La política condujo a Alexis Argüello a un callejón sin salida. (LA PRENSA/O. Navarrete)

Alexis Argüello: siempre azul y blanco

“El Flaco Explosivo” siempre se entregó por entero en el ring [doap_box title=»Una mezcla que no funciona» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Es más que complicado mezclar el boxeo con la política. Alexis Argüello estaba seguro de su popularidad, consciente de que paralizaba al país entero cada vez que subía a un entarimado. Siempre me dijo, en el […]

  • “El Flaco Explosivo” siempre se entregó por entero en el ring
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Es más que complicado mezclar el boxeo con la política.

Alexis Argüello estaba seguro de su popularidad, consciente de que paralizaba al país entero cada vez que subía a un entarimado.

Siempre me dijo, en el exilio, que cada combate tenía el sabor nica de sus hermanos por la libertad. Igualmente, se dio cuenta, hace pocos meses, que ese mundo que lo vitoreó y esos corazones que estallaron con júbilo cuando su famosa “chueca” derribaba sus más temerarios rivales, seguía intacto.

Así lo vemos hoy, sin manipulación ni color partidario. Tan nuestro, como el son de Camilo Zapata. Alexis Argüello identifica a Nicaragua; Arguello, sin lugar a dudas, es azul y blanco.

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El pueblo nicaragüense despidió al tricampeón mundial

Cronista DeportivoEspecial para LA PRENSA

Debió ser doloroso para el tricampeón Alexis Argüello verse envuelto en el fraude de las elecciones municipales pasadas, que lo convirtió en Alcalde de Managua. ¿Un fraude? Nunca, inaceptable para Argüello. No para el boxeador ejemplar, “El Caballero del Ring”, que lidió con los adversarios más temidos de su tiempo, sus victorias edificadas con el poder devastador de sus puños.

Todos sus triunfos tuvieron sello de demolición, entonces: ¿Porqué un fraude? Su carrera boxística fue impecable, honesta, llena de asteriscos de coraje, de hombre valiente y de una sola cara, exaltada con tres títulos mundiales. Argüello nunca permitió tratos oscuros de sus manejadores, ni manipulaciones ni amarres secretos para superar a sus rivales. A todos los colocó en su lugar, masticándolos, reduciéndolos a polvo.

Es más que complicado ligar una carrera boxística de alto nivel con una carrera política, aunque muchos atletas destacados han sido y todavía son usados por el morbo de los viejos zorros de la política, aquí y en Cafarnaum.

Sin duda, para nuestro ídolo nacional Alexis Argüello, la tentación de un poder distinto al suyo, aun con su corazón henchido de humanitarismo, lo tentó. Fue un matrimonio irreconciliable, el hombre con Cristo en sus venas y la odiosa mujer (Jezabel), la impía política criolla.

Una de esas uniones insólitas, detestables, casi imperdonables y que lastimaron los sentimientos de miles de sus fanáticos, quienes nunca entendieron su decisión de rebeldía democrática, su sorpresiva reconciliación con los bárbaros que lo despojaron de sus bienes y marginaron a sus amigos. Quizá en algún momento de meditación, el explosivo Argüello pensó ante sus detractores espontáneos en aquel pasaje bíblico: “El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.

TRABAJO DURO

Para nadie son un secreto hoy las penalidades de Argüello en su ascenso a la cima del Mundo de Fistiana, él mismo hizo una confesión pública a distintos medios escritos, televisivos y radiales: guanteo interminable todos los días, largas caminatas con exigencias que llegaron al extremo agotamiento; como una vez dijo Michele Richardson, la medallista de plata olímpica, también nicaragüense: el dolor y la fatiga son desgastadores y en mi agonía, tenía que enamorarme de ese dolor y esa fatiga para incursionar el mundo de los superdotados. Al final, después de partir el agua en las piletas, alcanzó la gloria.

Argüello hizo lo mismo. Sudó como condenado, exigió a sus músculos con ritmo de vértigo y encontró en esos extremos que el atleta común no soporta el sabor de la victoria. A cada instante expuso su propia vida. Asimismo, el precio que pagó con sus esposas, sus hijos, quienes únicamente seguían su paso arrollador en las pantallas de televisión o escuchando la radio, donde narradores del calibre de Sucre Frech hacían más dramáticas sus batallas, anudando las gargantas de todo el pueblo y acelerando corazones hasta estallarlos en gritos triunfales desorbitados, con emociones diversas, muchas lágrimas y llantos de regocijo. El éxtasis.

Todos conocimos al explosivo Alexis Argüello, pero de su interior boxístico hablan pocos y contados. Sus íntimos amigos, como el doctor Eduardo Román, que lo acompañaron desde los primeros asientos, en los camerinos, en las reuniones para festejar sus hazañas, y otros grupos más reducidos que varias veces escucharon la voz apagada del tricampeón pedir al Dios Todopoderoso que terminara con su vida de sobresaltos en sus últimos años fuera de los encordados.

SUPERÓ TRAICIONES

Afuera la luz de su grandeza, la fantasía “hollywoodense”, en su interior un volcán en erupción, como diría el cronista Edgar Tijerino. Pero el flaco se sostuvo en silencio, superó varias traiciones, perdonó muchas estocadas de quienes querían mover los hilos de sus peleas y disimuló las correrías de muchos zánganos que merodearon siempre su caja fuerte, agujereada igualmente por sus desaciertos financieros, nada extraño entre los grandes campeones. Argüello empezó pobre, andando de manos en las aceras de Monseñor Lezcano, para luego recorrer el mundo y ganar más de veinte de millones de dólares a lo largo de su exitosa vida boxística. Regresó sin un centavo en los bolsillos, después de hundirse en varios divorcios y el implacable e ineludible impuesto de Tío Sam.

El diablo siempre escudriña las debilidades humanas y la pobreza es su bocadillo predilecto. Al campeón sobrevino una inesperada fortuna con el sello de la “reconciliación” color chicha. No vaciló en tomar el reto, pues guardaba con mucho celo el cariño que le tenía su pueblo. Equivocadamente o no, saltó a la arena política con la bandera rojinegra, para luchar cívicamente por la Alcaldía de Managua.

SE SINTIÓ ACORRALADO

Un fraude lo lleva a la Alcaldía y, ante la crítica de los managuas, empieza a sentirse mal. Él no estaba acostumbrado a especular, nunca lo hizo en sus peleas, siempre salió desde el tañido de la campana a tumbar adversarios. No en vano se había convertido en un Caupolicán moderno. Y lo más triste hoy, en sus honras fúnebres, los frentistas están utilizando las multitudes, las multitudes de Argüello, para decir que ésa es la mejor respuesta a las protestas del supuesto fraude. Sin embargo, el cariño de su pueblo siempre estuvo desligado de la política y miles de managuas no votaron por él, sin dejar por ello de tenerlo en sus corazones como el explosivo ídolo nacional, la gloria viviente del deporte de Nicaragua, que igualmente conquistó al mundo.

Argüello sufrió mucho en sus entrenamientos, sufrió mucho al marginarse de la vida común y corriente. Las exigencias físicas lo moldearon como un gladiador perfecto y su espíritu combativo cobró dimensiones insospechadas, como un legendario héroe de las epopeyas griegas. Nunca tuvo miedo a la muerte, como cuando peleó dos veces con Alfredo Escalera, dos luchas sangrientas para recuerdo; el combate con Ray “Bom Bom” Manzini, donde terminó tan desgastado, al punto de pasar varias horas casi en agonía, impactado por los golpes de su rival voluntarioso, más joven y lleno de sueños alimentados por su padre, el viejo Manzini, que no llegó a la cima.

Fui testigo de esa agonía. Los dos combates con Aaron Pryor, dos infiernos que gritaron ¡basta ya! a su carrera. El explosivo flaco nicaragüense siempre tuvo las agallas suficientes para exponer el físico y seguir firme con su orgullo de campeón. En cada pleito expuso su vida al filo de un golpe.

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