El ex presidente de Perú, Alejandro Toledo, con Ternot McRenato en una foto reciente en San Diego, California. Ellos fueron compañeros de estudios, hace años, en la Universidad de San Francisco (USF). (LA PRENSA/Cortesía)

Nicaragua perdió la oportunidad de volver a nacer

Ternot McRenato, nicaragüense residente en Estados Unidos que combatió al lado de la guerrilla en el Frente Sur, señala como coincidencia histórica que el régimen sandinista perdió el apoyo popular, igual que Somoza, y en consecuencia fue sacado del poder [doap_box title=»El revanchismo» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Ternot McRenato aún estaba en Nicaragua cuando el Gobierno sandinista […]

  • Ternot McRenato, nicaragüense residente en Estados Unidos que combatió al lado de la guerrilla en el Frente Sur, señala como coincidencia histórica que el régimen sandinista perdió el apoyo popular, igual que Somoza, y en consecuencia fue sacado del poder
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Ternot McRenato aún estaba en Nicaragua cuando el Gobierno sandinista mandó cerrar por la fuerza el diario El Pueblo, por considerarlo ultraizquierdista, a principios de 1980.

“En ese momento sentí como si una nueva era estaba por comenzar, la de un fascismo de la izquierda”, comenta 30 años después el historiador nicaragüense residente en California. “El escritor italiano Ignazio Silone, un ex marxista, se refirió a este fenómeno como ‘un fascismo rojo’”.

“Si antes del triunfo se daban recelos e intrigas horribles, después del triunfo se intensificaron. El revanchismo fue una de las fuerzas malignas más grandes que impulsaron a los nuevos gobernantes (sandinistas)… La falta de respeto a la propiedad privada, y justos y pecadores fueron víctimas del saqueo”, comenta McRenato.

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Días antes de la culminación de la insurrección, Ternot McRenato escapó de morir acribillado en el Frente Sur, por la metralla de un avión que llegó a sus espaldas sin que él lo detectara a tiempo. Las balas calibre 50 sólo agujerearon la tierra alrededor de su cuerpo y, 30 años después, sigue convencido que se salvó por milagro, porque “Dios es muy grande”.

McRenato, un nicaragüense residente en California desde la adolescencia, había decidido a finales de 1978 incorporarse a la guerrilla sandinista. Entonces tenía 36 años de edad y cooperaba en San Diego con los comités de solidaridad con el FSLN, en los que conoció a los activistas Walter Ferreti, Roberto Vargas y Herty Lewites.

Para entonces era un profesional con una licenciatura, un máster, un doctorado en historia y una experiencia de guerra, porque en los años 60, siendo estudiante universitario, se fue a combatir a Vietnam como soldado de la Infantería de Marina de los Estados Unidos.

McRenato viajó a Costa Rica, donde lo esperaba Carlos Tünnermann para incorporarlo al Frente Sur, pero “ya la ideología no era tan importante” para él, porque abrigaba un sueño más concreto: “Terminar con la pobreza, la miseria y la desesperación del pobre” en Nicaragua.

Por eso, cuando meses después entró a Managua, el 20 de julio de 1979, con las columnas guerrilleras comandadas por Edén Pastora Gómez, creyó que “Nicaragua estaba al borde de una purificación moral, económica y política”.

Hoy, a tres décadas de esa incursión triunfal en la capital nicaragüense, McRenato afirma que del comienzo de la revolución lo que más le impresionó fue “la unión de todos los sectores de la sociedad; obreros, campesinos, estudiantes y dirigentes empresariales luchando por la libertad”. La describe como una gesta idealista, conseguida con “el sacrificio del pueblo y sus combatientes apoyados moralmente por la inmensa mayoría de la ciudadanía”.

Sin embargo, el tiempo le ha confirmado que después del 19 de julio de 1979 lo que ocurrió fue la “triste y trágica pérdida de una oportunidad, la oportunidad de volver a nacer”.

ALZAMIENTO NACIONAL

En los campamentos guerrilleros del Frente Sur, McRenato se percató que pocos combatientes hablaban de lucha de clases o ideología marxista. “Era un alzamiento nacional”, explica al recordar a los jóvenes nicaragüenses que se sumaban voluntarios al FSLN. “Todas las capas sociales estaban representadas, pero la verdad es que, como en todas las guerras, los obreros y campesinos habían contribuido más allá de su cuota… Luchábamos por una patria mejor y por derrocar a la dictadura”.

Estuvo bajo el mando de “Marvin” (José Valdivia), el jefe del Estado Mayor y segundo del comandante Edén Pastora Gómez. Nunca conoció allí a Humberto Ortega Saavedra, quien llegó a ser el máximo jefe de las Fuerzas Armadas sandinistas en 1980, porque éste dirigía la guerra desde una bodega en la ciudad de San José.

“De él (Humberto) no se hablaba nada y tampoco significaba nada (en el Frente Sur); yo nunca oí mencionar su nombre y estoy seguro que no fue por causa de una confabulación, sino por el hecho de que era una persona que no existía para la mayoría de nuestros combatientes”, dice el ex guerrillero.

Antes de entrar al frente de batalla, los nuevos combatientes sandinistas pasaban por un campamento situado en una hacienda en Costa Rica, cerca de la frontera con Nicaragua, donde recibían entrenamiento básico en tres días, porque “el comando del Frente Sur siempre estaba escaso de tropas y enviaba mensajes urgentes diciendo que necesitaban más tropas, lo más pronto posible”.

LOS EXTRANJEROS Y LOS ANÓNIMOS

Nació en Diriamba y vivió allí hasta los 14 años de edad. Después de ayudar a derrocar a Somoza retornó a California, en marzo de 1980, para volver a impartir clases en el San Diego City College, donde aún trabaja como docente. Su apellido, bastante raro, es un invento de su papá, Renato Bermúdez, que al llevarlo a bautizar le puso “Mac hijo de Renato”. Ya en Estados Unidos comenzó a firmar como McRenato. El nombre Ternot lo copiaron de una revista, según le contó su mamá, Leonor Mendieta.

Treinta años después de haber disparado las últimas balas en la insurrección de Nicaragua, McRenato afirma que sigue siendo revolucionario, aunque precisa que esa vocación la ejerce todos los días en el salón de clases, convencido de que “educar a un joven es el mejor acto revolucionario que podemos hacer”.

“La dirección que tomó la revolución me desilusionó”, afirma al comenzar a explicar porqué se retiró del FSLN. Otra razón para volver a Estados Unidos era que esperaban por él en San Diego, Paul Anthony, de 10 años y Anita Michelle, de 9.

En el Frente Sur había cientos de extranjeros que entraron en brigadas, por Costa Rica, para reforzar las columnas guerrilleras del FSLN. Había cubanos, chilenos, colombianos, ecuatorianos, salvadoreños, mexicanos y algunos europeos y, según McRenato, los internacionalistas llegaron a significar el 30 ó 40 por ciento de la fuerza insurgente en ese sector.

Una brigada famosa fue la “Victoriano Lorenzo”, de Panamá, dirigida por Hugo Espadafora, en la que estuvo el ex presidente de Panamá, Martín Torrijos, que hace semanas entregó el gobierno. En 1979, Martín tenía 16 años de edad y su padre, el general panameño Omar Torrijos, no pudo impedir que se sumara a la guerrilla nicaragüense.

“Estoy seguro de que nadie podría dar cifras exactas del número de tropas en todos los sectores del Frente Sur”, dice McRenato. “Cuando los nuevos combatientes entraban, yo nunca noté a nadie que les tomara datos básicos, como el nombre, origen, ciudad, pueblo, nación… Lo único que se les informaba era que necesitaban un seudónimo. Cuando morían, yo ayudé a enterrar a varios “compas”, nadie tomó ningún dato de que quiénes eran. Para mí fue una cosa muy triste saber que las madres de estos jóvenes jamás se darían cuenta a qué fin llegaron sus hijos… El estado de desorganización fue constante, pero en realidad nuestra tropa estaba mucho más motivada que la Guardia (Nacional)”.

Somoza le reclamó a la Organización de Estados Americanos (OEA), en junio de 1979, porque los guerrilleros sandinistas del Frente Sur estaban utilizando granadas disparadas con un cañón howitzer de 105 milímetros sin retroceso. Según Somoza, el FSLN ya portaba armamento superior al de Guardia Nacional.

Sin embargo, McRenato asegura que “la artillería de la GN era mucho más poderosa que la de nosotros; ya casi al fin tuvimos una artillería, pero muy liviana… De vez en cuando, la guardia nos hacía llover la artillería pesada, así murieron muchos “compas”. La Guardia también empleaba helicópteros y aviones de caza con ametralladoras de calibre 50… Fue una guerra de trincheras”.

DISPUTAS Y TRAICIONES

El 21 de julio de 1979, mientras McRenato conversaba con el guerrillero panameño Hugo Espadafora, en el Hotel Camino Real, se acercó el nuevo ministro de Defensa, Bernardino Larios, un ex oficial de la Guardia Nacional que fue acusado de conspirar contra Somoza en 1978 y luego expulsado del cuerpo militar. Ahora estaba en el gabinete sandinista.

“Hugo me recomendó con Bernardino para que yo trabajara con él y me nombró Jefe de Protocolo del Ministerio”, recuerda McRenato, quien todavía dudaba de cuánto tiempo se podía quedar en Nicaragua, porque ya había percibido pugnas en el nuevo gobierno revolucionario, por razones de poder.

“Al poco tiempo de trabajar con Bernardino, llegué a ser su asesor político”, explica. “Pero las intrigas y recelos contra él provocaron que en diciembre (1979) el Frente le quitara el puesto a Bernardino para dárselo al comandante Humberto Ortega”.

“El Frente no le dio espacio a Bernardino ni a otros militares que se rebelaron contra la dictadura y ofrecieron sus servicios a la revolución”, reflexiona McRenato tres décadas después en su casa de Chula Vista, San Diego, muy cerca de la frontera de Estados Unidos con México. “Fue una gran traición, porque el comandante “Modesto” (Henry Ruiz) había lanzado una proclama, antes del triunfo, prometiendo ayuda a miembros de la Guardia Nacional, apoyo después del triunfo, si apoyaban a la revolución… Varios oficiales cooperaron con la revolución y fueron traicionados”.

Los conflictos internos en el FSLN habían prevalecido en medio de la guerra contra Somoza. McRenato se enteró, por ejemplo, que por recelos le impidieron a Edén Pastora conceder una entrevista a una televisora estadounidense, en el Frente Sur, en momentos que la guerrilla necesitaba explicar sus propósitos a la población norteamericana.

“En diciembre de 1978, el programa 60 Minutos, en esos tiempos el programa documental de más influencia en los Estados Unidos, pidió una entrevista con Edén. Los responsables la aprobaron y cuando el equipo se hizo presente en San José, ya los recelos, traiciones y miedos les hizo cambiar de opinión y le negaron el derecho a Edén de conceder la entrevista”.

Según lo observado por McRenato, esa vez Edén desoyó la prohibición de los jefes políticos y dio la entrevista, pero en mayo de 1979 le impidieron ser entrevistado por un periodista de una televisora de California.

La amistad que McRenato entabló con Hugo Espadafora le facilitó conocer más sobre las pugnas en el FSLN. “Él me contaba de los recelos, malas movidas de unos a los otros por la parte política del Frente… Antes de tomar el poder, las tres tendencias tenían una larga historia de conflictos internos, que no se evaporaron en la guerra del 79, ni en los meses o años posteriores; se dan otras divisiones, tal vez más profundas”.

Entre las columnas sandinistas del Frente Sur había comisarios políticos “cuya función era la de mantener la ortodoxia del partido”, lo que provocaba mucha tensión entre los combatientes por “las diferencias políticas”.

Calaban tanto esos conflictos, que Ternot McRenato, al hacer un balance de su aporte a la insurrección y al gobierno revolucionario de 1979, asegura: “Estoy orgulloso de que no participé en las intrigas que yo presencié”.

También se enorgullece de que, tras el triunfo, no maltrató “a ningún miembro de la Guardia Nacional y que a los pocos que tuve la oportunidad de tratar, los traté muy caballerosamente y con respeto”.

IRONÍAS DE LA HISTORIA

En un receso de los enfrentamientos, el 23 de junio de 1979, un grupo de guerrilleros captó en un pequeño radio receptor la transmisión del debate en la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre la situación de Nicaragua. “Marvin” se acercó a McRenato y le pidió que pusiera mucha atención a lo que sucedía en Washington y escribiera un pequeño análisis sobre las posibles consecuencias.

En su memoria ha prevalecido ese momento, cuando el canciller de Somoza “hizo un esfuerzo por defender una causa que no tenía ni simpatía ni credibilidad” y “su débil defensa se basó en culpar a Fidel Castro por los acontecimientos que ocurrían en Nicaragua”.

“Ironía de ironías”, comenta hoy McRenato. “Diez años después (1989), el FSLN le echaría la culpa a Ronald Reagan por todos los errores y crímenes de la revolución”.

Como historiador, también observa una coincidencia entre la salida de Somoza en 1979 y la derrota electoral del FSLN en 1990. “La OEA concluyó que Somoza Debayle era el responsable por el caos que azotaba al país… El resultado fue similar al de 1990; ambos regímenes, sin el apoyo popular, perdieron el poder”.

Lo que más le impresionó a McRenato del principio de la revolución fue “la unión de todos los sectores de la sociedad, obreros, campesinos, estudiantes y dirigentes empresariales luchando por la libertad”. Sobre el final del proceso revolucionario, le impactó “el hecho de que, por primera vez en la historia de Nicaragua, el pueblo, ejerciendo sus derechos democráticos y sin mayor violencia, había derrotado a una dictadura”.

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