“La revolución no fue un proyecto de Moscú… Fue un proyecto bastante autóctono”, afirma el General retirado Hugo Torres Jiménez. (LA PRENSA/René Ortega)

La DN hizo una mala lectura del empuje de la gente

Hugo Torres, comandante guerrillero, relata cómo el asesinato del Director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro, creó un estado de efervescencia en la población, que aceleró la caída de la dictadura pero que a ellos los tomó “en otro momento” [doap_box title=»Intentó entrar a la Guardia» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] A Hugo Torres Jiménez le gustó la […]

  • Hugo Torres, comandante guerrillero, relata cómo el asesinato del Director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro, creó un estado de efervescencia en la población, que aceleró la caída de la dictadura pero que a ellos los tomó “en otro momento”
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A Hugo Torres Jiménez le gustó la vida militar desde niño. A los 17 años, cuando estudiaba en el Instituto Nacional de Occidente, de su natal León, se interesó en entrar a la Academia de la Guardia Nacional, pero no pasó el examen de admisión.

“Por suerte”, dice ahora como agradeciendo al destino. “Todavía no tenía posiciones ideológicas, creía en la profesionalidad (de los militares), era ingenuidad política”.

De alguna manera quería seguir los pasos de su padre, el subteniente Cipriano Torres Chavarría, un hombre “sumamente honrado, honesto, profesional” que se vio obligado a renunciar a la GN cuando Hugo, su hijo, se fue a la clandestinidad con el FSLN.

El comandante de la Guardia en León comenzó a presionar al subteniente Torres para que dijera dónde estaba su hijo guerrillero y él prefirió pedir la baja.

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Cuando la población indígena de Monimbó se alza con armas rudimentarias y enfrenta a la Guardia Nacional (GN), en febrero de 1978, el Frente Sandinista (FSLN) todavía tiene limitaciones para impulsar la insurrección en las principales ciudades de Nicaragua. Sin embargo, 17 meses después sus fuerzas guerrilleras entraron triunfantes a Managua.

¿Cómo consiguió el FSLN botar a la dictadura de Somoza en tan poco tiempo? El comandante guerrillero Hugo Torres Jiménez señala que el asesinato del director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el 10 de enero de 1978, “crea una nueva situación de efervescencia política” contra el régimen de Anastasio Somoza Debayle.

“La agitación crece y se le crea al dictador un clima de mucha inestabilidad interna, de bastante adversidad, que se fue alimentando en amplios sectores de la población”, relata el ex guerrillero que en aquella época pertenecía a la tendencia Guerra Popular Prolongada (GPP), una de las tres en que estaba dividido el FSLN, y luego se sumó a la facción Tercerista porque creyó más en la estrategia de provocar una insurrección general en Nicaragua.

Hacía cinco semanas desde el crimen contra Chamorro cuando los indígenas de Monimbó iniciaron “una insurrección que no es dirigida ni alentada por el Frente, es bastante espontánea”, precisa Torres, pero “inmediatamente se pone a la cabeza de los acontecimientos Camilo Ortega y otros compañeros, y allí lo matan a Camilo”.

Cree, sin embargo, que “el gran salto” en la lucha del FSLN comienza en 1977, cuando una columna guerrillera ataca el cuartel de la GN en San Carlos, Río San Juan, al sur del país.

En esos días, Hugo Torres y algunos guerrilleros más huían de la Guardia en las selvas del norte, hacia la frontera con Honduras para refugiarse en ese país: “En la montaña estábamos siendo diezmados y ‘Modesto’ (Henry Ruiz) se fue con su grupo buscando el (cerro) Saslaya”.

Lo que el guerrillero ignoraba es que el Frente Sandinista estaba partido en tres pedazos, por disputas políticas sobre cómo derrocar a Somoza. “Había una censura en la guerrilla, claro, nos habían censurado porque la guerrilla era GPP y no era conveniente que nos enteráramos, porque podíamos allí mismo empezar a cuestionarla”.

Los líderes de la facción GPP eran Henry Ruiz, Bayardo Arce y Tomás Borge.

“Yo apenas medio me había enterado de que había problemas con Luis Carrión, con Jaime Wheelock y con Carlos Roberto Huembes, pero nada más; nos habían dicho que eran problemas de disciplina, ignorábamos la división del Frente en tres tendencias, nos mantenían censurados totalmente y yo me entero hasta que llego a Tegucigalpa”, cuenta Torres.

“El asesinato de Pedro Joaquín agarra al Frente (Sandinista) un tanto, no desprevenido, sino en otro momento”, revela el ex guerrillero 31 años después. “Todavía no había terminado de cuajar las condiciones como para que un acontecimiento, que provocó una reacción masiva de repudio abierto contra la dictadura, se pudiera transformar en un movimiento insurreccional… No engarzan en ese momento”.

ALIANZAS Y DISPUTAS

La oportunidad histórica, que se abrió el 19 de julio de 1979, fue desaprovechada. Lo dice uno de los sandinistas que se jugó la vida en las montañas y participó en dos golpes de trascendencia internacional del FSLN: La incursión en la casa de José María Castillo, durante una fiesta de funcionarios del Gobierno y diplomáticos, en 1974; y el asalto al Palacio Nacional, donde toman como rehenes a los congresistas, en 1978.

Hugo Torres Jiménez asegura que el proyecto de unidad nacional, elaborado por el FSLN en el exilio, era una propuesta seria porque los dirigentes sandinistas, al ver cómo aumentaba el enojo de la población contra la dictadura en los primeros meses de 1978, se dedicaron a tejer una red internacional para cercar a Somoza.

A la vez cultivaron “una hábil política de alianzas internas” con la promesa de una revolución nada radical, distinta a las conocidas, explica el comandante guerrillero. “Sería una revolución más abierta, una revolución que tendía a un régimen socialista más abierto… Lo que pasó después (de 1979) es otra historia, ya complicó todo”.

Los alzamientos espontáneos de los nicaragüenses, que se sentían oprimidos por un régimen dinástico de 45 años, también llevaron al FSLN a tomar por asalto el Palacio Nacional, el 22 de agosto de 1978, una operación comandada por Edén Pastora, Hugo Torres y Dora María Téllez.

Montan el operativo del Palacio por “la necesidad de volver a subir la presión, poner en primer plano de nuevo la lucha revolucionaria, porque se estaban dando movimientos políticos que presagiaban una probable salida de Somoza, pero manteniendo intacto el aparato de dominación del régimen, un somocismo sin Somoza”, indica Torres.

Sin embargo, los conflictos internos del FSLN persisten y se manifiestan hasta en la relación con aliados internacionales claves, como el presidente socialdemócrata de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, quien comenzaba a financiar a la guerrilla sandinista.

“Habían algunos que no simpatizaban mucho con Carlos Andrés Pérez”, confiesa Torres. “Después del asalto al Palacio, el plan era que un grupo nos fuéramos para Panamá y otro para Venezuela; sin embargo, Tomás Borge y los que eran miembros de la dirección de la GPP, que estábamos liberando (de la cárcel) no quisieron irse para Venezuela, prefirieron irse para Cuba. Eso fue una especie de desaire para el gesto solidario de Carlos Andrés”.

Después, la dirección de la tendencia Tercerista “envió a unos emisarios a Venezuela, entre ellos Edén Pastora, con la bandera que nos habíamos llevado del Congreso somocista, a dársela en gesto de desagravio a Carlos Andrés Pérez, para que la devolviera al pueblo de Nicaragua una vez que triunfáramos… Era una forma de pedirle disculpas por el desaire”.

LA DEMOCRACIA PENDIENTE

“La revolución no fue un proyecto de Moscú, categóricamente no fue un proyecto de Moscú”, aclara Torres, quien manejó la Dirección Política del Ejército sandinista entre 1981 y 1990 y escaló al rango de General. “La Unión Soviética no apoyaba la lucha del Frente Sandinista (antes de 1979), porque entonces privilegiaba la relación con los partidos comunistas que seguían la línea de Moscú… Cuba sí apoyaba activamente al Frente Sandinista”.

Considera que la revolución nicaragüense de 1979 fue “un proyecto bastante autóctono” que, además del respaldo cubano, contó con los gobiernos de Costa Rica, Panamá, Venezuela y México, entre otros.

Sin embargo, lamenta que el triunfo insurreccional de 1979 “no supo ser aprovechado para impulsar un régimen democrático, un socialismo democrático que pudo ser un modelo”.

Cuando recuerda el comienzo de la revolución de hace 30 años, Torres calcula que el FSLN tenía, en ese momento, el apoyo de más del 80 por ciento de la población, lo que “en términos de oportunidad histórica es único, no aparece de la noche a la mañana”.

Ese “socialismo liberal o socialismo democrático”, que hoy piensa pudo ser realizado por la revolución, se lo imagina con “una institucionalidad fuerte, un estado de derecho, con independencia de los poderes y un equilibrio entre los intereses del Estado y los del mercado”. Pero, “nuestra conducción revolucionaria, creo, no tuvo ni la visión ni la suficiente madurez política para impulsar un proyecto de esa naturaleza”, afirma Torres.

LOS COLABORADORES TICOS

Trece de julio de 1979. El vuelo rutinario de la línea aérea Sahsa, procedente de Tegucigalpa, llegó a San José antes del mediodía y del avión descendió una pareja de guerrilleros, Marta Lucía Cuadra y Hugo Torres, que llevaban a su hija recién nacida, Lucía Aracely. Viajaban con documentos falsos, por supuesto, pero esta vez la misión era familiar: dejar a la niña en Costa Rica, donde vivía su abuela materna.

Faltaban cuatro días para que Anastasio Somoza Debayle abandonara Nicaragua, aunque nadie tenía certeza de eso, a pesar de que la OEA y el Gobierno de Estados Unidos esperaban que el dictador renunciara en cualquier momento.

Torres dirigía en Honduras el apoyo logístico para los frentes guerrilleros en el norte y occidente de Nicaragua y preparaba una columna que entraría como refuerzo a la ofensiva final, pero al nacer su hija en la clandestinidad tuvo que moverse hacia Costa Rica, de donde ya no volvió.

“Costa Rica era un centro de operaciones fundamental, porque allí teníamos la colaboración encubierta de autoridades del Gobierno y del propio presidente (Rodrigo) Carazo”, confiesa. “El ministro de Seguridad Pública, por ejemplo, era colaborador directo nuestro, (Juan José) Echeverría. En Costa Rica es donde bajaba el armamento que llegaba de Panamá, el armamento que llegaba de Venezuela, el armamento que llegaba de Cuba… De allí se redistribuía el armamento por la frontera hacia el Frente Sur, o en avionetas a Managua y a otros frentes; y desde allí (San José) volaban aviones a Honduras, allá teníamos varias pistas”.

Han pasado tres décadas y el hoy General retirado Hugo Torres comenta que el respaldo internacional variado que consiguió el Frente Sandinista, antes de tomar el poder, “fue en gran medida propiciado por la aparición de una concepción distinta, no sólo de lucha, sino de régimen político a implantar en Nicaragua una vez que triunfara la revolución”.

Se refiere a la promesa de un sistema basado en economía mixta, pluralismo político y no alineamiento; y enfatiza: “Escogimos esos tres pilares porque no pretendíamos crear un régimen similar a los ya existentes en el campo socialista”, aunque “en la práctica sí copiamos algunos rasgos de esos regímenes, como la identificación Estado-Partido-Fuerzas Armadas”.

EL PRIMER GRAN ERROR

Al formar la Junta de Gobierno con “una expresión pluralista”, el FSLN logró “el aislamiento internacional de la dictadura, que no pudiera seguir contando con el apoyo del Gobierno norteamericano, y eso ayudó bastante al empuje final desde el punto de vista militar”, explica.

Ya en el poder, la actitud fue otra: “Nos aconsejaron algunos amigos diplomáticos que hiciéramos elecciones inmediatamente después, pero la valoración que hizo la Dirección Nacional es que no era necesario, que el pueblo acababa de dar (el 19 de julio) una muestra de apoyo a la revolución, y creo que ése fue un primer gran error”.

“Viéndolo retrospectivamente, a 30 años, con serenidad y con espíritu crítico, tendría que admitir que fue una mala lectura del empuje que la población tuvo contra la dictadura, de la participación masiva de la población contra la dictadura”, sopesa Torres, quien sigue en la política como diputado suplente del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS). “La población sentía que era la gran oportunidad de crear un régimen democrático sólido, un país próspero, con altos niveles de educación, donde imperara la justicia”.

Hace un alto y señala que la Contrarrevolución, financiada por el gobierno estadounidense de Ronald Reagan, también contribuyó a que se postergara la democratización en los años 80. “La guerra impidió aún más poder discernir, apropiadamente, sobre esta necesidad, porque los países en guerra tienden a centralizar más que a democratizar… La guerra lo justificaba todo, no había tiempo para mayores cosas, más que para atender los asuntos de la guerra”, asegura.

A finales de la década de 1980, el Ejército sandinista llegó a tener más de 216 mil efectivos y gastaba casi el 50 por ciento del presupuesto de la nación. En el último año de la revolución, 1989, cuando el gasto social representaba el 24 por ciento del presupuesto, el Ejército recibió 182 millones de dólares, cerca del 40 por ciento, a pesar de que ya había cese al fuego.

Torres muestra una duda, al comparar al FSLN que gobernó en los años ochenta con el que hoy está de nuevo en el poder, en que la figura presidencial es la misma, Daniel Ortega Saavedra. “Tal vez si las condiciones hubieran sido de paz, las cosas se hubieran comportado de otra manera; tal vez, simplemente tal vez, porque si lo vemos a la luz de acontecimientos actuales, que no hay guerra, las cosas se están comportando igual o peor con el actual régimen que como se comportaron en la década de los ochenta”, opina.

LA AMENAZA DE LA CONTRA

Cuando el gobierno sandinista decide negociar con la Contrarrevolución, en 1988, el Ministro del Interior, Tomás Borge, dijo que hacían eso porque la Contra ya estaba derrotada.

Sin embargo, la realidad era otra. El general Hugo Torres, entonces miembro del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, sostiene que la Contra en aquel momento “eran miles de hombres todavía sobre las armas, eso es una gran amenaza”.

“Tal vez no eran la amenaza de los años anteriores, pero seguían siendo una gran amenaza”, reitera. Incluso, el Ejército, para fortalecer su posición en las negociaciones, lanzó el 8 de marzo la operación Danto 88 para irrumpir en los campamentos de la Contra en las montañas del norte y en territorio hondureño.

Dos semanas después, el 21 de marzo, comenzaron las pláticas en Sapoá, que continuaron en Managua en abril.

El trasfondo, tal como lo cuenta Torres: “Se fue deteriorando la empresa llamada revolución hasta llegar a un momento de quiebra económica, de fragmentación de la sociedad; y es en el último momento en que se logra comprender, ya con las primeras señales del derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista, con el advenimiento de un nuevo gobierno en Estados Unidos (George Bush, padre)… En ese momento se logra comprender que es necesario entrar en un proceso de negociación con las fuerzas de la Contra”.

En lo económico, la revolución sandinista había caído en “un paternalismo de Estado”, recuerda el ex jefe político del Ejército. “Muchos trabajadores, sobre todo del campo, creían que la revolución era trabajar menos y descansar más, y pedirle al ‘papá Estado’ las condonaciones de las deudas por la falta de productividad”.

ANGUSTIA EN EL MANDO

La noche del 25 de febrero de 1990, en el puesto de mando del Ejército Popular Sandinista (EPS), el general Hugo Torres seguía atento los datos del conteo paralelo que hacía la entidad militar de las votaciones de ese día, en que los nicaragüenses elegían Presidente.

Su preocupación comenzó temprano, apenas con el cinco por ciento de los datos. El candidato del FSLN, Daniel Ortega, aparecía de segundo. “Cuando vimos que ésa era una tendencia, ya después del 15 ó 20 por ciento, dijimos ¡se están perdiendo las elecciones!”, relata. “Había miembros de la Dirección Nacional que les costaba ver esa posibilidad, entre ellos recuerdo a Carlos Núñez que se aferraba hasta el último momento a la posibilidad de revertir los resultados, confiaba en que unos cientos de miles de votos que faltaban pudieran cambiar la tendencia”.

¿Se le ocurrió a alguien del FSLN no entregar el poder? “A más de alguno se le debe haber ocurrido, pero privó la sensatez, en ese momento sí privó la madurez de comprender que había que entregar el poder”, admite el General y hace una observación: “El proyecto revolucionario era parte de nuestra razón de ser, de nuestra razón de existir”.

Para los líderes sandinistas era inconcebible la derrota, si días antes, el 21 de febrero, su candidato había cerrado campaña ante más de 200 mil simpatizantes en una plaza de la capital. Sin embargo, el 26 de febrero amaneció derrotado, incluso en el departamento de Managua donde reunió el 43 por ciento de los votos frente a más del 53 por ciento que logró la candidata Violeta Barrios de Chamorro.

La dirigencia sandinista había recibido sugerencias, dentro del partido, de suspender el Servicio Militar, obligatorio para los jóvenes a partir de los 16 años de edad. La idea era anunciar el fin del reclutamiento en el acto de cierre de campaña.

Torres dice que eso “no se consideró conveniente porque todavía las fuerzas de la Contra, si bien ya no estaban sólidas ni tan fuertes como años antes, todavía podían tener algún grado de incidencia que complicara y le diera continuidad al conflicto militar”.

Cuando evoca sus momentos del principio y el fin de la revolución sandinista, Hugo Torres Jiménez sólo atina a decir: “La tristeza de la derrota electoral fue tan fuerte como la alegría del triunfo”.

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