presentará el libro del periodista Joaquín Absalón Pastora «Crónica Íntima de un Secuestro»el martes 8 de septiembre a las 5 y 30 de la tarde. Desde el cautiverio se puede escribir sin los instrumentos inofensivos del papel y de la tinta. Se puede volar con las […]

  • En el Auditorio Central de la Universidad Americana se presentará el libro del periodista Joaquín Absalón Pastora «Crónica Íntima de un Secuestro»el martes 8 de septiembre a las 5 y 30 de la tarde.

Desde el cautiverio se puede escribir sin los instrumentos inofensivos del papel y de la tinta. Se puede volar con las alas de la pluma, grabando, mentalmente, las escenas con los íntimos recursos de la retentiva, en el oasis de la imaginación.

Si el prisionero carga con la tentación de recurrir a las letras para contar su historia, recolectar con los ojos y la discreción -guardar escrupulosamente cada detalle en el santuario hermético de la memoria- ningún espía será capaz de descubrirlo. Ésta es una opción afirmativa en el calvario de estar secuestrado, algo peor que estar preso, acusado de alguna comisión delictuosa; circunstancia opresiva en la cual ningún verdugo -es la reglapermitirá la quemante aspiración de contar los asteriscos donde hace nidos el exterminio de la razón, la aniquilación total de la libertad, la reducción del ser humano a una cosa de mínimo valor.

Al sufrir el secuestro de un Comando del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en la casa de la Unión Nacional Opositora (UNO), el viernes, 20 de agosto de 1993, en represalia por otro secuestro ocurrido en Quilalí, lo primero que se me ocurrió fue no especular inútilmente sobre las escurridizas, por no decir lejanas posibilidades de salvación.

En el extremo riesgoso de los cálculos conservé, en medio del infierno, una libreta de anotaciones, que había llevado a la reunión del equipo del Doctor Virgilio Godoy Reyes, entonces, uno de los tantos vice presidentes desolados, y fulminé sus páginas vírgenes, no preparadas para alojar semejantes horrores, con la tinta azul de reserva que llevaba para anotar los acuerdos comunes de una de las tantas sesiones realizadas en la casa sede de la coalición de la UNO.

No pude valerme de la superficie pacífica e indefensa de esos papeles para escribir sobre ellos con la mansedumbre de quien se inspira sin el “chuzo” de una mirada amenazante, y pronto, uno de los secuestradores, el iracundo encapuchado, descubrió que yo estaba escribiendo, sospechando que iniciaba el diario de una aventura que pronto llamó la atención del Mundo, por ser el único caso de un secuestro brutalmente instigado por la represalia. Apenas llevaba las dosis de los primeros minutos cuando se percató, y nunca pude convencerlo de que yo estaba como periodista y no como político de la UNO. Imposible influir sobre la testarudez de alguien egresado con excelentes notas de la escuela de los verdugos. Lleno de indignación y viéndome como un sospechoso, procedió a quitarme los papeles sobre los cuales había urdido signos ilegibles, pero que él quizá supo oler con su olfato de espía. Me advirtió que las anotaciones estaban estrictamente prohibidas y me puso en la lista de los que pronto seríamos candidatos para ser interrogados.

Lleno de la milenaria cobardía repetí quién sabe cuántas veces: “Yo no soy de la UNO, soy periodista y ando aquí cubriendo los actos.

Investigue cuántos hay y se dará cuenta de la verdad. Efectivamente, había muchos de ellos. Pero no se tragó la píldora que en esos instantes había pretendido darle, quedando en que iba a ser investigado con la posibilidad, según su arbitrario código, de ser castigado.

En algunos fugaces intentos me veía tratando de recurrir a los muy confidenciales bordes del “papel higiénico”, para llenarlos de garabatos, lo cual era ya una intolerable reincidencia. Trataba de abreviar, como en taquigrafía, los guarismos del idioma, tal era la estrategia, la terquedad peligrosa de no dejar todo aquel montaje en el secreto.

La meta era poner los asteriscos, en un propósito que parecía imposible de cuajar, cuando lo predominante era una neurosis colectiva.

Si había que pedir permiso para evacuar los harapos de la industria intestinal, usar el símbolo de su higiene—el ralo papelera todavía más intolerable, más pecaminoso, para los terroristas.

En el centro de la frustración, digerida con resignación, no hubo más que posponer la tarea de escribir, y proponer la de grabar con el pequeño utensilio de bolsillo, no descubierto, hasta que fuimos invitados a desnudarnos y quitarnos todo lo que andábamos encima y para esto hay una historia. Era la grabadora típica de bolsillo, con la cual se ha sorprendido a más de alguna fuente vivaracha. Ahí andaba encendida en la bolsa de la camisa, sin que haya ocurrido ninguna lamentable indiscreción, pues algunas veces, sin uno nunca presentirlo, suele sonar el pito que nunca estuvo en la agenda. No pudo salvarse. Fue confiscada, poniendo más colorado el matiz de la sospecha. Entonces a reproducir con las venas secretas de la memoria, con sólo hacer el esfuerzo de no olvidar. Proveerse, desde el cautiverio, de la magia de recolectar tanta vituperación contra la racionalidad y los normales entusiasmos de vivir, empujados por la esperanza final de contar el sufrimiento en un libro, con el auxilio de los colegas, también retenidos, y el apoyo complementario de los recortes de los periodistas que, con tanto ahínco y tenacidad, se ocuparon de los dos secuestros. Uno fue la respuesta del otro, engendrado en las montañas del distante norte.

Y así, entre tirones, fueron hilvanándose estas páginas, las cuales se surten también del decir propio de los actores de adentro y de afuera.

Supieron reflejar mucho de su universo anímico en los instantes del tatuaje de las llagas, de la perforada humillación.

Este libro nació de las paredes violadas de la UNO, y del milagroso espaldarazo de haberlo desarrollado en un después, enriquecido por la serenidad, en holgado y libre albedrío, cuando las campanas por fin doblaron inspiradas por la vida.

La Prensa Literaria

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